El báculo

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Esteban caminó con decisión hacia el lugar donde él se encontraba, sin detener su paso, pese a la multitud que se concentraba en las calles en aquella mañana de domingo del mes de septiembre. Desde hacía unos años se había recuperado la celebración de la fiesta de la vendimia, en un intento de revivir la tradición de un pueblo que se había transformado en tan poco tiempo en una pequeña ciudad y que había dejado ya atrás ese carácter agrícola por la que desde antaño se la conocía. Los turistas y los del pueblo abarrotaban la plaza de la iglesia, como la conocían los del lugar, para presenciar el simbólico acto de la pisa de la uva Tintilla y que daba inicio a la vendimia.

En un banco de hierro forjado se encontraba sentado. Con su cuerpo vencido levemente hacia adelante y apoyado sobre un hermoso bastón de madera de nogal, con una empuñadura tallada de color plateado, sus manos gruesas, morenas, tostadas por el sol y rudas…pero suaves. La mayetería había sido su profesión, su vida, había entregado su destino a cuidar de la tierra, a mimar cada fruto que de ella nacía, que de ella trabajaba. Y allí estaba Manuel, presenciando una imagen que le traía recuerdos de su pasado, de aquellas noches convertidas en amaneceres, de las mañanas frescas bañadas por el rocío de la noche y que se marchaba cada día con los primeros rayos del sol.

Esteban se sentó junto a su padre,…acariciándole la espalda le entregó un beso en la mejilla. Manuel apenas gesticuló ante aquel contacto, permaneció impasible ante ese encuentro que volvió a producirse nueve meses después de la marcha de su hijo a Barcelona; nueve meses alejados por el rutinario trabajo que los distanció en los últimos tiempos. El silencio que hubo entre ambos se escuchaba entre el bullicio de la gente que se arremolinaba en la plaza y ninguno encontró la palabra adecuada, quizás porque el silencio fue en ese momento la mejor palabra que supieron decirse. De fondo…. las notas musicales de la banda municipal, con los acordes de las Cuatro Estaciones de Vivaldi.

_ Me gustaría que permanecieras ahora a nuestro lado- dijo Manuel a su hijo, mientras lo observaba detenidamente.

_ Padre….- Esteban no pudo articular otra palabra, cuando miró a su padre a los ojos, sus labios se cerraron ante aquella mirada.

_ Mamá no lo sabe y sus escasos momentos de lucidez y recuerdo deben ser llenados de la alegría por todos los que estamos junto a ella. Ahora te necesitamos,… no creí que te lo diría, pero ahora haces falta a nuestro lado.- dijo Manuel a Esteban en voz baja, sin apenas levantar la mirada de la empuñadura de su bastón.

Esteban guardó silencio mientras observaba el pórtico de la Iglesia Mayor. En aquel instante le vino el recuerdo de momentos de su niñez jugando en aquella plaza, el de los primeros pasos que comenzó a dar de la mano de su padre y su madre, de aquellas primeras caídas que fueron evitadas por su madre, de los primeros tropiezos en la vida en los que sus padres siempre estaban a su lado…. Y aquel silencio que se produjo entre los dos inmerso en el ruido de la plaza quedó roto cuando el bastón que sostenía Manuel cayó al suelo. Esteban se apresuró a recogerlo y cuando lo tomó de su mano,… Manuel acarició la espalda de su hijo y apoyándose en su hombro comenzó a levantarse lentamente y con dificultad, Esteban no se movió y mirando a su padre comprendió que era el momento de estar al lado de las dos únicas personas que le habían servido de apoyo en su vida.

El corredor de la lentitud

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Llegaba la oscuridad queriendo hacerse dueña de un día eterno de luz, buscando ser protagonista de aquellas noches efímeras del mes de junio y el barrio se encontraba, como cada año, más animado de lo normal con la llegada de las fiestas. Los más jóvenes habían tomado las calles disfrazados de adultos, se les veía fumar sus primeros cigarrillos, mejor dicho…los quemaban, bebían aquellos enormes vasos de refrescos donde ocultaban pequeños sorbos de alcohol, y a escondidas….los primeros encuentros. Las casapuertas se convertían en confidentes de aquellos besos inocentes, de las caricias de cuerpos adolescentes.

El calor se hizo insoportable en aquellos días y la noche de San Juan había sido extremadamente calurosa, lo que vaticinaba un verano de altas temperaturas. Las ventanas permanecían cerradas con las cortinas echadas y un frescor artificial inundaba toda la casa. La puerta del dormitorio se encontraba entreabierta y sin hacer apenas ruido entré en su habitación,….allí estaba, acostado en su cama, en silencio, con los ojos completamente abiertos y su mirada perdida en aquella foto que colgaba de la pared. Por un momento pensé que no me había visto, pero cuando alargó su brazo, me agarré a él como si se me fuera a escapar la vida. Era lo que más quería en este mundo.

