UN CAMBIO DE TRAJE SIN PUNTADAS

 

Por fin abdicó el Rey. Bueno lo pondré en minúsculas, el rey. Cuánto tiempo se ha deseado por muchos esta situación, en el que se abre un nuevo escenario para unos, y para otros no es sino una continuidad. Curiosamente, nuestra joven democracia, bueno ya no tan joven, no ha regulado la cuestión sucesoria. Y ahora, no sin ciertas «prisas», se va a legislar esta cuestión que se había dejado en el olvido, supongo que además de por dejadez política, porque en el foro interno de muchos, se pensaba que el monarca era inmortal. Bueno no ha fallecido, pero entre muchos lo hemos aniquilado. A todos los efectos, este personaje, que la historia pondrá en su lugar (¿qué recurrente resulta esta afirmación, no os parece?), y que ahora se encuentra denostado por una gran mayoría, se va a convertir en una figura extraña al organigrama de poder dentro de la estructura del Estado español. ¡Vaya! seguimos hablando de Estado español a estas alturas. Permítanme el tono irónico, pero es que eso de ser español ya sólo queda bien para cuando gana la selección de fútbol, y este año no pinta que en el mundial se haga un gran papel (y no quiero ser ni agorero ni futurólogo).

Como antes he apuntado, para un grupo más o menos amplio, estamos ante un momento de continuidad. Esa llamada a la instauración de la tercera república que desde hace un tiempo se viene proclamando por una parte de la sociedad española, no tiene perspectiva de cuajar. O a esta sociedad no se la toma muy en serio, o realmente es falso que el poder emana del pueblo. Por el motivo que sea, la proclama republicana que supuestamente cuenta con tanto apoyo popular, tampoco parece contar con el apoyo directo del principal partido de la oposición (en horas muy bajas en estos momentos), y que viene demostrando haber abandonado esa pretensión de alcanzar un nuevo sistema de Estado, a través de la república, modelo que para muchos es la panacea de defensa de los derechos de los ciudadanos.

Lo que ocurre es que a veces se tiene la sensación de que los ciudadanos realmente gritamos deseos de cambios sin conocer la esencia de lo que realmente existe detrás de cada modelo o sistema de Estado al que pretendemos llegar. Al son de los voceros de una falsa tolerancia, charlatanes de feria de palabras gruesas; palabras que valen para todo, que sirven tantos a unos como a otros, pero que no sirven para nada y que realmente no atienden a los problemas de los ciudadanos de a pie, las calles comienzan a ser tomadas por una aparente mayoría popular, aparecen filósofos de frases baratas de mercadillo, y las barras de los bares se llenan de reivindicaciones y de lucha por la defensa de los intereses sociales. Y de repente, todos, por un momento, proclamamos que la monarquía debe desaparecer de nuestro sistema institucional y por fin proclamar la tan bendita tercera república.

Pero ahora me detengo. Monarquía parlamentaria o república. Dos caminos, dos alternativas. Y me vuelvo a detener. Ni una ni otra, o la una y la otra. Sinceramente, me resulta en cierta manera indiferente, porque se ha demostrado que el sistema no ha fallado tanto como se nos hace creer y pese a las criticas que ahora está recibiendo. Lo que realmente está fallando son nuestros propios valores y principios. Ahí se encuentra el verdadero fracaso de nuestra sociedad. Las concertinas de Melilla no desaparecerán, las desigualdades sociales permanecerán porque somos seres desconfiados y recelosos del prójimo, la sociedad clasista se mantendrá,… Todo ello no desaparecerá, no nos engañemos. Criticamos lo que sucede en la valla de Melilla, pero damos la espalda a esos negros y moros, que pasan a nuestro lado, cuya vestimenta y olor hace que nos apartemos de ellos. ¿no es acaso esa otra forma de concertina? En cuanto nuestros bolsillos se vuelvan a llenar de monedas, olvidaremos aquellas escenas de contenedores que son limpiados por ignorados hambrientos.

