LOS DESVARÍOS DEL OLVIDO

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Cae la tarde.
Ella, sentada en su sillón de inerte mecía acunada,
espera a la noche que se vista de oscuridad.
Su mirada, perdida,
en la ventana abierta
de un horizonte de futuro con pasado olvidado,
teje entre sus dedos un instante.
La tarde se marcha, para no volver.

Llega la noche, disfrazada.
Silencio de momentos difusos,
callados los instantes del ayer.
Hay recuerdos dormidos
que los desvaríos del olvido
se encargan de despertar.
Traer al presente un recuerdo.
de regreso del desierto de una memoria
donde las huellas se han borrado por tempestades de arena.

Cae la noche.
La madrugada no duerme.
¡Tú!,
en  tu enfermedad,
sólo quieres recordar.

LAS MANOS DE LA EXPRESIÓN

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Hoy he visto unas manos, pero no unas manos cualesquiera, sino una de esas que te hablan, que te dicen que hay una vida en ellas. Su piel tallada por el tiempo, por el invierno y el verano, por las noches de insomnio y aquellos amaneceres eternos. Unas manos de esas que cuando las sientes de cerca te enseñan que la vida no consiste en que pasen los días, porque en sus líneas nunca se leyeron letras, sino que se escribieron palabras que una vez fueron malditas y hoy se dibujan de ilusión.

Esas manos las he visto cerradas, apretando los dedos entre sí, con una sangre invisible, por una rabia callada que nunca dejó escapar. Un mano hecha puño, con fuerza, con mucha fuerza, pero vacía de agresividad y siempre llena de amor. Aquellas manos nunca dieron un golpe en la mesa, pero sí se la dieron a su pasado, y lo convirtió en olvido, en ese olvido que nunca debió existir.

Una mano cerrada atrapando los instantes, haciéndolos suyos, en el silencio y en la soledad. Has mirado tus manos y dejado caer una lágrima. Has querido ocultarlas para nadie adivinara lo que desean, lo que sueñan cada anochecer. Tus manos fueron un día miedo, pero siempre escondieron el valor y la grandeza de quien las utiliza para acariciar al prójimo y hacerles vivir.

Esas manos que son la mirada de los ciegos y los labios de los mudos, hoy se abren de par en par, se extienden llena de paz. Me hablan y me expresan lo que una vez perdió o quizás no pudo encontrar, pero hoy esas manos me hablan de su verdad, son notas musicales del silencio y con sus movimientos son la batuta de esos sentimientos que escondemos por miedo a mostrar.

Hoy he visto unas manos, unas manos que son de verdad.

DE PEQUEÑO PENSÉ…

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La noche ya comienza a refrescar y el viento que durante la mañana me susurró al despertar, ahora se ha vuelto intransigente, áspero, grosero y maleducado. En esas horas del día ya desaparecido en las que se transforma la noche, los secretos, los misterios y los sueños se convierten en protagonistas que suben de la platea al escenario de esa obra de teatro que representamos cada anochecer.

Por un instante, la noche se convierte pasado, se transforma en futuro y se olvida del presente. Por un momento, la noche es infinito dentro del tiempo y cada madrugada regreso a ese pasado de la niñez para rememorar los instantes en los que de pequeño se vive y se sueña a la vez.

De pequeño, pensé que el primer amor y el primer beso son para siempre, que nunca se marcharían, que estarían siempre a mi lado, acompañándome en todo momento, y que no podrían alejarse jamás de mi vida. Sin embargo, ese primer amor se marchó con aquel primer beso, se alejó dejando únicamente la estela de un recuerdo y la cicatriz de la primera herida.

De pequeño, pensé que el cambio de milenio nos traería un mundo estelar, galáctico, donde todos viajaríamos por el espacio, donde el mundo cambiaría completamente, para al final descubrir que todo sigue igual, que los cambios, esos cambios de los que hablan, sin embargo apenas han transformado la conciencia del ser humano.

De pequeño, pensé que la vida era eterna, que la ausencia nunca sería compañera de mi viaje por este mundo. Pero por aquellas sorpresas del destino, un día conocí a esa extraña pasajera que llegó a visitarme y mostrarme que su existencia forma parte de este recorrido y que llamarse muerte no es sino complemento de la vida.

De pequeño, pensé que un día cuando fuera mayor de edad, todo sería diferente, y que tendría independencia, sabiduría para caminar por la vida y que la libertad sería esa amante añorada de la niñez. Pero al cumplir los dieciocho años descubrí que eran falacias de aquella niñez.

De pequeño, pensé que un día, ese día en el que dicen que la madurez atrapa el cuerpo y se instala en la mente, llegaría esa calma que nos convierte en seres felices, pero al retorcer la esquina de este camino, comprobé como incluso en ese momento de la vida, la felicidad no se hace estado, sino que se convierte en un pequeño instante que por momentos se hace casi inapreciable a la mirada de cada ser.

De pequeño, pensé que un día dejaría de ser pequeño para vivir los sueños que una vez soñé.