CONVERSACIONES AMNIÓTICAS

Llevabas varios días sin hablarme, sin acariciarme,…

Los días habían transcurrido sin noticias de él y su cuerpo sentía una extraña soledad. El sol buscaba su refugio en aquella tarde calurosa del mes de agosto, y sentada en la orilla del mar, el agua acariciaba sus tobillos, sus piernas bronceadas, en un intento de poseerla, de hacerla sentir suya. Valeria se había alejado de todos aquellos que querían estar a su lado, que buscaban protegerla, pero ella había regresado a aquella soledad que la hacía sentirse única en este mundo, quería encontrar su camino.
Cada hora, cada minuto, cada segundo, compartíamos nuestras vidas. Cuando tú reías, yo saltaba; cuando llorabas, agachaba mi cabeza; tus miedos, eran mis miedos. Siempre me pregunté qué paso, pero aquellos días fueron diferentes, te distanciaste de mí.

Te llamé una y otra vez,
te golpeaba, te gritaba,
¿donde estás?
¿dónde te has ido?
Su voz la había perdido,
su silencio…
Sus caricias desaparecidas,
su cariño abandonado.
Sufrí, por primera vez. 
Estoy aquí, a tu lado,
¿no me ves?
Estoy junto a ti,
no te abandonaré.
Aquella conversación que tuve con Valeria, mi madre, en su vientre usurpado, pareció perderse en el tiempo y ahora, quince años después, ella me trae estas palabras, ¡¡las había escuchado!! y conservado en su memoria y ahora,…. ahora me las regala.

Hoy me has hablado, me has acariciado,…No estoy sola, a mis quince años, mi madre está junto a mí, como cuando yo estuve a su lado cuando estaba en sus entrañas, y ahora, esperando la llegada del fruto del amor, las tres estaremos siempre unidas,…unidas por un profundo AMOR DE MADRE.

Para ti,

 
 

LAS VISITAS

Su voz grave se escuchaba al final del pasillo. Desde que llegué, todas las tardes a la misma hora el silencio quedaba roto por su voz y por el murmullo de los que se reunían a su alrededor. Aquel grupo de mujeres y de algún que otro hombre, lo rodeaban, y se les oía reir y hablar sin parar. No podía verlo y sentía una gran curiosidad por saber quién era aquel protagonista de cada tarde, no había visto su cara, no sabía cómo era, no le conocía.
A la mañana siguiente, de pie frente a aquella enorme ventana desde la que se divisaba un extenso mar de pinos, se puso a mi lado. 
                                       «Hola, me llamo Carlos», me dijo.

Le reconocí, era el que provocaba tanto bullicio cada tarde. Nos presentamos, me ofreció su mano con firmeza, mostraba seguridad y calidez, y su voz, atractiva,  sonaba como la de un locutor de radio. Fue un saludo breve, intercambiamos pocas palabras, apenas nos miramos, estábamos realmente más absortos por la imagen del exterior, que de nuestra propia presencia.

Carlos se había casado tres veces, y otras tantas se había divorciado. Su psiquiatra le había diagnosticado una adiccón severa al sexo y había estado en tratamiento durante más de dos años. Sus familiares le recriminaban su actitud, pero él siempre les decía lo mismo,

                                            «que le voy a hacer,
estáis equivocados,
yo realmente, lo que soy,
 es un monógamo sucesivo».
 
Cada mañana nos encontrábamos a la misma hora frente a aquel enorme ventanal. Aquel día, al cabo de un rato de conversación, me dijo que no temía a la muerte, que nadie debía temerlaAquellas palabras me dejaron perplejo. Con una voz serena, continuó

                «cómo vamos a tenerle miedo, si cada día,
cuando vamos a dormir,
lo que realmente hacemos es un ensayo, una prueba,
una visita diaria a la muerte
Durante el sueño,
no escuchamos nuestra respiración,
no vemos con nuestros ojos,
no tocamos,
no notamos que nos movemos…»
Pero al terminar de decir todo aquello, me volvió a repetir
«por qué vamos a tener miedo,
si cada mañana volvemos a nacer,
que todos los días nos enfrentamos a la muerte,
para volver a la vida. 
     Si cada vez que alguien muere,
otra persona viene al mundo,
que nuestro ensayo de muerte diaria,
no es más que una forma de dar más sentido a nuestra vida».
No supe que decir, me incomodaba aquel monólogo que había empezado sin saber muy bien, por qué y cómo.
Al día siguiente regresé pronto frente a aquella ventana, la tarde anterior no escuché su voz, y quería verlo y hablar con él. Al cabo de una hora, se me acercó una enfermera, me cogió del brazo y me dijo que me sentara, que tenía que decirme algo. Con una leve sonrisa, me dijo que era niño, que estaba perfectamente, y que mi esposa, después de la cesárea a la que la habían sometido, estaba muy bien y que todo había salido como estaba programado.

Comencé a llorar, sin saber exactamente si era de alegría o era realmente de tristeza.

 

QUÉ ES EL DESAMOR

Hace unas fechas, en el posts que llamé QUÉ ES EL AMOR, transcribí unas palabras del libro de Lucía Etxebarría «El contenido del silencio», en el que se hace una definición exquisita de lo que es el amor. Sinceramente tengo que reconocer que no me canso de releerlo una y otra vez, porque a mi parecer, es una de las descripciones más bellas que leído acerca de lo que es el amor.
Soy de la opinión de que si el amor es el motor de la vida, el desamor, tiene la misma presencia, y al igual que la experiencia del amor es vital, la del desamor es esencial.
Hace unos días nos reunimos en casa de unos amigos, estaba allí, Laura, ojos marrones, de melena larga de color castaño, recogida con una cinta roja, le caía por encima de su desnudo hombro derecho. Se mantuvo en silencio prácticamente durante toda la cena, apenas dijo cinco palabras, y su mirada aquella noche estaba ausente. Laura, extrovertida, risueña, siempre sonriente, era aquella noche otra mujer.
Cuando nos sentamos en los sillones del jardín a tomar una copa, Laura nos miró a todos y nos dijo:
        – Os voy a decir que es el desamor.
Con una voz suave, comenzó a lanzar palabras:

            La oscuridad, el silencio, la soledad,
            mi cuerpo roto.
            Las lágrimas perdidas, el negro horizonte,
            la noche alargada, el día sin sol.
            El frío, el vacío,
            el alma abandonada.

Cuando Laura finalizó de hablar, nuestras miradas se perdieron en la oscuridad de la noche, las palabras se abrazaron al silencio, y aquel llanto sonó como un trueno en el cielo. El desamor había llegado al corazón de Laura, aquella joven de quince años, convertida en mujer, había perdido a su primer amor, el de su enamorada Eva.