TACONES AL AMANECER

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El amanecer se adueñó poco a poco de la habitación, sintiéndose protagonista de los sueños que cada noche deambulaban por la casa, y la luz, que entraba tímidamente y de forma tenue entre las cortinas que estaban levemente echadas, hacía que el dormitorio tomara a esas horas unas tonalidades azuladas, que daban un ambiente de frescor a las mañanas tan cálidas de los primeros días del mes de julio. El silbido del viento era el único sonido que se cruzaba en el camino del silencio, con esa caricia que sólo el aire es capaz de regalar a un mundo callado.

En el suelo, descansaba arremolinada como huellas en el camino, la falda, la camisa blanca de seda y su ropa interior. Como una cascada de agua, las sábanas arrugadas descendían por los pies de la cama, convertidas en testigos de la locura en la que habían entrado sus cuerpos aquella noche. Y en el silencio de la mañana, desnudos sobre aquel lecho, el abrazo eterno soñado se deshacía por momentos, y sólo sus piernas se encontraban aún entrelazadas, atadas entre aromas de deseo y pasión, en la calidez de dos pieles que se habían entregado al engaño de la oscuridad.

Mientras el sueño había atrapado aquellos dos cuerpos, la mano de él permanecía inmóvil sobre el muslo de ella, sólo los dedos se movían bajo pequeños impulsos desconocidos, convertidos en unas leves caricias inapreciables por unos sentidos que parecían quedar inertes durante el tiempo en el que los dos permanecían unidos. En ese momento ella comenzó a despertar, su mirada se clavó en los ojos cerrados de él, en aquel rostro sereno que se había llenado de vida con una insinuante sonrisa que despertaba de sus labios y que guardaba aquella noche como un recuerdo infinito.

Ella volvió a cerrar los ojos por un instante, queriendo dar vida nuevamente a lo ocurrido aquella noche y revivir esos momentos que se habían convertido en la expresión del verdadero amor. En la penumbra de la madrugada, no encendieron las luces de la casa, y de forma apresurada comenzaron a quitarse la ropa el uno al otro, entre besos que rompían los labios enrojecidos de placer. Desnudos,…ambos cayeron en la cama mientras se besaban y sus lenguas se enredaban para no separarse. Sus ojos se abrían y cerraban, se miraban con esa tensión que sólo los cuerpos comprenden en ese momento, y ella lo tumbó en la cama y se sentó sobre él. Mientras él la sujetaba por las nalgas con fuerza, ella comenzó a agitar sus caderas, en movimientos suaves que poco a poco comenzaron a ser convulsos. Él la penetraba sin parar, acariciando sus senos erguidos, y ella, mordiéndose los labios, revolvía sus manos entre sus cabellos, gozando de aquel instante, en aquel éxtasis de placer. Entre gemidos y jadeos, sus nombres encontraron la libertad en el borde de sus bocas,…María,….José…..

El efímero viaje de treinta segundos de recuerdos llegó a su fin. María abrió sus ojos con una tímida sonrisa, recordando aquellos instantes vividos, donde la pasión, la locura, el calor y el desenfreno se convirtieron en la envoltura, la esencia y una constante en sus vidas. Ahora, la mirada sexagenaria de María y José revelan la pasión, el sexo y el amor con otro color. Aquella madrugada de locura de hace cuarenta años se transformó esta noche en caricias, besos y en juegos de palabras al oído; en miradas abrigadas por el silencio, en los roces de una piel que en su día mostraron el esplendor de la vida y que hoy dibujan los difíciles caminos que han recorrido. La pasión de esta noche se llenó de amor.

ABRÁZAME

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¡Abrázame!
Noche errante entre caminos noctámbulos,
envuelto en la piel de la soledad
y el silencio como palabra,
arráncame de este amanecer.
Quítame el aire de la mañana,
frío en la incipiente primavera.

Tu cuerpo, un deseo perdido,
isla virgen de los sueños,
armadura de recuerdos y olvidos.
¡Abrázame!

