La fotografía


Ese día las cortinas estaban totalmente recogidas y la luz que entraba por la ventana descubría cada rincón de aquella habitación, que pese a la aparente frialdad por su amplitud, su color malva la mostraba como acogedora y cálida. Una mecedora, una mesita de noche con una pequeña lámpara, el armario blanco donde guardaba sus vestidos y una cómoda era todo el mobiliario que había en aquella estancia.

Aquel jueves soleado de finales de invierno había salido algo más tarde de lo habitual del taller y, pese a mi caminar acelerado por las calles del pueblo, llegué con retraso. Tenía un extraño deseo interno de recibir un mal gesto tuyo, cuando entré en tu habitación no me dijiste nada. Levantaste tu mirada de aquel objeto que sostenías en tus manos, que al principio no supe averiguar qué era, y como siempre me regalaste tu sonrisa; inmersa en tu silencio y alzándome los brazos, me pediste que me sentara a tu lado, notaba que querías jugar, que deseabas balancearme en aquella mecedora. Tu impaciencia te delataba.

Tus ojos marrones empequeñecidos por el paso de los años brillaban ese día de manera especial y tu sonrisa contagiaba a todo aquel que se te acercaba. Se te veía muy feliz, destacaba como nunca tu belleza pasada,…tu belleza presente. Y de repente me di cuenta del motivo de tu felicidad, habías dejado sobre la cama aquella fotografía. Envejecida y amarillenta por el paso del tiempo, rasgada por la mitad y unida por un pequeño trozo de papel de celo deteriorado, aquella imagen, aquel instante de una vida tomado en blanco y negro. Aquella fotografía se había convertido en el único recuerdo de tu olvido.

Mientras el sol de aquella tarde comenzó a buscar su refugio en el horizonte y la luz que entraba en la habitación se hacía cada vez mas tenue, te tumbaste sobre la cama y agotada cerraste los ojos. Tus labios se unieron con suavidad encontrando una sonrisa, para decirme en silencio que estabas feliz, y que habías regresado al recuerdo,….a tu recuerdo. Te observé,… y entre tus dedos sujetabas aquella fotografía que te había traído a esta realidad, a nuestra realidad, a la que esta maldita enfermedad hizo que un día se perdiera en tu memoria. Hiciste lo imposible por olvidar, por matar aquel recuerdo, aquel beso robado en una imagen, en aquellos segundos de tu vida que se han convertido en eternos, aquel instante de tu vida,…un momento jamás perdido. A un eterno olvido quisiste llevar ese recuerdo, alejarlo de tu vida para que nunca más se acercara y quisiste olvidar, pero nunca se marchó.

¡Maldita seas!, que arrancaste de ella sus recuerdos, sus intimidades, su felicidad. Que quisiste quitar la vida que había en las arrugas de su piel, de los sueños cobijados en el fondo de sus ojos, de querer llevarla al olvido y abandonarla en él. ¡Maldita seas! por llevarte lo que ella fue, por querer dejarla vacía de su ser.

Pero te miré y vi serenidad, aquella enfermedad no se llevó todo de ti. María jamás quiso olvidar, nunca quiso matar aquel recuerdo, aquellas primeras caricias de una piel, aquel su primer beso de juventud, de su primer amor, aquel primer beso que le enseñó la vida, que la hizo amar, y quedó grabado en un instante, en un recuerdo para que nunca fuera olvido.

CONVERSACIONES AMNIÓTICAS

Llevabas varios días sin hablarme, sin acariciarme,…

Los días habían transcurrido sin noticias de él y su cuerpo sentía una extraña soledad. El sol buscaba su refugio en aquella tarde calurosa del mes de agosto, y sentada en la orilla del mar, el agua acariciaba sus tobillos, sus piernas bronceadas, en un intento de poseerla, de hacerla sentir suya. Valeria se había alejado de todos aquellos que querían estar a su lado, que buscaban protegerla, pero ella había regresado a aquella soledad que la hacía sentirse única en este mundo, quería encontrar su camino.
Cada hora, cada minuto, cada segundo, compartíamos nuestras vidas. Cuando tú reías, yo saltaba; cuando llorabas, agachaba mi cabeza; tus miedos, eran mis miedos. Siempre me pregunté qué paso, pero aquellos días fueron diferentes, te distanciaste de mí.

