María

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Aquella noche los llantos que venían de la habitación contigua a la mía apenas me habían dejado dormir y el colchón de la cama era tan duro que me resultó prácticamente imposible conciliar el sueño. La alarma de mi reloj sonó a las siete de la mañana y,… apenas me eché algo de agua en la cara para refrescarme, bajé a estirar las piernas y tomar algo de aire. Mis dedos buscaron en el bolsillo de la camisa el paquete de cigarrillos, sin que se percataran que la noche anterior los tiré al cubo de basura,…había decidido dejar de fumar.

El frío de aquella mañana hizo que volviera a entrar y me sentara en la enorme sala de espera de aquel edificio que había sido diseñado por un joven arquitecto recién licenciado. Tan pronto comencé a ojear la portada del periódico, las puertas mecánicas se abrieron y apareció ante mis ojos una joven que provocó un gran revuelo. De repente, se hizo un murmullo de alegría entre el personal que había en recepción, la rodearon inmediatamente y comenzaron a darle besos y caricias. Al principio, y con el jaleo que se había formado, apenas me percaté, pero en aquel instante comprobé que aquella mujer estaba en un avanzado estado de gestación.

María había terminado la licenciatura de Historia del Arte hacia tan solo un año y había decidido tomarse un tiempo para reflexionar sobre lo que quería hacer con su vida. Justo el día que recibió los resultados del examen de la última asignatura de la carrera, su novio, desde que tenían quince años, le mandó un SMS para decirle que la abandonaba. Era una joven extremadamente atractiva, de mediana estatura, su cabello de color rojo cobrizo cortado por encima del hombro y sus enormes ojos azules hacían que no pasara desapercibida para todo el que se cruzaba con ella.

En un instante, María se quedó a solas con dos hombres y dos mujeres que se acercaron a ella sonriendo, y los cinco se fundieron en un abrazo durante segundos que se convirtieron en minutos. Una gran descarga de luz había entre ellos, se irradiaba mucho amor en las caricias que se entregaban. Y allí me encontraba, ignorante de lo que estaba sucediendo, espectador de unas escenas de amor y cariño que jamás había visto.

Aquel encuentro quedó roto con la llegada de don Roberto Peláez. A sus setenta años continuaba todavía pasando consulta y había decidido que su carrera como ginecólogo había llegado a su fin, y …aquel sería el último parto al que asistiría.

_ Vamos- le dijo don Roberto.

Tomó de la mano a María y con la gentileza habitual que le caracterizaba, el doctor hizo que ella pasara antes que él por aquella puerta que daba acceso a un largo pasillo. Detrás de ellos, aquellos cuatro extraños iban cogidos de la mano, y accedieron también por aquel pasadizo iluminado por la luz natural y que llevaba como destino a los quirófanos del Hospital La Generosidad.

A las doce la mañana de aquel viernes se había programado el parto. Con su bata verde y un gorro con los colores del arco iris, el Dr. Peláez entró en aquel escenario donde la vida tiene su luz. Sonriendo, María tomó la mano del doctor en busca del último momento de complicidad que durante los nueve meses habían mantenido. Tras veinte minutos, una canción en forma de llanto se escuchó en aquel paritorio, los pétalos de una flor se abrieron a la vida. Esperanza, con tres kilos y medio de peso y su pequeña cabeza llena de un cabello negro, movió sus diminutos labios y pareció regalar su primera sonrisa al mundo. Aquellos dos hombres se abrazaron con María, mientras las dos mujeres, con lágrimas en sus ojos, se acercaban con Esperanza junto a ella.

Al día siguiente y cuando el reloj que había en la sala de espera marcaba las tres de la tarde, me encontré con María en el jardín que había en el interior del hospital, paseando en soledad entre aquellos arbustos, con un libro en sus manos. Su rostro desprendía una gran serenidad, una enorme sensación de paz. Al cruzarnos, su mirada se clavó en mí, y me regaló la sonrisa de un verdadero ángel.

