EL ÚLTIMO ES EL PRIMERO

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No quiero que termine el día, ni que se acaben las horas de este sábado que despertó lluvioso y que ha visto aparecer a las estrellas entre las nubes y la luna llena. No quiero que la noche me lleve a su mundo y me aparte de ese instante, que no sé si se volverá a repetir. Mi sonrisa tímida se ha llenado incluso de miedo. No quiero cerrar los ojos y que todo desaparezca. Que un sueño hecho realidad quede encarcelado de por vida en el mundo de los recuerdos. Hoy no quiero dormir. Ni mirar a esa muerte diaria que me visita cada noche y me lleva a su oscuridad.

Sigo con los ojos abiertos de par en par. En mi oído aún permanece ese grito dulce que me despertaba cada mañana. ¡¡Juan!! ¡¡Juanito Canela!! Han pasado tantos años, que una vez pensé que la voz de mi madre, dibujada en el aire sin estridencia, la olvidaría en un rincón de mis recuerdos. Pero no, nunca fue así. Ahora a mis cincuenta años, aunque me quedé en aquellos doce de la niñez, su mirada y su voz despiertan a mi lado cada mañana. Pese a que ella, ya no esté.

¿Cuántas conversaciones habremos dejado en el camino? ¿Cuántas historias y momentos se han quedado por recorrer? ¡Mamá!, me siguen llamando el tonto del pueblo. Pero ahora no llores, que a mí, realmente me da igual.

¡Mamá!, no conoces a Matilde, la pescadera. Se dice de ella…bueno se dice que fue una mujer de la vida. Sí mamá, una puta, una de esas mujeres que a lo largo de cada día encuentra el amor de varios hombres a la vez. ¡No mamá!, tú eras diferente. Tú eras una prostituta y aquellos hombres llegaban a casa, sólo para comer. También se dice de ella que no tiene hijos, aunque creo que la frutera,… ¡sííí!, la chica que está en la entrada del mercado de las Almenas, ella es su hija. Tienen las dos los mismos ojos y cada mañana llegan juntas de la mano, sonriendo y hablando en voz baja. ¡Mamá!, dicen de Matilde,….Bueno, dicen tantas cosas de ella que a saber si alguna será verdad.

¡Hoy no quiero dormir mamá! He gritado en silencio unas palabras que ya hace tantos años mis labios dejaron de pronunciar. Hoy no quiero cerrar los ojos, porque hoy tu último beso se vuelve de nuevo a mí. Cuando se apagó tu corazón, te quedaste unida a mi piel. En la mejilla sentí el frío de tus labios, la piel rota y resquebrajada del dolor. Fueron muchos besos los que me regalaste, pero sólo conservo el beso de tu muerte. El beso de tu final.

¡Hoy no quiero dormir mamá! Quiero que este día se haga eterno, que las horas no corran en lo que siempre ha sido su lento caminar. Hoy he sentido por primera vez que existen besos cálidos, de piel sedosa y sabor a mar. Hoy Matilde me ha besado en los labios y he sentido por primera vez una caricia especial. He cerrado los ojos, me he entregado a ella sin mirar. Porque para sentir ese instante, no son los ojos los que miran, sino el corazón el único quien sabe realmente observar. Me han dado ese primer beso que todos recuerdan y que por fin hoy he podido saborear.

¡Mamá!, Ya quiero cerrar los ojos. Sonreír sin parar. Convertir ese instante en un recuerdo. Hoy he sentido que aquel último beso quiso ser el primero, y en él he dejado mis sueños, mis sueños para toda la eternidad.

LA MUERTE OLVIDADA

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Miro el calendario y descuento los días para que llegue ese momento en el que se cumpla un sueño, un sueño que reconozco lleno de utopía e incluso a veces pienso que quimérico. Observo ese calendario de papel que cuelga de la pared y recuerdo el refranero y ese dicho que dice «Dichoso el mes que empieza con Todos los Santos y termina en San Andrés».

Las calles huelen a castaña asada, el humo inunda el ambiente de un aroma a otoño que un día fue olvidado y en las tiendas del centro del pueblo, de ese centro casi perdido de vida por esta maldita crisis, cuelgan máscaras y disfraces del terror, costumbres de otros lugares que hemos hecho propias y que despreciamos por no ser de nuestra tradición, aunque a veces olvidamos que un día ya empezamos a despreciar nuestra propia cultura, traicionando nuestro propio pasado.

Comienza noviembre y los camposantos se llenan de vida entre la muerte, el silencio se transforma en sonidos, en murmullos, en llantos callados de recuerdos. El gris del otoño se viste de primavera por unos días, la fragancia de las flores y el color de sus pétalos ya no dibujan de carboncillo negro los rincones de una calles de nombres inscritos en pequeños huecos sobre la pared. Difuntos que observan como sus maridos y sus esposas, sus hijos, sus hijas, los nietos, los sobrinos,…vienen por un momento para reencontrarse con ellos, estar a su lado por un instante.

