GRACIAS

 

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Quise que sólo fueran unos días, y al final se ha convertido en varias semanas. Ya no sé cuantas, o quizás sí lo sé. Pero parece que no quiero recordar, porque me da miedo que ese recuerdo se pueda convertir algún día, en un olvido más.

No llueve, ni parece que lloverá más. Apenas unas gotas habrán caído en una noche que ya incluso se me ha olvidado cuando llegó, porque no quise permanecer esperando a verla llegar. Y tal como llegó, se marchó. Ya no llueve. Ni lloverá más.

Y antes de adentrarme en ese desierto en el que las huellas se borran por el viento de levante, quiero dar las gracias a todos los que habéis ayudado a conseguir que Historias de una casapuerta pueda ver la luz. En unos meses este trabajo estará en la calle, y lo estará gracias al apoyo de todos vosotros. Historias de una casapuerta, ya no es mío, ya ha dejado de pertenecerme, ahora es el turno de que seáis vosotros quienes hagáis vuestro cada momento, cada instante, cada palabra que se esconde en cada renglón y en cada párrafo de lo que un día nació y ahora parece quedar muerto, o resucitado, si es que existe la resurrección.

Gracias y hasta siempre.

 

HISTORIAS DE UNA CASAPUERTA

 

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Hace calor. El mes de San Juan ya se marcha y hace días que la rutina del horario escolar quedó atrás. El verano se asoma, pero hasta que las hogueras de esa noche no se apagan, el estío no acaba de llegar. El dobladillo del pantalón se mece por encima del tobillo, casi descubriendo por completo la pantorrilla. Manuel no es hombre que muestre las rodillas, y mucho menos los muslos. El calor apremia, pero el aspecto varonil manda en un hombre que tiene setenta veranos en sus espaldas y que se ha sentado en la casapuerta a tomar el fresco y conversar con el vecino de la casa de enfrente….

Estas pueden ser las primeras líneas de una novela, de un relato corto o de un cuento. De esta manera puede comenzar una historia. Este puede ser el inicio de algo nuevo que siempre queda por venir. Una historia es otra vida, otro mundo. Y ese es precisamente uno de los secretos que guarda la imaginación, que nos permite trasladarnos a otros mundos, alejarnos de nuestro día a y dia, y después de separarnos de esta realidad, nos termine acercando a ella, y quizás, apreciarla y verla de otra manera.

Algunos hablan de casualidades por no llamarlas coincidencias. Otros, cuando escuchan esa palabra, se giran y te dicen que las casualidades no existen, como si en este desorden universal estuviera todo predeterminado, y de repente, dentro de lo inesperado que puede resultar la vida, todo se vuelve a colocar en su lugar. Pues bien, casualidad o no, seis meses después, vuelvo a usar este blog para hacer una reflexión sobre mi vida personal. A vosotros, acompañantes y viajeros de este blog, ya sabéis que ninguna de las historias, ninguno de los relatos que aparecen en el mismo, tienen que ver con mi propia vida, sino con esas otras vidas que se crean en mi imaginación. Pero hoy, y rompiendo con aquella idea de seis meses atrás, vuelo a escribir algo sobre mí, y que tiene para mi vida, una importancia especial.

El día 19 de febrero desperté inquieto, más nervioso de lo habitual. Supongo que los calendarios tienen esa virtud. Hacen que los recuerdos se queden a nuestro lado para toda la vida. Abrí el correo mientras pensaba que ya hace seis meses que no estás entre nosotros. Seis meses Manuel, medio año hace que nos dejaste a los demás por aquí, y me quedé pensando que tus pies descalzos estarían pisando alguna tierra que después labrarías con tus manos.  En la bandeja de entrada aparecieron dos mensajes. Será publicidad, fue lo primero que pensé. Lo abrí y un mensaje se desplegó ante mis ojos. A veces, sin motivo aparente, nuestra mirada sabe que se tiene que fijar en un solo punto del texto que tiene ante sí, y allí se encontraron con unas palabras deseadas, y a la vez inesperadas, «Tenemos el placer de comunicarte que hemos aceptado tu proyecto».

