EL ESPEJO

Se había convertido en una adicción. Todas las tardes, cuando el sol comenzaba a llegar a su ocaso, salía a correr, era mi momento de silencio, de soledad, de encontrarme a mi mismo, sólo escuchaba mi respiración, mis ojos se perdían en en un horizonte indefinido, parecía trasladarme a un terreno desconocido y a veces casi inhóspito.
Nunca hacía el mismo recorrido, unas veces, junto a la orilla del mar, otras por las grandes avenidas que se habían construido y que se encontraban rodeadas de esqueletos de edificios abandonados, pero siempre cambiando el itinerario. Me sentía observado, y aquello me producía una sensación de miedo insuperable, de completa inseguridad. Sin embargo, al poco tiempo me percaté de que a diario, pese a que cambiaba el recorrido, inconscientemente, siempre pasaba frente a aquel enorme de edificio de cristal, con aquellos espejos que reflejaban los últimos rayos de sol del día.
Poco a poco aquel espejo se convirtió en mi gran confidente, cuando pasaba frente a él, sentía la complicidad de lo que realmente se escondía dentro de aquel edificio. Las miradas de su interior, éstas sí me resultaban agradables. Ralentizaba mi carrera, disminuía mi esfuerzo, iba más despacio, me recreaba frente a aquel enorme espejo. Me observaba y me daba seguridad, me daba sensación de bienestar, aquel espejo se había convertido con el paso de los días en mi fiel protector.

Y aquella tarde, nublada, oscura, descubrí que el espejo había desaparecido, aquel enorme cristal había sido destruido por una pequeña piedra despedida por el paso de un coche y había conseguido que aquel enorme espejo se conviertiera en pequeños trozos de cristal y que se desmoronara sobre aquella acera de grandes losas. Ya no se encontraba allí, aquello me llenó de desesperación, de una enorme irritación, de inseguridad,… Que sería ahora de mí, no me reconocía a mi mismo. Me había dedicado a ser de los demás, me perdí en lo que otros querían que fuera.

En aquel instante me descubrí totalmente desnudo, no me reconocía, me vi como realmente era, y no como quería que me vieran los demás.

 

PALABRAS PERDIDAS

En aquellos días la ciudad estaba más caótica de lo habitual y el tráfico era insoportable. La reunión de los presidentes de los países de la Unión Europea había provocado un notable incremento de los controles de seguridad y el cierre a la circulación de las principales calles y avenidas de Sevilla.
Llegamos al aeropuerto a toda prisa, con el tiempo muy justo, dejamos el coche en el parking mal estacionado, y casi sin hablarnos nos dirigimos corriendo a la puerta de salida. Justo antes de entrar por aquellos pasadizos serpenteantes que daban acceso a la puerta de embarque, nos abrazamos para despedirnos y nos besamos casi sin acariciarnos los labios. De repente, en la pantalla se anunciaba que el vuelo IB2025, con destino a Barcelona, saldría con retraso, nos miramos y tuvimos un gesto de contrariedad e impotencia.
Aquello fue un instante, pequeño en el tiempo, casi inapreciable, pero fue un regalo del destino, aquel suceso casi inesperado era el momento adecuado para decirle lo que en el coche, en el trayecto hasta el aeropuerto, no le había dicho:
Cariño,
ha sido un gesto inconsciente.
Ayer, cuando el pequeño se fue a la cama, quise decírtelo,
me dijiste que tenías que ver las notas del trabajo,
y yo, yo busqué también una excusa para no hablar.
Al final, te lo quiero decir,
te di la espalda, pero realmente no había intención.
A veces, cometo estos errores,
y sólo puedo pedirte disculpas.
Parece que no encontramos el tiempo para hablar,…..
                   

Pero sentado en aquella incómoda silla de plástico durante más de una hora, esperando al vuelo que me llevaría a Barcelona, me dí cuenta otra vez, recreé en mi cabeza ese solo instante, pequeño, muy pequeño, y me repetía, por qué esas palabras no te las dije antes de entrar en la zona de embarque, por qué he creado una conversación inexistente, por qué en el momento de ver que el vuelo saldría con retraso, en lugar de despedirme de ti con un abrazo frío y distante, no decidí estar junto a ti, y haber tenido estas palabras que sólo han permanecido en mi cabeza y nunca salieron de mis labios.

Cuantas veces no ocurre lo mismo, cuantas veces se repite la misma historia, siempre soñando unas palabras que se querían haber dicho y que siempre hemos dejado pasar, perdiendo palabras en el silencio y recreando historias que simplemente se quedan en el pensamiento.
         

RUIDO, MUCHO RUIDO

Si existe algo que nos identifica a los países latinos y del arco meditárraneo, y al sur especialmente, es el ruido. No creo que podamos negar que nos caracterizamos por ser ruidosos, por querer hablar más fuerte que la persona que tenemos a nuestro lado; por poner la música más alta, pensando que el cantante de esta manera lo hace mejor o que escuchamos la música con más atención; o que si hacemos sonar el claxon del coche de una forma exagerada, seremos personas más destacadas.

Siempre me ha llamado la atención que cuando escuchamos un fuerte golpe o existe ese ruido ensordecedor que nos agita el alma, cerramos los ojos, encogemos la cabeza y subimos los hombros. Supongo que es un mecanismo de protección y defensa con el que pretendemos evitar que nos causen daño, porque aunque seamos ruidosos, nos molesta, y principalmente si viene de los demás.
Ese ruido ha sabido ser aprovechado por la «NEBULOSA INTELIGENTE» y se está instaurando en nuestras vidas como si de algo normal se tratara. Infectados por esa «Nebulosa Inteligente», la clase política, los medios de comunicación, los «mercados»,… están diariamente bombardeándonos con ruido, mucho ruido, y nuestros cuerpos, que comenzaron a defenderse al principio, parece que están adoptando esa posición como una postura normal. Están consiguiendo que siempre permanezcamos con los ojos cerrados, que nuestras cabezas se encuentren continuamente encogidas y metidas entre unos hombros, tensos y alzados. Nadie se atreve a abrir los ojos, porque nos asusta lo que nos quieren hacer percibir. Nadie quiere levantar la cabeza, porque tenemos miedo a sobresalir y destacarnos del resto, y nadie quiere relajar los hombros, porque estamos pensando que si lo hacemos, la carga que llevamos sobre ellos, se caerá. Saben perfectamente que tanto ruido nos hace perder la esperanza.
Creo que empieza a ser el momento de no escuchar más ruido, de abrir los ojos para que veamos y percibamos por nosotros mismos; de levantar la cabeza para que podamos tener otra perspectiva, y de que relajemos nuestros hombros, para que la carga que llevamos sea realmente la que debamos soportar.

Y de que una vez por todas seamos capaces de crear y creer en nuestra propia esperanza.