Se limpian los nichos, se encalan sus paredes, se acicala el hogar de la muerte. Por unos días, los cementerios no despiertan con la soledad y el silencio, se llenan de miradas, de ojos cristalinos bañados en los instantes de un pasado. Por unos días, se produce el encuentro de la vida con la muerte, esa muerte que en otros lugares del planeta es vida y alegría, en nuestra cultura es penumbra, oscuridad y dolor.

Condecoraciones y medallas por el valor, banderas sobre ataúdes, salvas de honores por la muerte. Hacen hijos predilectos al fallecido, adoptivos en un momento, aunque las adopciones en vida tarden años para ser conseguida. Les alabamos su bondad, veneramos su ausencia, y esperamos a la muerte para entregarle un reconocimiento que en la vida habíamos olvidado.

Damos la espalda a la muerte, porque en ella nos miramos cada uno de nosotros, porque en ella nos vemos por un instante, y en ese momento, el miedo nos atrapa. Aquí miramos a otro lado, nuestra conciencia nos quiere salvar, olvidamos la muerte de los niños de ese llamado tercer mundo, que no queremos transformar en primero, porque estamos sentados en nuestros cómodos sillones de riqueza. La muerte de esos niños no tienen condecoraciones, ni reconocimientos, no hay días mundiales, son muertes que no miramos porque nuestra conciencia quiere engañaranos, hablando que ese mundo no es nuestro.

Y aquí en este primer mundo, nuestros políticos, esos que se dicen servidores de la sociedad, del interés general, son inútiles herramientas, ignorantes, irreverentes y cómplices de dolor de las lágrimas derramadas por el hambre. Esos políticos que limpian su conciencia con falsas fotografías de solidaridad. Cada mañana me pregunto qué hace falta para que todos se pongan de acuerdo por una vez, que hagan algo para evitar que el hambre en este mal llamado primer mundo se pueda erradicar. ¿Qué debe suceder?, ¿hace falta acaso que un día encontremos a un niño muerto junto a un contenedor de basura buscando comida?

Hoy seguiré soñando en mi utópica idea, que algún día llegará que los políticos aúnan sus esfuerzos por el interés general, por hacer el bien a la sociedad y que en esta crisis que estamos viviendo hagan algo por evitar las muertes que se avecinan por la hambruna en nuestro mundo.

DE PEQUEÑO PENSÉ…

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La noche ya comienza a refrescar y el viento que durante la mañana me susurró al despertar, ahora se ha vuelto intransigente, áspero, grosero y maleducado. En esas horas del día ya desaparecido en las que se transforma la noche, los secretos, los misterios y los sueños se convierten en protagonistas que suben de la platea al escenario de esa obra de teatro que representamos cada anochecer.

Por un instante, la noche se convierte pasado, se transforma en futuro y se olvida del presente. Por un momento, la noche es infinito dentro del tiempo y cada madrugada regreso a ese pasado de la niñez para rememorar los instantes en los que de pequeño se vive y se sueña a la vez.

De pequeño, pensé que el primer amor y el primer beso son para siempre, que nunca se marcharían, que estarían siempre a mi lado, acompañándome en todo momento, y que no podrían alejarse jamás de mi vida. Sin embargo, ese primer amor se marchó con aquel primer beso, se alejó dejando únicamente la estela de un recuerdo y la cicatriz de la primera herida.

De pequeño, pensé que el cambio de milenio nos traería un mundo estelar, galáctico, donde todos viajaríamos por el espacio, donde el mundo cambiaría completamente, para al final descubrir que todo sigue igual, que los cambios, esos cambios de los que hablan, sin embargo apenas han transformado la conciencia del ser humano.

De pequeño, pensé que la vida era eterna, que la ausencia nunca sería compañera de mi viaje por este mundo. Pero por aquellas sorpresas del destino, un día conocí a esa extraña pasajera que llegó a visitarme y mostrarme que su existencia forma parte de este recorrido y que llamarse muerte no es sino complemento de la vida.

De pequeño, pensé que un día cuando fuera mayor de edad, todo sería diferente, y que tendría independencia, sabiduría para caminar por la vida y que la libertad sería esa amante añorada de la niñez. Pero al cumplir los dieciocho años descubrí que eran falacias de aquella niñez.

De pequeño, pensé que un día, ese día en el que dicen que la madurez atrapa el cuerpo y se instala en la mente, llegaría esa calma que nos convierte en seres felices, pero al retorcer la esquina de este camino, comprobé como incluso en ese momento de la vida, la felicidad no se hace estado, sino que se convierte en un pequeño instante que por momentos se hace casi inapreciable a la mirada de cada ser.

De pequeño, pensé que un día dejaría de ser pequeño para vivir los sueños que una vez soñé.