Desde hace unos días, a través de la Editorial Libros.com, se ha puesto en marcha la campaña de crowdfunding, o mecenazgo para los que gusten, para que un proyecto personal que tenía en mente desde hace tiempo, vea la luz. La publicación de un libro que contenga mi trabajo de los últimos tres años. Pero este proyecto no sólo quiere quedar ahí, porque desde el mismo momento en el que me inicié en esa aventura, supe que esa parte de mi recorrido por el mundo de las letras y las palabras, no debían ser para mí, y que mejor que otros que lo puedan necesitar, perciban algún beneficio de mis horas donde la imaginación viaja en su soledad. De esta forma, decidí que los derechos económicos que dicha obra pudieran producir, irían destinados a ROLUCAN, la Asociación Local de Ayuda contra el Cáncer que existe en la ciudad donde resido. Si alguna ayuda les puede reportar aquellas historias que nacen de mi imaginación, para este colectivo debe ser, y que les ayude en su labor diaria de lucha contra esta enfermedad y de apoyo a las personas que de una u otra manera se han visto y se ven afectadas por la misma.

Por tal motivo, quiero compartir con vosotros esta iniciativa y os dejo el enlace donde podéis encontrar este proyecto personal, que con la ayuda de todos, estoy convencido que saldrá adelante.

Me gustaría contar con vuestro apoyo en esta iniciativa y por adelantado os agradezco toda vuestra ayuda.

http://libros.com/crowdfunding/historias-de-una-casapuerta/

DE PUNTA FINA

 

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Llovía. Las tormentas habían dejado de escucharse hacia un rato. En la calle, detrás del visillo de la cortina, anochecía. Los relámpagos habian desaparecido. Los destellos de luz que se veían en el horizonte, ahora se habían cambiado por las luces azules de tres coches de policía que se encontraban dos plantas más abajo. Los cristales de las ventanas crujían por el viento. El sonido de las sirenas habían dejado de sonar y ya sólo se escuchaba la lluvia y la aguja de un tocadiscos deslizándose por el final de una canción, que no se sabía cuando había terminado de sonar. Las cuarenta y cinco revoluciones de aquel disco de vinilo se habrían querido convertir en treinta y tres. My Way de Sinatra había llegado a su final. Una buena banda sonora para aquel instante.

El sargento Ramírez no quiso subir por el ascensor. Su corazón ya le había avisado alguna vez. Por su chaquetón negro de cuero se deslizaban las gotas de lluvia. Al llegar al rellano de entrada al piso, se lo quitó y lo dejó en el pasamanos de la escalera. El sombrero de Fedora se lo dejó puesto. Ramírez  fue el último en entrar en la casa.  Poca cosa, señor, le dijo uno de los hombres que estaban uniformados. El sargento miró por encima de sus gafas hacia un lado y otro de aquel salón. La oscuridad del exterior ensombrecía aún más el interior del piso. No encendáis la luz, ordenó. Su voz estaba rota por una gripe que había tenido la semana anterior.

De repente, la melodía de un móvil se escuchó rompiendo el silencio de la casa. El sonido venía de la cocina. La carrera de uno de los policías por llegar a tiempo para contestar a la llamada. No le dio tiempo a descolgar el teléfono. Un número oculto, señor, le dijo otro de los hombres uniformados. ¡Averigüe quién es, dígame quién ha llamado!, dijo el sargento, mientras su mirada perdonaba la vida de aquel agente que aún no llevaba el arma en la cintura.

Ramirez se quedó inmóvil por un instante. Bajo la luz tenue de una lámpara de sobremesa, un cigarro descansaba en el cenicero. Humeaba. Un  hilo fino ascendía lentamente, dejando en el aire su olor. Las cenizas eran rescoldos de ese fuego letal. La pantalla del ordenador estaba apagada, pero el portátil aún permanecía encendido. Una luz roja parpadeaba con rapidez. No se detenía. Y a cada instante que pasaba, parecía que lo hacía a más velocidad. Había que detener aquella luz intermitente. Todo dependía de pulsar una tecla. ¡Pulse, rápido!, le dijo el sargento Ramírez a uno de los agentes uniformados. La pantalla del portátil se volvió a iluminar. De nuevo regresó a la vida, después de permanecer latente, en ese estado de hibernación artificial.

La pantalla del ordenador iluminó todo el salón, descubriendo junto a él, a un cuerpo ensangrentado. Aquella escena hizo que algún agente rompiera a llorar. Otro, incluso salió fuera de la casa para vomitar. En la pantalla, dos palabras. Mensaje enviado. En la bandeja de salida del correo, un mensaje acababa de ser enviado. Una carta estaba en ese instante viajando a otro lugar y a su lado, estaba él, desangrado, con su última gota de sangre a su lado.

Aquel bolígrafo de punta fina descansaba desangrado sobre el escritorio, sobre un papel en blanco, junto al ordenador que lo había asesinado. Hacía unos días que había dejado escrito sus últimas palabras y sus últimas gotas de sangre ya habían cuajado.

DEP