Comencé a pasarle mi mano sobre su frente y las yemas de mis dedos se deslizaron suavemente por las mejillas, queriendo apartar aquellas gotas de rocío que descendían solitarias y que habían nacido de aquellos ojos color miel. Su cuerpo permaneció inmóvil, rendido por un día perdido en el tiempo. Me acerqué a su oído y en voz baja le susurré _¿quieres qué te cuente un cuento?-,…no articuló palabra alguna, pero sus párpados se cerraron levemente mostrando su deseo por escuchar mi voz.

_ Hoy el cuento te va a gustar, se llama El corredor de la lentitud y en él aparece uno de tus animales preferidos. Escucha con atención:

En el centro de una enorme ciudad, donde las personas caminaban solitarias ignorándose las unas a las otras, se encontraba un pequeño parque de árboles frondosos, de un color verde intenso, donde se respiraba un aire puro dentro de aquella contaminación; y en su interior un estanque de agua limpia, donde a diario los animales acudían a refrescarse del calor del verano.

Una mañana Dorina, una joven ardilla, se encontró con Rodolfo, una vieja tortuga que caminaba lentamente hacia el estanque. Dorina estaba siempre corriendo y saltando de rama en rama, todos los días hacía algunas de sus travesuras y sus padres siempre le decían que tenía que ser bueno con los otros animales del parque y con los niños que lo visitaban. Jamás se paraba a pensar lo que estaba haciendo, únicamente quería pasarlo bien, en correr de un lado a otro, sin detenerse a mirar lo que había a su alrededor.

Rodolfo era una tortuga mayor, caminaba siempre muy lentamente alrededor del estanque, se paraba a hablar con los otros animales del parque y sobre su caparazón llevaba a algunos de ellos, acercándolos para que bebieran agua. Su voz era grave, pausada, y siempre mostraba una sonrisa con todos los que se cruzaban con él.

Esa mañana, Dorina se detuvo frente a Rodolfo y comenzó a burlarse de lo lento que caminaba, saltando de un lugar a otro le daba pequeños gritos y le decía que nunca podría hacer lo que él hacía. Rodolfo movió lentamente su cabeza y sus ojos, y sin decir una sola palabra, se limitó a sonreír por la actitud de aquella joven ardilla. Dorina comenzó a enfadarse porque veía que la tortuga continuaba su lento caminar sin prestarle apenas atención.

De repente, Dorina se puso en el camino de Rodolfo y le dijo:

_te reto a una carrera,… si eres capaz de llegar antes que yo al estanque, te dejaré para siempre tranquilo y jamás volveré a molestarte_.

Rodolfo no quería enfrentarse con Dorina, pero ante su insistencia aceptó el reto. Los animales del parque comenzaron a acercarse al lugar donde habían colocado la salida y se arremolinaron a lo largo del recorrido.

Curro, el sapo más veterano del estanque, fue el encargado de dar la salida. Dorina comenzó a saltar y correr rápidamente, mientras Rodoldo inició lentamente su caminar directo al estanque. La ardilla veía como dejaba atrás a la tortuga, pero comprobaba como el resto de animales solo aplaudían a Rodolfo y que a él no le prestaban atención. Dorina llegó primera a la meta y la aplaudieron, pero cuando Rodolfo alcanzó el final, todos los animales del parque saltaron y gritaron de alegría, y elevaron al aire a la tortuga para celebrar que había llegado a la meta.

Dorina sorprendida no sabia que estaba pasando hasta que se le acercó Curro y le dijo:

_ felicidades, has llegado el primero, pero estás viendo como todos felicitan a Rodolfo y lo hacen porque tiene el afecto de todos, porque todos lo quieren,….se ha llevado toda su vida disfrutando de cada momento de amistad del resto de los animales del parque, ha ayudado a todos en algún momento, se ha parado siempre para saludarlos,….no ha querido correr durante su vida, ha decidido vivir cada momento_.

Aquella noche mi padre se quedó dormido con el cuento que le narré, abrazó con su sueño la fotografía de mi madre, que nos dejó hace un mes por culpa de aquel maldito borracho que iba al volante de ese coche que terminó con su vida. Lo observé,…en sus ojos cerrados vi el lamento por haber ido tan deprisa por esta vida, por no haberse detenido a saborear cada instante de ella, de no haber estado más tiempo junto a su mujer,…junto a mi madre, y porque empezaron a pasar los días, los meses y los años y también dejó de disfrutar de mi todavía niñez.

Pero siempre recordaré el amanecer del siguiente día, del sol que entraba por la ventana de mi habitación, del despertar de aquella mañana de verano. Siempre guardaré en mi recuerdo aquel abrazo que me regaló mi padre, el olor a frescura de su piel, de las caricias de sus manos, de su beso en mi mejilla….de cuando se acercó a mi cama para decirme al oído que quería estar para siempre a mi lado, que estaría junto a mí para vivir cada nuevo momento, para compartir nuestras vidas y que nunca se nos marchara de las manos, que jamás se nos alejara sin haber sido vivida.

