BALÓN DE ORO

la foto

Me llamo….bueno que más da como me llamo. Creo que a nadie le interesa mi nombre. Al fin y al cabo estoy convencida que pocos lo recordarían después de leer estas palabras. ¿Qué cuántos años tengo? Tengo… uff perdonen. Pero como no queda bien preguntar a una mujer por su edad, os diré que tengo esos años en los que los párpados comienzan a descender suavemente entornando la mirada, y a su alrededor se dibujan esos pequeños surcos, donde las lágrimas viajan cada vez que llegan a mi mente esos recuerdos convertidos en tatuajes del pasado.

Tengo un niño pequeño, de apenas diez años, y se llama como su padre, Rafael, ¿Suena bien verdad?. En mi casa siempre hemos respetado esa vieja tradición de poner al primer varón el nombre de su padre, y claro, el de su abuelo. Pero quiero dejar claro una cosa, lo llamamos Rafael, nada de Rafa. Esa extraña manía que tenemos de acortar los nombres, en casa nunca lo hemos hecho. Si hubiésemos querido llamarlo Rafa, lo habríamos hecho, pero no, su nombre es Rafael y aunque sea un renacuajo, toda su familia lo llama por su nombre completo.

Lleva ya diez minutos frente al televisor y no hay quien lo aparte de él. Me ha mirado y sonríe. Sonríe con esa sonrisa del que se sabe rey de un pequeño mundo. Su mundo, mi universo. No sé a quién sale con esa afición al fútbol, porque ni su padre, ni su abuelo, ni ninguno de sus tíos han demostrado que le apasionara esa obsesión de correr y darle a una patada al balón. Pero cuando lo observo, son sus ojos los que hablan, y lo encuentro feliz.

Son las seis menos diez de este lunes 13 de enero, y ahora está en silencio. Después de un fin de semana en el que no paraba de hablar de su Iniesta, de dibujar en sus ojos la admiración por su ídolo, ahora no articula palabra. Vestido con la camiseta de la selección, su balón de fútbol entre las manos y la bandera española que reposa sobre sus rodillas, no aparta su mirada de esa pantalla que le trae las imágenes del sueño de ser un día un gran futbolista. Él también quiere ser balón de oro.

No dice nada, está callado, no es su ídolo el que ahora aparece sonriente en la pantalla del televisor. El balón de oro se lo han entregado a otro jugador y en cierta manera él también se siente perdedor. Baja el volumen de la televisión. No quiere escuchar nada, ahora él desea sentir esa soledad, esa sensación de abandono e indiferencia que tiene quien se convierte en perdedor.

Son las seis y veinte de la tarde y sigue en silencio. Ahora es otro silencio. De sus pequeños ojos verdes descienden unas lágrimas inapreciables, casi invisibles, pero que le hacen brillar las mejillas sonrojadas de un niño lleno de vitalidad. Aprieta con fuerza la bandera, la arruga entre sus dedos menudos, en esa mezcla de rabia e impotencia que desde pequeño comenzamos a tener. Su mirada se pierde en mis ojos y su silencio es ahora un grito callado desde hace un tiempo.

Dos preguntas salen de sus labios, ¿por qué a mi padre le pusieron una medalla y le entregaron una bandera cuando dormía en el interior de una caja? ¿por qué a mi padre que apagó aquel fuego y perdió su vida no le dieron un balón de oro antes de fallecer?……

LÁPIDAS DE VANIDAD

la foto

Me he perdido entre los pasillos y quizás no encuentre el camino. La luz exagerada, el ruido, una música inaudible se oye de fondo. Cuanta locura existe en esas miradas silenciosas que se cruzan junto a mí, y que durante una mañana o una tarde, ya nos convertimos en conocidos transeúntes del consumo desmesurado. Me pregunto qué hago aquí, si me he vuelto acaso en un esclavo de esas prisas y carreras de un tiempo que ahora parece abandonado.

Nos hemos tropezado. Tu cuerpo y el mío se han encontrado. Bruscamente apenas nuestros ojos se han observado. Por qué de repente ese odio hacia alguien a quién no conozco, ni de su pasado, ni de su presente, y a saber qué será incluso de su propio futuro. No hay un hola ni un adiós, ni una palabra que suavice un encuentro que nunca fue buscado. Quizás ya no vuelva a ver a esa persona que me ha mirado con unos ojos enrrabietados. Somos dos desconocidos, ya olvidados, entre una muchedumbre de materialismos y egoísmos perdidos.

Me detengo aunque no sé muy bien porqué. ¡Vaya!, se me había olvidado, tengo que seguir comprando. Te he sacado de mi guarida, de ese refugio donde siempre te guardo y te protejo de los malhechores de lo ajeno. Te he mirado y ahora te encuentro vacío, ni siquiera la soledad te hace compañía. Estabas ahí hace un rato y ya no sé el camino que habrás tomado ¿Este es el final de mi destino? ¿aquí termina mi recorrido? No lo sé, probablemente, no.

Ahora os tengo a vosotras, a esas pequeñas lápidas con mi nombre grabado, que decís que en vuestro interior lleváis a esa falsa riqueza de un capitalismo exacerbado. Mis dedos acarician cada una de vosotras y el dependiente me observa con esa sonrisa de sentirse por un momento dueño de mí. Y tengo miedo, mucho miedo, porque un día llegará que con vuestra frialdad me digáis que ya no soy nada en este mundo y habré muerto por esta maldita vanidad, en la que un día fui atrapado.

LA ETERNA INFANCIA

Hoy hemos despertado con nervios, con muchos nervios. Hoy apenas nos ha costado trabajo levantarnos de esa cama que cada día nos atrapa y nos convierte en esos seres remolones que no desean encontrarse con la realidad. Pero claro, es que hoy vamos a vivir una realidad diferente. Hoy los niños son mas niños y los adultos regresamos a esa infancia que parece que olvidamos a diario.

Hoy hemos despertado con la dulzura de la infancia, de esos niños que son ángeles en la tierra, aunque si me lo permitís, algunos son unos demonios, pero benditos demonios.

Hoy hemos despertado viviendo en esa eterna infancia que cada uno lleva dentro. Pero no olvidemos aquellos niños que hoy han despertado sin una sonrisa, sin una mirada de ilusión y pensemos que en nuestras manos está que no pierdan la magia de seguir siendo niños para toda la vida, pero con otra vida.