AVIONES DE PAPEL

20130331-104345.jpg

Miré el reloj y comencé a sonreir. _¿Qué piensas?-, me preguntó ese otro yo que se encuentra oculto en mí, y que creo que todos tenemos guardados y no dejamos aparecer en público. Al principio no supe que responderle, pero pasados unos segundos le dije: _ ¿has mirado lo curioso que es el medidor del tiempo?, el segundero corre aprisa, no se detiene, no deja tiempo para nada y, sin embargo, los minutos corren más lentamente, haciendo que las horas transcurran de forma pausada.-

Eran las ocho de la mañana y el vuelo a Frankfurt salía con retraso. El aeropuerto se había convertido en un extraño segundo hogar para mí y en pocos años había pasado de odiarlos, a amarlos con una gran pasión. No puedo negar mi amor por ellos. Los aeropuertos son pequeños globos terráqueos, las verdaderas Naciones Unidas de este mundo, con un continuo ir y venir de personas, de culturas, de lenguas. Ahora con el paso de estos años, en ellos me encuentro cómodo, incluso diría que hasta feliz.

Sentado en la cafetería de la terminal, al extraer la cartera del bolso, la foto de mi abuelo cayó al suelo. La única persona que verdaderamente lo conocía era mi madre y cuando se refería a él, siempre recuerdo las mismas palabras: _los ojos de tu abuelo hablan y cuando parpadea, deja un silencio en el aire-. Julio,… el nombre de mi abuelo en los labios de mi madre adquiría un sentido diferente, y en sus ojos, un brillo especial.

En mi memoria su recuerdo comenzó a transitar por caminos de ida y vuelta. Su presencia en mi vida fue diaria, distante sí, pero presente en los pequeños y grandes momentos. Recuerdo como de pequeño su voz pausada y grave recorría los pasillos de la casa, su lento caminar dando vueltas por el patio, su mirada de ojos azules, y sobre todo, sus abrazos.

En ese viaje de los recuerdos que se cruzaban por mi mente, mi abuelo estaba sentado en una vieja silla de anea que había en un rincón del patio, rodeada de aspidistras y geranios. Me apoyaba entre sus piernas y él me abrazaba con aquellos brazos que recordaban la fuerza de una juventud ya perdida en el tiempo. Entre su mirada, el susurro de su voz y las caricias de sus manos suaves, comenzábamos cada tarde un viaje entre aquellos aviones de papel. Me los hacía sin parar, uno tras otro, y mientras los lanzábamos al aire y los hacíamos volar, sus ojos se llenaban de lágrimas. Empezaba a contarme historias de su pasado, haciéndome soñar con lejanos lugares y viajes de ensueño. Sus ojos se clavaban en mí y me decía que en aquellos aviones, él viajó a un país donde lo habían acogido para trabajar, para hacer una nueva vida, para salir del hambre en el que se encontraba toda la familia. En aquellos aviones volaron sus esperanzas y sus sueños, sus miedos y temores, su futuro ante un pasado atrapado por un presente incierto.

De nuevo miré el reloj, las ocho y veinte, el tiempo transcurría lentamente esperando la salida de un avión que salía con retraso, como queriéndome decir que no quería volver a marcharse fuera del país. Y junto a mí, allí en la soledad de una mesa, un periódico abandonado y un titular, «300.000 jóvenes: la nueva generación de emigrantes españoles».

Cierro los ojos por un instante y el recuerdo de mi abuelo se me hace más presente, y cuando los abro, veo cómo todo ha cambiado en tan solo unos años. Cuando me marché por primera vez, hace cinco años, me consideraban un privilegiado, un afortunado del que presumían de mí, me miraban como un talento que salía fuera del país, como una mercancía que se exportaba y que tenía un gran valor. Y ahora, pasado estos años y cuando observo los titulares de los periódicos y miro a mi alrededor, ya no somos esa mercancía valiosa, ya hemos dejado de ser esa bandera ondeante de un país. Ahora nos hemos convertido en lastimosos emigrantes de una posguerra, como aquella que vivió mi abuelo, la que él me narraba en aquellas tardes de juego, en la que miles de españoles salieron de este país para sobrevivir al hambre y a la miseria.

