La Azotea

Aquellas mujeres embutidas en un luto riguroso, menudas, con andar cabizbajo y el cabello recogido con un llamativo rodete, caminaban aprisa por aquellas estrechas callejuelas de casas blancas y de fachadas abruptas. Las puertas siempre abiertas escondían pequeños patios, cuyas plantas y flores inundaban cada rincón y que llenaban de color a la sombra. Cada primavera se repetía la misma escena, el ir y venir de cubos de zinc llenos de cal viva que se paseaban por aquellas angostas calles. Había llegado el momento de encalar las casas, por dentro, pero especialmente por fuera, las fachadas tenían que relucir.

Aquellas imágenes habían permanecido en los ojos de mi niñez, en aquella juventud incipiente de voz desquebrajada, y ahora con un anhelo desesperado parecía querer encontrar los recuerdos de aquellas calles, de aquellas casas. Buscaba un momento que se había perdido en aquellas azoteas, transitadas, accesibles de una casa a otra, repletas de  cuerdas a modo de tendederos, que se alzaban al cielo con aquellas largas cañas que el mayeto traía de su huerta.

Entre aquella ropa tendida y las enormes sábanas blancas acariciadas por el cálido aire levante, descubrí el primer amor, se atrapó el primer beso, la primera caricia. Saltaba los pretiles de las azoteas, pasaba de una a otra, me convertí en un delicuente de la pasión, en un transeúnte en búsqueda del deseo, y todo para encontrarme con ella. Todas las tardes, un encuentro.

Su recién estrenada adolescencia fértil, su cuerpo menudo de piel blanquecina, el cabello enredado, alborotado por el aire, su fragilidad. Una camisa anudada a la cintura escondía sus pezones endurecidos de unos pequeños pechos que comenzaban a enseñar la pérdida de la inocencia.

Entre aquellos tendederos llenos de ropa,… escondidos, ocultos, nuestros labios se fueron descubriendo, se encontraron las primeras caricias. Detrás de aquellas enormes telas, se vislumbraba siempre la existencia de dos sombras estrechas. En el juego, en las carreras, aparecían las mariposas que volaban entre aquellas sábanas, compartían nerviosas el descubrimiento de una nueva sensación, testigos de encuentros breves como sus propias vidas efímeras.

En aquella azotea se esconde y escribe una historia de amor, la primera y única sensación que jamás después ha sido repetida, el hallazgo de dos navegantes descubridores, que perdidos en el mar, encontraron nuevos mundos.

CARTA DEL LIBRO INACABADO




Los treinta años de vida en aquella casa habían llegado a su fin, me marchaba, decidí dejar atrás todas las vivencias y recuerdos que entre aquellas paredes se concentraban en los cuadros, los libros y las fotografías que la inundaban. El estudio situado junto al patio de luces se había quedado pequeño, y en cada habitación de la casa se podían encontrar libros y CDs apilados y dispersos. El desorden había llegado a mi vida hacía años.
De nuevo aquel libro en mis manos, La Sonrisa Etrusca, y un pequeño papel sobresalía a modo de separador, al abrirlo, allí estaba, doblado en cuatro pliegues, alisado, descolorido. Cuando lo desplegué mis lágrimas se asomaron.

                                                                                                               Córdoba, 5 de mayo de 1989

               Querida Isabel,

               No sé como empezar. Te he dejado esta carta en el libro que estás leyendo, por la página que tienes marcada, y cuando lo abras y veas este simple papel, te sorprenderá, creo.
               Llegaste a mi vida sin hacer ruido, tu belleza, la sonoridad dulce de tu voz, los largos encuentros de conversación, me cautivaron. Nunca olvidaré todos los momentos de intimidad, de tu cuerpo desnudo tumbado sobre las sábanas blancas, de tu piel morena, las curvas de tu cintura, tu espalda pequeña, pero de hombros fuertes, de tus piernas menudas y bien formadas.
               Estoy profundamente enamorado de ti, pero me marcho,…Todos estos años viéndonos como prisioneros tras las paredes de esta casa, sin que el cielo haya podido ser testigo de nuestros besos, de nuestras caricias,… tienen ahora su fin.
               Mi amor por Dios no es superior a mi amor por ti, pero el miedo, mi cobardía, hacen que ahora te abandone. Me marcho lejos, lejos del olor de tu piel, de tu voz, de tus palabras…

             Cuando leas esta carta, no quiero el perdón de Dios, quiero tu perdón.

