CON H INTERCALADA

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No hace tantos años, cuando el microondas se coló en nuestras vidas, todos pensamos que venía a revolucionar el mundo culinario y, que desde ese momento, la cocina entraba a formar parte de un mundo cercano a lo extraterrestre, como si fuera una máquina espacial de Encuentros en la tercera fase. Lo primero que hicimos fue calentar un vaso de leche. Y lo segundo,…lo segundo fue meter un paquete de palomitas, esperar un minuto, y permanecer atónitos frente al cristal viendo como aquel sobre comenzaba a inflarse poco a poco, mientras nuestra mirada de sorpresa despertaba una ilusión infantil, por aquello de pensar que aquello escondía algo de magia.

En las últimas fechas, la casa de los socialistas se ha convertido en algo así como un microondas, y frente a la pantalla del televisor, los ciudadanos hemos asistido atónitos, o quizás no por aquello de la historia, de lo que allí estaba sucediendo. Y es que parece que se han olvidado de controlar el tiempo en ese microondas, y el sobre de palomitas comenzó por inflarse, a chisporrotear y, de repente, aquellos granos de maíz han terminado explotando.

Algunos han recuperado otro tipo de micro hondas, y se han lanzado más de una piedra (ya se han olvidado de los granos de maíz), y se ha escuchado mucho hablar de dolor, de sangre, de drama,…y de mucha teatralidad, permítanme con todos mis respetos apuntar. Y es que en esa lucha encarnizada (por seguir teatral), alguien recuperó una palabra que andaba algo desahuciada, como era la coherencia.

Alguien dijo que las historias sin final no son historias, pero creo que no tardaremos mucho tiempo en escuchar algunas voces que reclamen que se sienten desheredados de una herencia que los antepasados dejaron escrita en algún lugar.

 

 

 

RESTOS

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Somos dos caricias rotas. Dos gargantas que han desahuciado las palabras. Somos dos silencios que se escuchan en los rincones vacíos de la casa. Dos miradas de pupilas cerradas en la equidistancia. Somos un poema que quedó roto antes del primer verso. Dos vagabundos que caminan sobre el estiércol de flores marchitas. Somos el vértigo de dos equilibristas con zapatos de cristal.

Cada mañana, te sigues despertando a la misma hora, para mirarte en otro espejo, en el que ahora sonríes. Pero sonríes sabiendo que te burlas del pasado, y que pintas tus labios porque sientes la sequía de unos besos, que ahora se llenan del vacío de otra boca.

Ambos somos restos, somos restos de un amor. Ahora puedes llamarme por mi nombre, llámame Odio. Simplemente Odio.

UNA CUESTIÓN DE ESTADO

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Nunca imaginé que algo tan irrelevante pudiera tener tanta importancia, pero visto lo visto, parece que resulta todo lo contrario. El estado del whatsapp se ha convertido en algo así como un refugio de estados emocionales, y el resto del mundo (entiéndase por aquellos que están conectados a esa red social), en esa pleitesía al curioseo que todos ejercemos y, en el afán de inmiscuirnos en la vida ajena, no tenemos reparos en ejercer de psicólogos, filósofos o analistas (estos últimos son un espécimen diferente porque se encuentran iluminados por el conocimiento universal de todos los aspectos de la vida, y es que hay mucha gente que sabe de todo).

Todos estaremos pensando que cada uno es libre de escribir lo que le parezca en su estado de whatsapp, porque para eso es un derecho individual y que «cada uno hace con su vida lo que quiere». Pues pensado y dicho así, no seré yo quien se oponga a dicha visión, porque a decir verdad, siempre he considerado esencial la libertad, el derecho individual y el respeto a la forma en que cada uno viva su propia vida.

Pero quiero añadir algo, la libertad, los derechos individuales y la vida, deben ser acompañados de un elemento esencial, como es la dignidad. Dignidad que no puede quedar sólo para rellenar espacios en textos constitucionales, ni normas internacionales, que se olvidan de las personas, sino para que se tenga presente a lo largo del recorrido de nuestra vida, para llegar a ese otro camino que comenzamos con la muerte. Quizás por eso, no estaría de más que comenzáramos a plantearnos si la dignidad debe ser también tomada en consideración al final de nuestros días, y que desde los poderes públicos se aborde con seriedad la eutanasia como una verdadera cuestión de Estado.