DE ORILLAS A ACANTILADOS

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Fueron las amantes perfectas,
las que se arrojaron al abismo de la pasión,
las que se olvidaron de sí mismas
en el efímero reloj de la vida.
Las que derramaron el deseo en su orilla,
entre dos cuerpos devastados por las caricias.

Fueron tierra mojada.
Sedienta la arena de ser la mar,
hambrienta la espuma
por alcanzar eso que el hombre llamó destino,
la tierra,
esa frente a la que nos detenemos
buscando los finales,
sin ser el final.

Y las dos se miraron por última vez
haciendo culpable al tiempo,
cuando la orilla se volvió abrupta
por rocas que se elevaban hacia las alturas.
Las dos comenzaron a alejarse por primera vez,
olvidando los días pasados
en esa otra frontera
de olas que ahora rompen contra acantilados,
y todo,
porque sintió la Tierra envidia de ser la Mar.

SAN VALENTÍN HA MUERTO 

 

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Muelle de Rota (Cádiz)

 

Por el corredor de la muerte,
Cupido camina esposado.
Arrastra sus pies,
ensangrentados y desnudos
entre flechas despuntadas
que yacen por los fracasos.

Cabizbajo,
ninguna lágrima derrama.
El arquero, un ángel endemoniado,
siente en sus dedos el dolor de las llagas,
que se abren cada noche,
en la pesadilla de ser el asesino
de amores inocentes.

Recuerda Cupido aquella mañana,
de un febrero oculto entre nieblas,
donde el amor se disfrazó de odio
manchado sangre.
San Valentín fue hallado muerto,
apuñalado por la espalda.
Un cobarde lo ha asesinado.

Corre por sus venas la muerte,
en su garganta
la saliva lo ahoga.
Hoy el arquero conocerá la justicia,
la que alguien llamó divina.
Al atardecer, es ejecutado
por el ser humano
(inhumano).

CÁLCULO DE IMPROBABILIDADES

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Somos el cociente exacto,
el resultado, a veces ilógico,
de un cálculo estadístico
de improbabilidades numéricas.
Somos un cúmulo de casualidades,
fruto de un desordenado orden de encuentros
por alcanzar este mundo,
y convertir
lo inexistente en existencia.

Somos una creación divina,
un milagro, dicen algunos.
Lo dicen esos necios,
los mismos que hablan de una fe disfrazada de dogmas,
cuando saben que la fe,
siempre vive entre incertezas.
En los derroteros de sus verdades
aparecemos de la nada,
emergemos como un ave fénix
de ese vacío, y nuestro ego,
piensa que somos el centro
de un planeta desbordado.

Somos esa billonésima probabilidad,
fruto de un improbable, inesperado,
suceso de fecundación.
Somos millones de vidas improbables.
Millones de muertes seguras.