A las doce de la noche de aquel sábado de Nochevieja, mi esposa dio a luz a nuestro primer hijo, Jesús, un niño muy deseado, buscado con todo el amor. Al cabo de tres horas, al llegar a la habitación, me encontré sobre la cama el libro que sostenía María en sus manos aquella tarde y junto a la dedicatoria que aparecía en él, un texto que decía:

Para vosotros con todo mi cariño.
Esperanza ha nacido del amor de dos madres,
de la semilla del afecto de dos hombres
y yo…yo únicamente me limité a dar cobijo
durante nueve meses a la más hermosa de las flores.

En aquel instante comprendí el valor de la generosidad, de como en estos tiempos que corren todavía existen personas que ayudan a otras a alcanzar un sueño, a que ese sueño se convierta en realidad. En ese momento entendí que aún nos queda mucho que aprender, pero que podemos seguir confiando en las personas.

El pintor del techo

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Hoy el presente se me acaba de transformar en pasado.

Hace un mes que llegué a mi nuevo hogar y ahora es cuando he empezado a habituarme a él. Los primeros días extrañaba aquella casa, de una gran belleza exterior, pero que escondía un interior agónico. Era fría, desoladora y el silencio llenaba de su sonido aquellas enormes habitaciones. A través sus grandes ventanales veía pasar a diario a todos aquellos desconocidos, que deambulaban por caminos perdidos,… acompañados con su soledad.

Cada noche tardaba en conciliar el sueño y cuando lo hacía, mis pesadillas apenas dejaban hueco al descanso. En mi cabeza siempre llegaba el mismo pensamiento, imaginaba que cada día tenía que pintar de un color diferente el techo de mi nueva casa. Aquella idea me evadía, me alejaba de este mundo, entendía que era la única salida para encontrar la paz que la noche me robaba a diario.

En el ruidoso silencio de la noche, el paso de las horas era roto por las campanas del reloj de aquel vetusto edificio y cuando marcaba las seis de la mañana, mis ojos se abrían al mundo, después de una noche tras otra de vigilia. Cada mañana, al despertar, permanecía inmóvil durante unos minutos observando el techo de aquella enorme habitación, que caía sobre mi cabeza sin concederme el perdón por los pecados que había cometido.

Jamás olvidaré aquellas lágrimas que cayeron sobre mi cuerpo abatido por el cansancio, humedeciendo mi rostro roto por el dolor, aquel llanto atronador que asustó a los sueños que viajaban cada noche bajo la oscuridad de aquel techo pintado de negro.

Coloreé el techo de arco iris, con la ilusión de regalar una sonrisa, pero las miradas de aquellos cuadros pintados bajo la indolencia de un desprecio, ocultaban la alegría de aquella casa.

Los días comenzaron a pasar y el color de aquel techo cambiaba de color. El gris se hizo negro, el negro se convirtió en naranja para hacerse amarillo, y al final siempre….siempre quería alcanzar el azul. Aquel techo me enseñó los colores de la vida, me mostró su cara más tenebrosa, su rostro más meláncolico, su máscara de la ilusión por nacer, su luz, la vida.

Hoy este presente se me acaba de transformar en pasado, ya he dejado la calle, he vuelto a mi hogar, he encontrado un techo que no cambia de color, pero que sí me protege, que me ayuda a vivir. He vuelto a recuperar la ilusión, observar el color de la vida. He conocido los colores de un techo, de un cielo que nos protege, pero que también nos desampara.

Adoración de lo efímero

En los próximos días vamos a vivir de forma intensa un aluvión de noticias con ocasión de las Olimpiadas que se van a celebrar en la ciudad de Londres, sin duda alguna, uno de los eventos de mayor repercusión no sólo deportiva, sino social, económica e incluso política, y con una enorme carga histórica a sus espaldas. Seremos testigos y asistiremos a la celebración de no sé cuantas modalidades deportivas, muchas de ellas sólo las vemos cada cuatro años, y viviremos con intensidad las emociones, las ilusiones y los esfuerzos de los deportistas, como si de algo propio se tratara,…. y se alcanzarán nuevos récords, lo que pone de relieve como el ser humano es capaz de superar sus propios límites.

