LA CAJA

Hoy quiero dedicarte estas palabras. Creo que si alguien se lo merece, en este caso eres tú. Intentaré que cada frase llegue a lo más profundo de tu corazón, que despierte en ti esas mismas sensaciones que has provocado en mí. Este fin de semana has hecho vibrar todo mi cuerpo, has conseguido que estremezca y que todos mis sentidos despierten como hacía tiempo no me ocurría. Mi piel se ha erizado a cada instante y mis poros han respirado por ti.

Nos cruzamos el viernes por la tarde. La calle estaba desierta. El calor apremiaba de manera intensa, la canícula era insoportable a esa hora en la que nadie pisa la acera. Apenas tuvimos la oportunidad de saludarnos con un simple hola. Me detuve ante la entrada de la puerta del garaje para dejarte pasar. Caminabas como siempre, con paso firme, decidido, sin atisbo de duda. Tu sonrisa de anuncio de pasta de dientes o de clínica dental delataban tus verdaderas intenciones. Otros sonríen como las hienas, pero tú no, tú lo haces con la elegancia y compostura de saber que tendríamos dos días por delante y que no me dejarías indiferente.

Aceleraste el paso. En tu mirada felina se intuía que subir las escaleras y llegar a la segunda planta era como una carrera de cien metros. Saltabas los escalones de dos en dos. Llegamos a la puerta, nos miramos. Por un momento la cerradura parecía ser obstáculo, pero la seguridad en tus manos hizo que aquello sólo fuera un pequeño contratiempo. Nos volvimos a mirar. Sonreíste. Me dejaste sin palabras. No supe qué decirte.

Comenzaste. Abriste la caja. Sacaste todo lo necesario. Nada había quedado a la improvisación. Sentí como tatuabas cada punto. Cerré los ojos. Temblé. Al escuchar el taladro hundirse en la pared supe que tendríamos dos días inolvidables.