El Refugio

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Había dejado las maletas preparadas la tarde anterior y quise irme pronto a la cama para descansar. Entre los nervios por el viaje en coche que me llevaría desde la Tacita de Plata hasta Bilbao y el enorme calor de aquella noche de finales de septiembre, no era de extrañar porque estábamos en pleno veranillo de San Miguel, recuerdo que concilié el sueño a ratos y mal. Después de escuchar el camión de la basura, que como cada madrugada rompía el silencio, y cuando la primera claridad del día comenzaba a vislumbrarse en el cielo, el sueño se hizo dueño de mí y me quedé rendido por el agotamiento de una noche de vigilia. Con un cierto sobresalto desperté a las nueve de la mañana, no quise ponerme nervioso pero ya mis planes comenzaron a irse al traste, ya que había previsto salir dos horas antes. Después de una ducha y un desayuno rápido, me dirigí al coche para colocar las dos únicas maletas que llevaba en mi viaje, una repleta de ropa, que probablemente me serviría de bien poco porque era de temporada, y otra más pequeña, que utilizaba habitualmente para mis viajes en avión, y en la que puse mis libros y las fotografías de mis padres.

Cuando el reloj marcaba las diez menos cuarto y me dirigía hacia el coche, no recuerdo bien porqué motivo, supongo que tuve la necesidad de respirar hondo y ver por última vez el lugar donde había pasado mis últimos cinco años, me detuve y me senté en uno de los bancos que había en los jardines de la urbanización. Incliné mi cuerpo hacia adelante y apoyando mis codos sobre las rodillas, miré hacia al suelo,… las imágenes del accidente vinieron a mi mente y por un momento me sentí abatido. El silencio de ese instante en aquella mañana de sábado quedó roto con el sonido del paso de unos tacones, y cuando levanté mi mirada, allí estaba ella, se había detenido junto a mí.

_ Buenos días- me dijo con aquella voz suave y con un extraño acento que me hizo pensar que no era del lugar.
_ Buenos días-, repuse con la voz algo entrecortada por los nervios del momento de mi marcha y la emoción por tenerla a ella tan cerca.

Era la primera vez que escuchaba su voz, que veía sus ojos, la tenía a menos de dos metros de distancia de mí y pude apreciar la fragancia de su perfume, era la envidia de las flores del jardín que rodeaba la piscina de la urbanización. Aquella mujer que a diario observé en su terraza, la que cada mañana veía salir a la misma hora sin saber su destino, era una verdadera desconocida para todo el vecindario. No podría decir su edad, porque detrás de sus rasgos de madurez no se escondía el transcurrir de los años, sino el paso de la vida, y su enorme atractivo no pasaba desapercibido, era extremadamente elegante en su forma de vestir, en su manera de caminar y en aquellos movimientos tan sugerentes para atusarse su cabello corto de color cobrizo.

Tan pronto me ofreció su mano, me levanté para saludarla. _Adiós, que tengas un buen viaje y nunca pienses que eres un cobarde, no huyes, simplemente quieres aprender-, me dijo. Me quedé sin poder articular palabra alguna ante aquella frase que salió con dulzura de sus labios, no supe reaccionar ante esa situación.

Tres meses después, paseando por el centro de Bilbao, entre los libros expuestos en el escaparate de una pequeña librería, se encontraba la fotografía de aquella mujer y un cartel que anunciaba que aquella tarde estaría allí para presentar su libro de poemas, y que había recientemente publicado en Amazon. No lo dudé, tenía que ir allí, quería volver a verla, cada día que pasó desde aquella despedida siempre hubo un momento para su recuerdo.

Cuando la vi, el estómago se me contuvo, una extraña sensación se apoderó de mi cuerpo, los pómulos estaban continuamente sonrojados y por mi garganta apenas circulaba un hilo de saliva que aliviara la sequedad de las cuerdas vocales. Al finalizar la presentación de su libro se acercó al lugar donde me encontraba, sus finos labios acariciaron mis mejillas regalándome aquellos dos besos, llenos de la misma fragancia que tenía la primera y única vez que nos saludamos. Tras varias horas de charla, me dejó una nota manuscrita en la que se leía los versos de un poema:

El Refugio

Me dije cobarde el primer día,
cobarde por no ser la mujer que esperabas,
la que tú soñabas en tu realidad.
Pero no fue falta de valentía,
era que ambos cambiamos
y no,
no supimos aceptar.

Hoy me quedo en mi refugio,
cada mañana
para buscar la luz de un sol,
cada tarde
para ser la primera en atrapar la luna,
y cada noche
en la oscuridad de la madrugada,
para estar en mi silencio
en compañía de mi luna, de mis estrellas,
de mis luceros que iluminan un nuevo camino.

Cada día me quedo en mi refugio protector,
el único que conoce mi vida, mis secretos,
cada día mi refugio
es la terraza de mi hogar.

Para ti