No tengo claro que esta sociedad sepa realmente si desea cambiar de traje, de sistema organizativo, porque haríamos realmente un traje sin puntadas. No tengo claro si los ciudadanos sabemos realmente donde queremos ir. Esta sociedad es inteligente, de eso no me cabe duda, pero pretender instaurar un nuevo sistema sin pretender cambiar los valores, sin respetar los principios básicos, sin que realmente cambiemos cada uno de nosotros, me hace pensar que de nada servirá pretender cambiar monarquía parlamentaria por república, o república por monarquía parlamentaria.

 

LA BAILARINA DE LOS PIES CALLADOS

 

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1 de enero de 2014.

La mañana comienza a despertar y esta noche el silencio ha perdido su batalla como cada año. La soledad no ha sido compañera de las calles durante las horas oscuras. Hace frío. La calma del amanecer espera paciente a que los jóvenes y menos jóvenes se vayan a dormir, cuando el sol ya aparece entre las nubes. La escarcha de los árboles comienza a crujir levemente y una suave brisa empieza a soplar. Un nuevo día. El primer día y volvemos a comenzar. Empieza una nueva cuenta. ¿O es otro día más?

Las figuras que deambulan disfrazadas de alegría nocturna se difuminan entre los cristales empañados de la mañana. Al final del pasillo, en el salón, se escucha de fondo el sonido de un violín, un oboe y un violonchelo. Las notas musicales del año nuevo. Es el único sonido que calma el ruido de un amanecer juvenil, excitado, lleno de vida por delante. Adolescencia de atrevidos trasnochadores que comienzan el año haciendo de la noche, el día. Voces rotas que rompen el silencio de la mañana. Risas limpias, algunas lágrimas por un desengaño inesperado.

He descorrido con dificultad la cortina. Mis dedos limpian la ventana y abren pequeños surcos entre las lágrimas de un cristal atormentado de la noche. Mis ojos marrones se han vuelto torpes. Aquella mirada insinuante quedó perdida en un último beso. Después de aquel día, mis labios no probaron el sabor de otro amor. No sin dificultad vislumbro los rostros de aquella pareja que baila en la casapuerta que hay en el edificio de enfrente. Sus cuerpos inseparables, un roce frenético. Sus piernas se entrelazan en un tango de movimientos apasionados. El fuego de dos cuerpos jóvenes, de piel tersa y firme. Las pupilas excitadas y cristalinas de dos miradas ausentes, atrapadas en su isla de soledad. El vestido negro de ella, las rodillas se desnudan en el aire. Los tobillos finos y firmes. Él la acaricia por la cintura, la sostiene. El cuello de su camisa blanca esconde tatuado los labios de ella. Han quedado solos en la calle. No hay ruido. Ya sólo queda la música en sus oídos.

Las palabras no son esclavas de los labios. Las palabras también se dibujan en el aire, con el baile de dos cuerpos que se mueven con armonía. Tiene su propio lenguaje. Aquel baile en el amanecer de aquellos desconocidos ha despertado un recuerdo en sus pies. Sus manos arrugadas se aferran en el reposabrazos del sillón. La fuerza se aquieta a un instante. Aquellos ojos enloquecen entre lágrimas. Su cuerpo apenas puede levantarse más allá de un cuello que se eleva entre unos hombros hundidos. Añora su vestido de amplio escote y espalda descubierta. Sus pies recuerdan lo que se había convertido en olvido, los movimientos de cada noche en el salón de baile. No tiene fuerza. Sus pies inmóviles ante el anhelo de ese recuerdo. Hoy a sus noventa años ya se siente como una bailarina de pies callados.

