DE PUNTA FINA

 

IMG_2129

Llovía. Las tormentas habían dejado de escucharse hacia un rato. En la calle, detrás del visillo de la cortina, anochecía. Los relámpagos habian desaparecido. Los destellos de luz que se veían en el horizonte, ahora se habían cambiado por las luces azules de tres coches de policía que se encontraban dos plantas más abajo. Los cristales de las ventanas crujían por el viento. El sonido de las sirenas habían dejado de sonar y ya sólo se escuchaba la lluvia y la aguja de un tocadiscos deslizándose por el final de una canción, que no se sabía cuando había terminado de sonar. Las cuarenta y cinco revoluciones de aquel disco de vinilo se habrían querido convertir en treinta y tres. My Way de Sinatra había llegado a su final. Una buena banda sonora para aquel instante.

El sargento Ramírez no quiso subir por el ascensor. Su corazón ya le había avisado alguna vez. Por su chaquetón negro de cuero se deslizaban las gotas de lluvia. Al llegar al rellano de entrada al piso, se lo quitó y lo dejó en el pasamanos de la escalera. El sombrero de Fedora se lo dejó puesto. Ramírez  fue el último en entrar en la casa.  Poca cosa, señor, le dijo uno de los hombres que estaban uniformados. El sargento miró por encima de sus gafas hacia un lado y otro de aquel salón. La oscuridad del exterior ensombrecía aún más el interior del piso. No encendáis la luz, ordenó. Su voz estaba rota por una gripe que había tenido la semana anterior.

De repente, la melodía de un móvil se escuchó rompiendo el silencio de la casa. El sonido venía de la cocina. La carrera de uno de los policías por llegar a tiempo para contestar a la llamada. No le dio tiempo a descolgar el teléfono. Un número oculto, señor, le dijo otro de los hombres uniformados. ¡Averigüe quién es, dígame quién ha llamado!, dijo el sargento, mientras su mirada perdonaba la vida de aquel agente que aún no llevaba el arma en la cintura.

Ramirez se quedó inmóvil por un instante. Bajo la luz tenue de una lámpara de sobremesa, un cigarro descansaba en el cenicero. Humeaba. Un  hilo fino ascendía lentamente, dejando en el aire su olor. Las cenizas eran rescoldos de ese fuego letal. La pantalla del ordenador estaba apagada, pero el portátil aún permanecía encendido. Una luz roja parpadeaba con rapidez. No se detenía. Y a cada instante que pasaba, parecía que lo hacía a más velocidad. Había que detener aquella luz intermitente. Todo dependía de pulsar una tecla. ¡Pulse, rápido!, le dijo el sargento Ramírez a uno de los agentes uniformados. La pantalla del portátil se volvió a iluminar. De nuevo regresó a la vida, después de permanecer latente, en ese estado de hibernación artificial.

La pantalla del ordenador iluminó todo el salón, descubriendo junto a él, a un cuerpo ensangrentado. Aquella escena hizo que algún agente rompiera a llorar. Otro, incluso salió fuera de la casa para vomitar. En la pantalla, dos palabras. Mensaje enviado. En la bandeja de salida del correo, un mensaje acababa de ser enviado. Una carta estaba en ese instante viajando a otro lugar y a su lado, estaba él, desangrado, con su última gota de sangre a su lado.

Aquel bolígrafo de punta fina descansaba desangrado sobre el escritorio, sobre un papel en blanco, junto al ordenador que lo había asesinado. Hacía unos días que había dejado escrito sus últimas palabras y sus últimas gotas de sangre ya habían cuajado.

DEP

YA SERÁN OTRAS PLAZAS

 

la foto

Desde que inicié esta experiencia de escribir en un blog y me convertí en eso que llaman bloguero, muchos son los temas que he intentado abordar. A través de pequeños relatos, de reflexiones que pueden ser más o menos acertadas, y de poemas, he pretendido observar de frente los distintos aspectos de la vida diaria, como la solidaridad, la soledad, el amor, la esperanza,…. Y siempre con el deseo de transmitir y comunicar sensaciones y emociones, de no dejar indiferente a nadie. Espero que alguna vez lo haya conseguido, y si no ha sido así, quizás vaya siendo hora de recoger las ideas, guardarlas en un cajón y tirar por otros caminos. Pero eso sí, cada vez que me he sentado frente a la pantalla del ordenador y he sentido cada letra del teclado bajo mis dedos, lo he hecho bajo una premisa básica, el respeto a las palabras.