De la oscuridad, ¡sácame!
Codicia de tus abrazos,
sentir la fuerza y el poder de tu piel.
Volver a perder la inocencia rota de una noche con luna,
pies descalzos de dos cuerpos en uno
entregados a una mirada de pasión.

Y al llegar la noche,
en el naufragio de lo olvidos
no dejes al desvarío del odio los recuerdos
¡abrázame!

COMIDA BASURA

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Como todas las noches, antes de que cerrara la puerta del coche, bajé mis párpados. Sentado en los asientos traseros, mientras mi padre se alejaba entre aquellas farolas que apenas iluminaban la media penumbra de una luna llena, las puertas quedaban bloqueadas y una de las ventanillas la dejaba levemente bajada para que entrara un poco de aire fresco que me dejara respirar. No eran más de cinco minutos allí esperándolo, pero se hacía eterno en la soledad y en el silencio de aquel aparcamiento.

En los veinte minutos que duraba el trayecto de regreso a casa, mi padre no paraba de hablarme, de preguntarme cómo había pasado el día en el colegio, de cómo me había ido en las actividades extraescolares de la tarde. En ese corto período de tiempo, a través de ese encuentro nocturno que teníamos cada día, parecía que estaba obligado a conocerme, se veía forzado a interesarse por la monotonía de mis días, a convertirse en ese amigo que nunca un padre debe ser de un hijo. Igual que cada noche, su voz siempre parecía nerviosa, entrecortada por un llanto que no dejaba salir y una sonrisa forzada por una alegría que sin embargo su mirada decía no existir.

Mientras conducía, me miraba de vez en cuando por el espejo retrovisor y en la oscuridad del coche, sólo iluminado cuando nos cruzábamos con otros vehículos, se le notaba como el paso de los años se había marcado en aquellas líneas de la vida que se dibujan en los ojos, dejando entrever los surcos humedecidos por unas lágrimas que le veía brotar y que se deslizaban por su rostro. Sin que él se percatara, yo lo miraba, en ese momento me sentía vivir en sus ojos.

Las calles estaban vacías en aquella fría noche de invierno y los sonidos y el bullicio de unas Navidades ya pasadas, se habían transformado en un recuerdo casi caído en el olvido. Se detuvo en un semáforo. La luz roja se hizo eterna, no hubo más palabras, el silencio se adueñó del coche.

Ya en casa la mesa estaba preparada para cenar. La mirada romántica y cristalina de mis padres envuelta en una media sonrisa y ese beso en los labios, era la bienvenida diaria a una noche íntima que toda la familia teníamos a la luz de las velas. Cada día, mis padres querían que la cena fuera ese momento de reunión familiar, de la unión de todos alrededor de una comida que se repetía cada noche.

Después de comer, me encerré en mi dormitorio para leer. Como siempre, antes de cerrar los ojos para dormir, mi padre se acercó con pasos lentos y silenciosos y se sentó en el borde de mi cama. Me acarició el pelo, me besó en la mejilla y me dio las buenas noches como siempre. Nunca tuvimos una conversación a esa hora, pero aquella noche sí hablamos.

_ Papá, mis amigos quieren venir mañana a cenar a casa, le dije.

_ Hijo, sabes que es muy tarde cuando cenamos, no creo que sus padres les vayan a dejar, me contestó mi padre en voz baja.

_ Sí Papá, pero ellos saben que nosotros comemos todas las noches trozos de pizza, hamburguesas, ensaladas y dicen que soy muy afortunado, que parece que todos los días estamos celebrando un cumpleaños en casa y quieren venir a comer con nosotros
.

_ Además Papá, no te preocupes, mañana por la noche cuando dejes el coche en aquel aparcamiento, te acompaño a recoger la comida. Yo llevaré otra bolsa y la llenaremos con más trozos de pizza y de hamburguesas. Papá,…en aquel contenedor hay mucha comida.

Aquella noche, una mirada perdida de mi padre quedó en el silencio de la habitación.

Apagó la luz de la vela.

Hasta mañana.