…ES QUE NO SE PUEDE SER BUENO

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A la salida de la sesión parlamentaria de control al Gobierno de este pasado miércoles, donde curiosamente la guerra de las Sorayas se ha visto relegada a un segundo plano, a contrario de lo que viene sucediendo cada semana, y ante una intervención no «fina» del Sr. Pérez Rubalcaba (según sus propias palabras), la Sra. Dª Elena Valenciano afirmó lo siguiente sobre su jefe de filas: «…es que no se puede ser bueno». Después de pronunciar estas palabras ante un grupo de periodistas, ambos se marcharon escalera arriba, cabizbajos y lamentándose, porque al parecer, el líder de la oposición no había «apretado» lo suficiente al Jefe de Gobierno. La escena no tuvo desperdicio, la imagen ya hablaba por sí misma, pero es aquella expresión la que de repente me llamó la atención, porque sinceramente, esas cinco palabras encadenadas de dicha manera, no pueden pasar por alto lo que se esconde detrás de ellas.

Antes de continuar, quiero precisar dos cuestiones. En primer lugar, no quiero que se realice una errónea interpretación por y para sacarla de contexto, porque el contexto aquí es lo de menos; y en segundo lugar, tampoco resulta relevante que esta expresión haya salido de los labios de la Sra. Valenciano, porque igual hubiera podido venir de cualquier representante político de nuestro panorama nacional. Lo importante, como ya he apuntado con anterioridad, y sobre lo que quiero detenerme, es que esta expresión, que a simple vista puede resultar inocua, refleja el verdadero trasfondo en el que se mueve nuestra sociedad.

«…es que no se puede ser bueno.». (                        ). He guardado unos minutos de silencio, porque creo que un minuto es muy poco tiempo para guardar el debido respeto hacia aquellos que piensan que se puede ser bueno y que durante toda su vida han practicado la bondad como premisa en su quehacer diario. El ser bueno, parece que se ha convertido en un concepto que está en desuso, menospreciado por una sociedad que se burla de aquellos que siempre han considerado que la bondad debe ser un elemento a tener en consideración para tomar decisiones, para actuar, para caminar por la vida. Y no nos confundamos, para nada ser bueno tiene carácter de santidad, porque ni en la santidad existe la plena bondad. Ser bueno es tener la natural inclinación de hacer el bien. Natural, inclinación, bien. Tres palabras claves para definir y aclarar dicha expresión. Tres palabras claves que han sido olvidadas en dicha expresión y que se alejan del sentido de la misma. Con esa expresión, lo único que se hace es difundir que en el fondo, la bondad no lleva al fin pretendido por el hombre actual.

De esta forma, en el escenario en el que nos movemos, parece que ser bueno es ser lo que popularmente se conoce como «tonto», como ignorante del mundo y de la vida presente. Pero lo que ocurre, es que llegado a este punto, ante este desorden de principios, comenzamos a entrar en extraños espacios de tierras movedizas, donde es fácil que nos hundamos, que nos enterremos lentamente. En esos terrenos, nuestros pies no encuentran ese apoyo necesario para salir a flote y no tenemos la certeza de que tengamos la posibilidad de salir adelante. Y con este panorama, dicha afirmación tiene su razón de ser y se transforma en el verdadero lema de una sociedad perdida. Por lo tanto, a cada momento que pasa, se hace más evidente que «no se puede ser bueno», porque ser bueno no lleva a ningún lado, porque ese destino natural del hombre, ya parece no encontrar acomodo en la bondad y en la buena fe.

Ante esta visión que algunos llamarán catastrofista, me pregunto realmente si esas voces que proclaman dicha expresión «es que no se puede ser bueno», son voces legitimadas para llevarnos y guiarnos al resto de ciudadanos hacia un futuro mejor. Igualmente me pregunto, si mi padre y mi madre me habrían dicho en algún momento de la vida, que es que no se puede ser bueno. Permítanme que les diga que ¡no!. Aquel principio de bondad, de buena fe en definitiva, no viene inculcado por aquella generación de un pasado que a veces pensamos lejano, pero que hoy está siendo testigo final de sus días de que el futuro no se encuentra realmente en buenas manos.