Te llamé una y otra vez,
te golpeaba, te gritaba,
¿donde estás?
¿dónde te has ido?
Su voz la había perdido,
su silencio…
Sus caricias desaparecidas,
su cariño abandonado.
Sufrí, por primera vez. 
Estoy aquí, a tu lado,
¿no me ves?
Estoy junto a ti,
no te abandonaré.
Aquella conversación que tuve con Valeria, mi madre, en su vientre usurpado, pareció perderse en el tiempo y ahora, quince años después, ella me trae estas palabras, ¡¡las había escuchado!! y conservado en su memoria y ahora,…. ahora me las regala.

Hoy me has hablado, me has acariciado,…No estoy sola, a mis quince años, mi madre está junto a mí, como cuando yo estuve a su lado cuando estaba en sus entrañas, y ahora, esperando la llegada del fruto del amor, las tres estaremos siempre unidas,…unidas por un profundo AMOR DE MADRE.

Para ti,

 
 

LAS VISITAS

Su voz grave se escuchaba al final del pasillo. Desde que llegué, todas las tardes a la misma hora el silencio quedaba roto por su voz y por el murmullo de los que se reunían a su alrededor. Aquel grupo de mujeres y de algún que otro hombre, lo rodeaban, y se les oía reir y hablar sin parar. No podía verlo y sentía una gran curiosidad por saber quién era aquel protagonista de cada tarde, no había visto su cara, no sabía cómo era, no le conocía.
A la mañana siguiente, de pie frente a aquella enorme ventana desde la que se divisaba un extenso mar de pinos, se puso a mi lado. 
                                       «Hola, me llamo Carlos», me dijo.

Le reconocí, era el que provocaba tanto bullicio cada tarde. Nos presentamos, me ofreció su mano con firmeza, mostraba seguridad y calidez, y su voz, atractiva,  sonaba como la de un locutor de radio. Fue un saludo breve, intercambiamos pocas palabras, apenas nos miramos, estábamos realmente más absortos por la imagen del exterior, que de nuestra propia presencia.

Carlos se había casado tres veces, y otras tantas se había divorciado. Su psiquiatra le había diagnosticado una adiccón severa al sexo y había estado en tratamiento durante más de dos años. Sus familiares le recriminaban su actitud, pero él siempre les decía lo mismo,

                                            «que le voy a hacer,
estáis equivocados,
yo realmente, lo que soy,
 es un monógamo sucesivo».
 
Cada mañana nos encontrábamos a la misma hora frente a aquel enorme ventanal. Aquel día, al cabo de un rato de conversación, me dijo que no temía a la muerte, que nadie debía temerlaAquellas palabras me dejaron perplejo. Con una voz serena, continuó

                «cómo vamos a tenerle miedo, si cada día,
cuando vamos a dormir,
lo que realmente hacemos es un ensayo, una prueba,
una visita diaria a la muerte
Durante el sueño,
no escuchamos nuestra respiración,
no vemos con nuestros ojos,
no tocamos,
no notamos que nos movemos…»
Pero al terminar de decir todo aquello, me volvió a repetir
«por qué vamos a tener miedo,
si cada mañana volvemos a nacer,
que todos los días nos enfrentamos a la muerte,
para volver a la vida. 
     Si cada vez que alguien muere,
otra persona viene al mundo,
que nuestro ensayo de muerte diaria,
no es más que una forma de dar más sentido a nuestra vida».
No supe que decir, me incomodaba aquel monólogo que había empezado sin saber muy bien, por qué y cómo.
Al día siguiente regresé pronto frente a aquella ventana, la tarde anterior no escuché su voz, y quería verlo y hablar con él. Al cabo de una hora, se me acercó una enfermera, me cogió del brazo y me dijo que me sentara, que tenía que decirme algo. Con una leve sonrisa, me dijo que era niño, que estaba perfectamente, y que mi esposa, después de la cesárea a la que la habían sometido, estaba muy bien y que todo había salido como estaba programado.

Comencé a llorar, sin saber exactamente si era de alegría o era realmente de tristeza.