Hoy abuelo, tus historias del pasado se hacen presente en este momento.

EL CALLEJÓN DE LAS LUCES

20130326-220320.jpg

Descalzo caminar,
fríos adoquines desnudos
vestidos entre paredes blancas y casapuertas cerradas,
de sus balcones,
miradas solitarias asoman en una madrugada anhelada
en busca del consuelo.

Noche callada del miércoles santo
rota por el llanto lejano de una voz.
En la penumbra del callejón de las luces
entre un lento paso ascendente,
un viaje de ida sin vuelta,
son recuerdos de una niñez
emergentes del fondo cristalino.

La oscuridad envuelve su figura
entre pequeñas llamas ardientes,
guía de un camino de rostros ocultados
y miradas penetrantes,
una piedra sostiene tres caídas de dolor.
Racheo del caminar en la noche,
el Silencio calló su voz.

Luto de una muerte anunciada,
suspiro de vida en la cruz,
Caridad llora callada.
En sus pies,
las lágrimas son rocío de sus flores
entre sueños desvanecidos con olor a primavera.

CÓDIGO BINARIO

20130322-080526.jpg

Sí, no.
Bien, mal.
Blanco, negro.
Derecha, izquierda.
Perro, gato.
Norte, sur.
Día, noche.
Sol, luna.
Cielo, Tierra.
Hombre, mujer….

Esa parece ser la inquietud callada del ser humano, la de simplificar todo en dos caras, dos puntos, dos elementos. De esta manera nos pasamos la vida como auténticos autómatas buscando la forma de ser reductores de los elementos más básicos de lo que nos rodeamos, realizando las comparaciones contrapuestas más simples de nuestra existencia.

En esa misteriosa y compleja parte de nuestro cuerpo como es el cerebro, que curiosamente está dividida en dos, se concentra la decisión básica de separarlo todo en dos partes. El cerebro debe estar diseñado con códigos binarios, de ceros y unos que contienen toda la informacion necesaria y básica para vivir o sobrevivir. Supongo, y por eso no me extraña, que el lenguaje informático tendrá su origen en este modo de pensar y proceder de los seres humanos, y que por lo tanto esa invención que ha revolucionado el mundo de nuestros días, como es el ordenador, es por lo que utiliza como lenguaje ese código binario. Al fin y al cabo, y si dicen que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, imagino que el hombre ha construido una mente artificial, igualmente a su propia imagen y semejanza.

Tendremos que acudir a los profesionales de la medicina, de la psicología, y de todas aquellas ciencias médicas, para que nos expliquen porqué y para qué estamos diseñados así, y tendremos igualmente que acudir a los doctores de la filosofía para que nos den una respuesta a este modo de proceder de los seres humanos.

Desde una visión personal, ignorante y simple sobre esta materia, lo que tengo es la sensación que nuestra complejidad como ser humano es sólo un escaparate, llena de adornos y elementos que rodean un cuerpo y una mente que envolvemos en un papel de regalo, que lo vestimos de trapos y ropajes que nada tienen que ver con nuestra verdadera piel. Y cuando tomamos consciencia de esa extraña complejidad sobre la que construimos nuestra realidad, ésta nos lleva en el final de nuestro camino a reducirlo todo a dos elementos enfrentados, a la continua confrontación de dos partes, de dos ideas, a redimensionarlo todo a lo mas básico.

Y por todo ello, al final de este viaje, cuando comprendemos lo importante que es cada instante que vivimos, todo se termina concentrando en la interpretación de ese código binario que también lo encontramos en dos elementos contrapuestos, como son la vida y la muerte.