RUIDO, MUCHO RUIDO

Si existe algo que nos identifica a los países latinos y del arco meditárraneo, y al sur especialmente, es el ruido. No creo que podamos negar que nos caracterizamos por ser ruidosos, por querer hablar más fuerte que la persona que tenemos a nuestro lado; por poner la música más alta, pensando que el cantante de esta manera lo hace mejor o que escuchamos la música con más atención; o que si hacemos sonar el claxon del coche de una forma exagerada, seremos personas más destacadas.

Siempre me ha llamado la atención que cuando escuchamos un fuerte golpe o existe ese ruido ensordecedor que nos agita el alma, cerramos los ojos, encogemos la cabeza y subimos los hombros. Supongo que es un mecanismo de protección y defensa con el que pretendemos evitar que nos causen daño, porque aunque seamos ruidosos, nos molesta, y principalmente si viene de los demás.
Ese ruido ha sabido ser aprovechado por la «NEBULOSA INTELIGENTE» y se está instaurando en nuestras vidas como si de algo normal se tratara. Infectados por esa «Nebulosa Inteligente», la clase política, los medios de comunicación, los «mercados»,… están diariamente bombardeándonos con ruido, mucho ruido, y nuestros cuerpos, que comenzaron a defenderse al principio, parece que están adoptando esa posición como una postura normal. Están consiguiendo que siempre permanezcamos con los ojos cerrados, que nuestras cabezas se encuentren continuamente encogidas y metidas entre unos hombros, tensos y alzados. Nadie se atreve a abrir los ojos, porque nos asusta lo que nos quieren hacer percibir. Nadie quiere levantar la cabeza, porque tenemos miedo a sobresalir y destacarnos del resto, y nadie quiere relajar los hombros, porque estamos pensando que si lo hacemos, la carga que llevamos sobre ellos, se caerá. Saben perfectamente que tanto ruido nos hace perder la esperanza.
Creo que empieza a ser el momento de no escuchar más ruido, de abrir los ojos para que veamos y percibamos por nosotros mismos; de levantar la cabeza para que podamos tener otra perspectiva, y de que relajemos nuestros hombros, para que la carga que llevamos sea realmente la que debamos soportar.

Y de que una vez por todas seamos capaces de crear y creer en nuestra propia esperanza.

   

LAS MANOS OLVIDADAS

Cuanta belleza había en aquella copa de vino. Su color tostado se sonrojaba cuando el sol la miraba. Su aroma era exquisito, un jardín de jazmines y de naranjos florecidos, y su cuerpo, maduro era, extremadamente bello mientras su piel mostraba la riqueza del paso de los años.
Querida copa de vino, tu importancia en nuestras vidas es indudable. Estás presente en las celebraciones, los romanos adoraban a un dios en tu nombre y fuiste testigo directo de la última cena de Jesucristo; sin duda alguna, esta obra de arte que explora cada uno de nuestros sentidos tiene algo de santidad.
 
Pero ahora desde aquí quiero acordarme de ti, artista olvidado de esta obra de arte. Quiero expresarte mi agradecimiento porque en tus manos se encuentra el origen de esta maravilla de la vida. Aquellas manos agrietadas, anchas, morenas, rudas, son las manos de un padre o una madre, que protegen a su hijo del frío, que acarician cada yema de la cepa, le da la forma a su cuerpo y le dice cada día cómo debe crecer.
 
Aquellas manos alejan a la vid de aquellos que se le acercan con la única intención de aprovecharse de su amor, de su riqueza, de su pureza, cuidan la tierra donde vas a crecer, dan su vida por tu vida.
 
A aquellas manos olvidadas les ofrezco mi gratitud y mi adoración. 

MIRADAS

Llegó la Semana Santa, la Semana de Pasión. Un año más, parecen repetirse las mismas escenas. Gente que se va a pasar las vacaciones a la montaña, a la playa, a las grandes ciudades, los que se van al pueblo de sus padres y abuelos,… Y todos pendientes de las noticias meteorológicas, todo el mundo pendiente del tiempo que nos va a hacer, siempre forma parte de cualquier conversación, ya sea en el trabajo o entre amigos.

Las calles de cada pueblo y ciudad en Andalucía se convierten en un gran escenario, donde se representa la alegría y especialmente el dolor. Pero si hay algo que realmente me apasiona en estos días es poder observar las miradas; en estos días las miradas de los niños, la de los jóvenes y la de los mayores, son diferentes, y nunca he sabido muy bien el por qué.

                Al penitente que oculta su identidad, sólo veo sus ojos con aquella mirada perdida, una mirada hacia la luz de un cirio encendido, donde se esconde un secreto sólo por él o ella conocido.
                Al niño de corta edad, sus ojos extremadamente abiertos, con una mirada impresionada hacia aquella imagen tallada expresiva de tanto dolor.
                A aquel joven muchacho, que en aquel instante guarda silencio, calla ante el paso lento de aquel trono, su mirada se clava en los ojos de aquel Cristo azotado.
                A la mirada de aquella madre, con ojos acristalados, su mirada va dirigida hacia el futuro de su hijo, al deseo de protegerlo, de cuidarlo.
                Y la mirada de un abuelo, que en voz baja, muy baja, le pide verlo nuevamente.