             Hasta siempre.

            Jesús

No recordaba aquella carta, siempre permaneció en aquel libro jamás acabado de leer. Su muerte, su ausencia, fue mi mayor condena. Aquel día se marchó ella de este mundo y mi soledad y nuestro secreto siempre me han acompañado.

Qué justicia hizo que tú te marcharas.

La fotografía


Ese día las cortinas estaban totalmente recogidas y la luz que entraba por la ventana descubría cada rincón de aquella habitación, que pese a la aparente frialdad por su amplitud, su color malva la mostraba como acogedora y cálida. Una mecedora, una mesita de noche con una pequeña lámpara, el armario blanco donde guardaba sus vestidos y una cómoda era todo el mobiliario que había en aquella estancia.

Aquel jueves soleado de finales de invierno había salido algo más tarde de lo habitual del taller y, pese a mi caminar acelerado por las calles del pueblo, llegué con retraso. Tenía un extraño deseo interno de recibir un mal gesto tuyo, cuando entré en tu habitación no me dijiste nada. Levantaste tu mirada de aquel objeto que sostenías en tus manos, que al principio no supe averiguar qué era, y como siempre me regalaste tu sonrisa; inmersa en tu silencio y alzándome los brazos, me pediste que me sentara a tu lado, notaba que querías jugar, que deseabas balancearme en aquella mecedora. Tu impaciencia te delataba.

Tus ojos marrones empequeñecidos por el paso de los años brillaban ese día de manera especial y tu sonrisa contagiaba a todo aquel que se te acercaba. Se te veía muy feliz, destacaba como nunca tu belleza pasada,…tu belleza presente. Y de repente me di cuenta del motivo de tu felicidad, habías dejado sobre la cama aquella fotografía. Envejecida y amarillenta por el paso del tiempo, rasgada por la mitad y unida por un pequeño trozo de papel de celo deteriorado, aquella imagen, aquel instante de una vida tomado en blanco y negro. Aquella fotografía se había convertido en el único recuerdo de tu olvido.

Mientras el sol de aquella tarde comenzó a buscar su refugio en el horizonte y la luz que entraba en la habitación se hacía cada vez mas tenue, te tumbaste sobre la cama y agotada cerraste los ojos. Tus labios se unieron con suavidad encontrando una sonrisa, para decirme en silencio que estabas feliz, y que habías regresado al recuerdo,….a tu recuerdo. Te observé,… y entre tus dedos sujetabas aquella fotografía que te había traído a esta realidad, a nuestra realidad, a la que esta maldita enfermedad hizo que un día se perdiera en tu memoria. Hiciste lo imposible por olvidar, por matar aquel recuerdo, aquel beso robado en una imagen, en aquellos segundos de tu vida que se han convertido en eternos, aquel instante de tu vida,…un momento jamás perdido. A un eterno olvido quisiste llevar ese recuerdo, alejarlo de tu vida para que nunca más se acercara y quisiste olvidar, pero nunca se marchó.

¡Maldita seas!, que arrancaste de ella sus recuerdos, sus intimidades, su felicidad. Que quisiste quitar la vida que había en las arrugas de su piel, de los sueños cobijados en el fondo de sus ojos, de querer llevarla al olvido y abandonarla en él. ¡Maldita seas! por llevarte lo que ella fue, por querer dejarla vacía de su ser.

Pero te miré y vi serenidad, aquella enfermedad no se llevó todo de ti. María jamás quiso olvidar, nunca quiso matar aquel recuerdo, aquellas primeras caricias de una piel, aquel su primer beso de juventud, de su primer amor, aquel primer beso que le enseñó la vida, que la hizo amar, y quedó grabado en un instante, en un recuerdo para que nunca fuera olvido.