Después de más de dos años embarcado en esta aventura personal, en la que se puede ver que existe un cierto trasfondo de aprendiz de escritor fracasado, me ha resultado ciertamente llamativo que algunos de los pocos o muchos que me han leído, han pretendido ver en mis reflexiones y en mis palabras, aspectos de mi vida personal, de mis vivencias cotidianas. Ya en alguna ocasión a estos lectores y lectoras, a los que agradezco desde aquí su tiempo por haberse detenido en leer mis escritos, les he aclarado que en ningún caso existe nada personal en ninguno de ellos. Bueno, a decir verdad, sólo en uno de los post publicados, existen dos líneas que contienen un aspecto de mi vida, pero a partir de ahí, nada de lo escrito tiene que ver conmigo.

Y sin embargo, hoy, tras varias semanas tirado en esa cuneta de palabras vacías, de encontrarme en un dique seco de ideas, os pido permiso para escribir, por primera vez, y espero que por última, de algo personal, muy personal. De hablarles de alguien muy importante en mi vida, y en la vida de los que me rodean. De hablarles de alguien que para muchos es un completo desconocido, pero que para otros, los que han tenido la oportunidad de conocerlo, estoy convencido que alguna huella en forma de recuerdo les habrá dejado.

Déjenme hablarles de Manolo o de Manué. Por estas latitudes tenemos la sana costumbre de acortar los nombres, de expresarnos de una forma diferente, y aunque para muchos pueda ser entendido como un ultraje a las palabras, desde aquí reivindico dicha forma de utilizar el lenguaje como una forma de identidad de una tierra, a diferencia de otros que de manera soberbia y altiva lo hacen con la suya. Pero no me quiero desviar, quiero hablarles de Manué, o como se le conoce en este pueblo, de El Torero. Este hombre de fina piel ruda curtida por las horas de sol, de amplios hombros y de grandes manos llenas de fuerza, nos ha dejado hace unos días. Este hombre apodado como El Torero no se ha vestido nunca de luces, aunque sí ha tenido y nos ha dejado una luz especial. Este hombre apodado como El Torero, nunca saltó al ruedo de una plaza de toros, pero sí se ha enfrentado a peores toros y cornadas que da la vida. Este hombre apodado como El Torero era la expresión de la bondad, la imagen de lo que conocemos como buena gente, de una gran persona, hijo de la razón como él mismo se etiquetó en alguna ocasión. Este hombre apodado El Torero, un mayeto que dejó sus manos y su amor en la tierra que labró. Este hombre apodado El Torero, detrás de su voz grave, siempre expresó su gran sentido del humor, su don de gentes y sus enormes ganas de vivir.

Este hombre apodado El Torero ya no se encuentra entre nosotros. Ya su ausencia nos ha hecho conocer a todos lo que es el vacío, un vacío que nos llena de recuerdos. A este hombre apodado El Torero, ya no lo veremos más torear por ninguna de las plazas de esta vida, y ahora serán otras plazas, otros afortunados, los que disfruten de su presencia, de su manera de lidiar con el día a día.

Gracias Manué, gracias Torero, gracias Papá.

 

CIEN VERSOS OLVIDADOS

 

IMG-20140608-WA0000

La vida acecha cada noche. Oscura, impasible,
en su extraña mirada de ojos dormidos,
sobre la punta de unas zapatillas de bailarina
de pasos silenciosos.
Un telón echado a la luz, un olvido a la muerte,
al engaño que llegó tras la luz del atardecer.
Asoma la penumbra, la voz rota se ha callado,
nuestros caminos se desvanecen, lentamente.
El último beso desaparece en un instante, un verso olvidado.
Cierras los ojos.

Desnudas la madrugada. El insomnio de tus labios,
voz que susurra a la oscuridad de paredes blancas,
tiembla el aire atrapado.
Los cuadros nos observan, ojos de ángeles y demonios
del tiempo detenido. Recuerdos, siempre recuerdos,
¿dónde quedaron los olvidos?
En tus manos, en un miedo marchito. El deseo
busca un destino abandonado en el tiempo, los roces.
Las caricias de aquel instante, un verso olvidado.
Abre los ojos.

Y sobre la mesa, reposan las cartas, duermen desde el ayer.
Aromas de papel, rasgado y amarillento
pasado de palabras que la tinta ha difuminado. Letras,
que el levante de locura dispersó en el aire,
que dejaron caer
en el naufragio de un mar cristalino.
Frágil soledad,
en la frontera de la esperanza.
Sobre tu piel escribí una vez, en el silencio de tu mirada,
cien versos olvidados que hoy vuelven a nacer.