VOLVER

 

thumb_IMG_2363_1024

Te invento cada noche,
esa noche nuestra
donde tu capa hace volar a los superhéroes,
esos que vencen a los malos
que se ocultan debajo de tu cama.

Te invento cada noche,
esa noche de magos sin chisteras,
de cuentos sin moralejas
donde las marionetas cobran vida en tus manos,
y se duermen a tu lado.

Te invento cada noche,
le pongo alas a mis demonios
porque quisiera volar a tu lado, 
para verte en esa máquina del tiempo
que son los sueños del insomnio.

Te invento cada noche,
dibujo en mi ventana tu nombre,
pero despierto cada mañana
y descubro que ya no existe la palabra volver.

¡OBJETIVO CUMPLIDO!

79269bb8-a363-4a52-91fe-7b9bab81f72e

El tiempo corre y nosotros con él. Y en esa vorágine en la que estamos inmersos, a veces tenemos la sensación de que se diluyen los momentos entre recuerdos que se difuminan por el paso de los días enmascarados entre semanas, y de semanas  que se pierden entre los meses que se nos echan encima de nuestras vidas. Sin embargo, hoy hemos tenido la oportunidad de detener los relojes para volver a recrear los inicios de Historias de una casapuerta (Editorial Libros.com), y para  compartir anécdotas que han sucedido a lo largo de estos dos años de vida.

Hoy el tiempo se ha detenido, y lo ha hecho para que Historias de una casapuerta cumpla uno de sus objetivos. Hoy hemos podido hacer realidad aquel compromiso que adquirí con Rolucán (Asociación Rota Lucha contra el Cáncer), de destinar los beneficios económicos por la venta de este libro a su favor, y de esta manera  ayudar en la medida de lo posible a la gran labor que se viene realizando por esta entidad.

Hoy el tiempo se ha detenido, y lo volvería a detener.

HAN ARROJADO LAS ALAS A LA HOGUERA

IMG_1015
Cometí el pecado de la soberbia,
por asomarme a la fuente de los deseos,
para encontrar en sus aguas
el reflejo de tu rostro
y mojarme la cara para imaginar tu boca.

Cometí el pecado de la envidia,
por sentarme bajo el árbol de la vida
para cobijarme bajo tu sombra de hojas caducas,
y esperar a que el invierno no llegara.

Cometí el pecado de la avaricia,
por pronunciar tu nombre cada noche
y convertir los sueños
en un reo enjaulado del insomnio.

Cometí el pecado de querer marcharme de este mundo,
de cerrar las puertas y arrojar las llaves
para transformarme en ese ángel caído
y que arrojaran sus alas a la hoguera.

Cometí el único pecado que no tiene perdón,
simplemente porque fue la alevosía de mi manera de amar,
la que hizo que esperara al juicio final
y ante el tribunal de la conciencia,
la sentencia me condenara a tener de nuevo unas alas,
unas alas que nunca volverían a volar.