Abrazada a ti

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Cada tarde me asomaba entre las rejas
con el anhelo de acariciar tu cuerpo,
emergente de un mar de flores
que soñaban ser infieles a sus sueños.
Acercarme a ti convertí mi deseo,
para acariciar tu piel
y escuchar tu vida,
pero allí estabas alejado de mí
en la distancia rota por aquella reja maldita.

La luz de cada tarde te enredaba,
y cuando los rayos del sol querían ser amantes
y poseer tu cuerpo,
el rugir de tu voz cualquier deseo alejaba.
Tus cabellos acariciados por el viento
hicieron sonar notas de música en el silencio
y permaneciste callado,
porque tus palabras….
tus palabras sólo tenían un dueño.

¡Quise tenerte, sentirte, amarte!,
¡convertirte en un cuerpo infiel!,
perder tu alma,…
pero me alejaste con tu silencio,
con la vieja sabiduría del que ha vivido muchos años.
Superé mis miedos,
traspasé las rejas y quise acariciarte
pero me dijiste que no era mío,
que aquel cuerpo ya tenia un dueño.

Aquella tarde descubrí tu amor,
tu amante oculto.
A las manos delicadas de quien te abrazaba cada día,
la mujer de tus sueños,
a la Reina de tu mundo.
Abrazada a ti mi viejo Nogal
se encontraba ella,
la única que supo escuchar tu voz,
la que sintió tu fuerza y tu pasión.

El báculo

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Esteban caminó con decisión hacia el lugar donde él se encontraba, sin detener su paso, pese a la multitud que se concentraba en las calles en aquella mañana de domingo del mes de septiembre. Desde hacía unos años se había recuperado la celebración de la fiesta de la vendimia, en un intento de revivir la tradición de un pueblo que se había transformado en tan poco tiempo en una pequeña ciudad y que había dejado ya atrás ese carácter agrícola por la que desde antaño se la conocía. Los turistas y los del pueblo abarrotaban la plaza de la iglesia, como la conocían los del lugar, para presenciar el simbólico acto de la pisa de la uva Tintilla y que daba inicio a la vendimia.

En un banco de hierro forjado se encontraba sentado. Con su cuerpo vencido levemente hacia adelante y apoyado sobre un hermoso bastón de madera de nogal, con una empuñadura tallada de color plateado, sus manos gruesas, morenas, tostadas por el sol y rudas…pero suaves. La mayetería había sido su profesión, su vida, había entregado su destino a cuidar de la tierra, a mimar cada fruto que de ella nacía, que de ella trabajaba. Y allí estaba Manuel, presenciando una imagen que le traía recuerdos de su pasado, de aquellas noches convertidas en amaneceres, de las mañanas frescas bañadas por el rocío de la noche y que se marchaba cada día con los primeros rayos del sol.

Esteban se sentó junto a su padre,…acariciándole la espalda le entregó un beso en la mejilla. Manuel apenas gesticuló ante aquel contacto, permaneció impasible ante ese encuentro que volvió a producirse nueve meses después de la marcha de su hijo a Barcelona; nueve meses alejados por el rutinario trabajo que los distanció en los últimos tiempos. El silencio que hubo entre ambos se escuchaba entre el bullicio de la gente que se arremolinaba en la plaza y ninguno encontró la palabra adecuada, quizás porque el silencio fue en ese momento la mejor palabra que supieron decirse. De fondo…. las notas musicales de la banda municipal, con los acordes de las Cuatro Estaciones de Vivaldi.

_ Me gustaría que permanecieras ahora a nuestro lado- dijo Manuel a su hijo, mientras lo observaba detenidamente.

_ Padre….- Esteban no pudo articular otra palabra, cuando miró a su padre a los ojos, sus labios se cerraron ante aquella mirada.

_ Mamá no lo sabe y sus escasos momentos de lucidez y recuerdo deben ser llenados de la alegría por todos los que estamos junto a ella. Ahora te necesitamos,… no creí que te lo diría, pero ahora haces falta a nuestro lado.- dijo Manuel a Esteban en voz baja, sin apenas levantar la mirada de la empuñadura de su bastón.

Esteban guardó silencio mientras observaba el pórtico de la Iglesia Mayor. En aquel instante le vino el recuerdo de momentos de su niñez jugando en aquella plaza, el de los primeros pasos que comenzó a dar de la mano de su padre y su madre, de aquellas primeras caídas que fueron evitadas por su madre, de los primeros tropiezos en la vida en los que sus padres siempre estaban a su lado…. Y aquel silencio que se produjo entre los dos inmerso en el ruido de la plaza quedó roto cuando el bastón que sostenía Manuel cayó al suelo. Esteban se apresuró a recogerlo y cuando lo tomó de su mano,… Manuel acarició la espalda de su hijo y apoyándose en su hombro comenzó a levantarse lentamente y con dificultad, Esteban no se movió y mirando a su padre comprendió que era el momento de estar al lado de las dos únicas personas que le habían servido de apoyo en su vida.

El corredor de la lentitud

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Llegaba la oscuridad queriendo hacerse dueña de un día eterno de luz, buscando ser protagonista de aquellas noches efímeras del mes de junio y el barrio se encontraba, como cada año, más animado de lo normal con la llegada de las fiestas. Los más jóvenes habían tomado las calles disfrazados de adultos, se les veía fumar sus primeros cigarrillos, mejor dicho…los quemaban, bebían aquellos enormes vasos de refrescos donde ocultaban pequeños sorbos de alcohol, y a escondidas….los primeros encuentros. Las casapuertas se convertían en confidentes de aquellos besos inocentes, de las caricias de cuerpos adolescentes.