Carl Lewis, Maurice Green, Usain Bolt,….Patrick Makau, Wilson Kipsang y Haile Gebrselassie, ¿sabemos quiénes son? Seguramente, los tres primeros nos resulten muy conocidos, han sido vencedores de la prueba de atletismo de los cien metros lisos, y probablemente, y salvo que seamos grandes aficionados al atletismo, los otros tres atletas no los identifiquemos, pueden resultarnos casi desconocidos, y sin embargo han sido los ganadores de la prueba de la maratón. Es curioso que seamos capaces de identificar rápidamente a los vencedores de una prueba que tan sólo tarda en celebrarse poco más de nueve segundos, sí,… sólo nueve segundos, prácticamente un suspiro, y sin embargo, los ganadores de la prueba de maratón, que recorren más de cuarenta kilómetros, y que tardan algo más de dos horas en realizarlo, son prácticamente unos desconocidos para todos nosotros.

Conocido es que la prueba de maratón tiene su origen en el mito de la carrera del guerrero griego Filípides, que recorrió la distancia de cuarenta kilómetros existente entre las ciudades de Maratón y Atenas, para anunciar la victoria sobre el ejército persa…..y sin embargo, la carrera de cien metros tiene una corta historia, forma parte de las disciplinas olímpicas de la era moderna. Esta circunstancia que a primera vista puede no ser llamativa, ni siquiera relevante, sin embargo me lleva a pensar que el nacimiento de una prueba que tiene tan corta duración en el tiempo es el reflejo la sociedad «moderna» en la que vivimos.

Durante los próximos días nos sentaremos frente a la pantalla del televisor y comprobaremos como la prueba de los cien metros lisos se verá rodeada de una gran expectación, será anunciada por los propios medios de comunicación como la gran prueba,…y sin embargo, apenas dura nueve segundos. ¡¡Párate!!….deja de respirar durante nueve o diez segundos,…en ese tiempo, corto, ocho hombres se convertirán en las estrellas de este planeta. Apenas nueve segundos y algunas décimas…. Y sin embargo, durante algo más de dos horas, en el recorrido de algo más de cuarenta kilómetros, ¿cuántas cosas podremos hacer?, ¿cuantas reflexiones, cuantos sucesos?, pero…¿quién recuerda el esfuerzo de los hombres de la maratón?, ¿te has parado a pensar en esa distancia? ¿en su duración?

Quiero desde aquí alabar el esfuerzo y el trabajo que existe detrás de cada prueba, pero hay algo que me llama la atención entre ambas, y es el sacrificio que hay detrás de una carrera que dura más de dos horas y en la que se recorre esa larga distancia, y pese a ello, mantenemos en la memoria al vencedor de una prueba que tan solo dura nueve o diez segundos, y sin embargo, al ganador de la prueba de la maratón, éste cae rápidamente en el olvido, no parece tener el mismo reconocimiento social, mediático, económico…

La diferencia entre ambas pruebas deportivas es un reflejo de esta sociedad, que hemos construido sobre unos valores cuantos menos discutibles, los de la inmediatez, los de un éxito repentino, los de un falso espectáculo. Creo que nos hemos convertido en aduladores de lo efímero, idolatramos el éxito del «ya», alabamos la obtención de un resultado inmediato, nuestra sociedad entroniza a todo aquello que no perdura. Somos capaces de adorar a aquellos que obtienen un resultado inmediato, les reconocemos un protagonismo, lo integramos rápidamente en este espectáculo de consumo; y sin embargo, parece que nos olvidamos de los éxitos, de los logros que se alcanzan tras años de trabajo, con un sacrificio y esfuerzo muchas veces callado, silencioso, pero cuyos resultados se obtienen a lo largo del tiempo. Los estudiantes, los profesores y docentes, los profesionales de la medicina, los hombres y mujeres del campo, los investigadores, los pensadores…. nos olvidamos de todos ellos, sus resultados no son inmediatos, no son producto de esta sociedad de consumo rápido en la que nos hemos convertido.

Por todo, mi recuerdo y reconocimiento va dirigido a todos aquellos corredores de la maratón de la vida, los que practican una carrera de fondo, los olvidados, y muchas veces desprestigiados, por esta sociedad que hemos construido.

Juan Antonio González

NOTA.- Quiero aclarar que en ningún caso existe una infravaloración por el trabajo de aquellos atletas que se dedican a las pruebas de corta distancia, por cuanto sé del trabajo y esfuerzo que realizan los mismos. A todos, les debo mi admiración y mi respeto.

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