El calor se hizo insoportable en aquellos días y la noche de San Juan había sido extremadamente calurosa, lo que vaticinaba un verano de altas temperaturas. Las ventanas permanecían cerradas con las cortinas echadas y un frescor artificial inundaba toda la casa. La puerta del dormitorio se encontraba entreabierta y sin hacer apenas ruido entré en su habitación,….allí estaba, acostado en su cama, en silencio, con los ojos completamente abiertos y su mirada perdida en aquella foto que colgaba de la pared. Por un momento pensé que no me había visto, pero cuando alargó su brazo, me agarré a él como si se me fuera a escapar la vida. Era lo que más quería en este mundo.

Comencé a pasarle mi mano sobre su frente y las yemas de mis dedos se deslizaron suavemente por las mejillas, queriendo apartar aquellas gotas de rocío que descendían solitarias y que habían nacido de aquellos ojos color miel. Su cuerpo permaneció inmóvil, rendido por un día perdido en el tiempo. Me acerqué a su oído y en voz baja le susurré _¿quieres qué te cuente un cuento?-,…no articuló palabra alguna, pero sus párpados se cerraron levemente mostrando su deseo por escuchar mi voz.

_ Hoy el cuento te va a gustar, se llama El corredor de la lentitud y en él aparece uno de tus animales preferidos. Escucha con atención:

En el centro de una enorme ciudad, donde las personas caminaban solitarias ignorándose las unas a las otras, se encontraba un pequeño parque de árboles frondosos, de un color verde intenso, donde se respiraba un aire puro dentro de aquella contaminación; y en su interior un estanque de agua limpia, donde a diario los animales acudían a refrescarse del calor del verano.

Una mañana Dorina, una joven ardilla, se encontró con Rodolfo, una vieja tortuga que caminaba lentamente hacia el estanque. Dorina estaba siempre corriendo y saltando de rama en rama, todos los días hacía algunas de sus travesuras y sus padres siempre le decían que tenía que ser bueno con los otros animales del parque y con los niños que lo visitaban. Jamás se paraba a pensar lo que estaba haciendo, únicamente quería pasarlo bien, en correr de un lado a otro, sin detenerse a mirar lo que había a su alrededor.

Rodolfo era una tortuga mayor, caminaba siempre muy lentamente alrededor del estanque, se paraba a hablar con los otros animales del parque y sobre su caparazón llevaba a algunos de ellos, acercándolos para que bebieran agua. Su voz era grave, pausada, y siempre mostraba una sonrisa con todos los que se cruzaban con él.

Esa mañana, Dorina se detuvo frente a Rodolfo y comenzó a burlarse de lo lento que caminaba, saltando de un lugar a otro le daba pequeños gritos y le decía que nunca podría hacer lo que él hacía. Rodolfo movió lentamente su cabeza y sus ojos, y sin decir una sola palabra, se limitó a sonreír por la actitud de aquella joven ardilla. Dorina comenzó a enfadarse porque veía que la tortuga continuaba su lento caminar sin prestarle apenas atención.

De repente, Dorina se puso en el camino de Rodolfo y le dijo:

_te reto a una carrera,… si eres capaz de llegar antes que yo al estanque, te dejaré para siempre tranquilo y jamás volveré a molestarte_.

Rodolfo no quería enfrentarse con Dorina, pero ante su insistencia aceptó el reto. Los animales del parque comenzaron a acercarse al lugar donde habían colocado la salida y se arremolinaron a lo largo del recorrido.

Curro, el sapo más veterano del estanque, fue el encargado de dar la salida. Dorina comenzó a saltar y correr rápidamente, mientras Rodoldo inició lentamente su caminar directo al estanque. La ardilla veía como dejaba atrás a la tortuga, pero comprobaba como el resto de animales solo aplaudían a Rodolfo y que a él no le prestaban atención. Dorina llegó primera a la meta y la aplaudieron, pero cuando Rodolfo alcanzó el final, todos los animales del parque saltaron y gritaron de alegría, y elevaron al aire a la tortuga para celebrar que había llegado a la meta.

Dorina sorprendida no sabia que estaba pasando hasta que se le acercó Curro y le dijo:

_ felicidades, has llegado el primero, pero estás viendo como todos felicitan a Rodolfo y lo hacen porque tiene el afecto de todos, porque todos lo quieren,….se ha llevado toda su vida disfrutando de cada momento de amistad del resto de los animales del parque, ha ayudado a todos en algún momento, se ha parado siempre para saludarlos,….no ha querido correr durante su vida, ha decidido vivir cada momento_.

Aquella noche mi padre se quedó dormido con el cuento que le narré, abrazó con su sueño la fotografía de mi madre, que nos dejó hace un mes por culpa de aquel maldito borracho que iba al volante de ese coche que terminó con su vida. Lo observé,…en sus ojos cerrados vi el lamento por haber ido tan deprisa por esta vida, por no haberse detenido a saborear cada instante de ella, de no haber estado más tiempo junto a su mujer,…junto a mi madre, y porque empezaron a pasar los días, los meses y los años y también dejó de disfrutar de mi todavía niñez.

Pero siempre recordaré el amanecer del siguiente día, del sol que entraba por la ventana de mi habitación, del despertar de aquella mañana de verano. Siempre guardaré en mi recuerdo aquel abrazo que me regaló mi padre, el olor a frescura de su piel, de las caricias de sus manos, de su beso en mi mejilla….de cuando se acercó a mi cama para decirme al oído que quería estar para siempre a mi lado, que estaría junto a mí para vivir cada nuevo momento, para compartir nuestras vidas y que nunca se nos marchara de las manos, que jamás se nos alejara sin haber sido vivida.