PACTA SUNT SERVANDA, ¿es hora de revisar este aforismo?

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Estamos asistiendo a un incesante bombardeo de noticias sobre los desahucios que se están produciendo en este país, de los dramas personales que existen detrás de cada uno de ellos y de los trágicos sucesos que se han producido en últimos días. Ante la alarma social generada, nuestro legislador, en un intento loable pero tardío de dar respuesta a esta situación, está pretendiendo cambiar las normas que regulan las ejecuciones hipotecarias y evitar en la medida de lo posible este drama humano y social. Desgraciadamente se vuelve a poner de manifiesto que nuestros dirigentes legislan a golpe de suceso y noticia, con el componente negativo que ello supone, ya que estas normas que nacen al albor de cada suceso carecen de la suficiente y necesaria reflexión que toda ley requiere, y con el consiguiente riesgo que ello implica de encontrarnos a posteriori con demasiadas lagunas legales, que al final no supongan una adecuada respuesta al verdadero problema de fondo.

Advertir que de la presente reflexión quiero excluir todos aquellos procedimientos de desahucios que derivan del cumplimiento de la ley de arrendamientos urbanos, por cuanto entiendo que contienen matices muy diferentes a los casos que se están produciendo en este momento en nuestra sociedad y que son consecuencia principalmente de los procesos de ejecución hipotecaria iniciados esencialmente por las entidades financieras.

Pues bien, en materia de obligaciones y contratos, uno de los principios generales del Derecho y máxima que rige en nuestro ordenamiento jurídico es el aforismo PACTA SUNT SERVANDA, y que en el leguaje popular viene a decir que LO PACTADO OBLIGA. Este principio es una manifestación de la autonomía de la voluntad y del espíritu del negocio jurídico y constituye una regla tradicional por la cual se establece que los pactos deben ser cumplidos y lo deben ser en sus propios términos. De esta forma y sobre esta premisa, nos encontramos que las entidades financieras no están haciendo nada más que exigir el cumplimiento de lo pactado en las escrituras de préstamos hipotecarios, que se cumpla lo establecido en un contrato, y por lo tanto no debe existir reproche alguno sobre este aspecto.

Pero dicho lo anterior, y hasta tanto se apruebe por nuestro legislador un marco normativo más coherente, lógico, equilibrado y dotado de mayor seguridad jurídica para todos, considero que este principio general del Derecho, este aforismo jurídico, que resulta tan inamovible e incluso estricto en sus propios términos, debe ser a la luz de los nuevos tiempos y de la nueva realidad social y económica que estamos viviendo, objeto de su oportuna revisión, y lo puede ser con la aplicación de disposiciones normativas y doctrinas ya existentes en nuestro ordenamiento jurídico. En este sentido, la estricta interpretación y aplicación de este principio puede ser objeto de su revisión, a través tanto del art. 3.1 del Código Civil, como de la construcción doctrinal y jurisprudencial denominada cláusula «Rebus sic stantibus».

En primer lugar, el art. 3.1 del Código Civil viene a decir que «Las normas se interpretarán según el sentido propio de sus palabras, en relación con el contexto, los antecedentes históricos y legislativos, y la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas, atendiendo fundamentalmente al espíritu y finalidad de aquéllas.» En este sentido, en nuestro propio ordenamiento jurídico se abre la puerta para que las normas sean interpretadas (por los juzgados y tribunales) conforme a la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas, y atendiendo a que la situación social y económica que estamos atravesando es de una especial complejidad, entiendo, salvo mejor y mayor criterio, que las normas se deben aplicar e interpretar sin alejarse de las circunstancias tan excepcionales que estamos viviendo.

Y en segundo lugar, en nuestro ordenamiento jurídico existe una construcción doctrinal y jurisprudencial, que pese a que no tenga su apoyo en ninguna disposición normativa en sentido estricto, sí puede resultar de aplicación a los casos extremos que se están produciendo, y nos referimos a la denominada cláusula «rebus sic stantibus». Esta regla se puede aplicar para aquellos supuestos en los que una de las partes no pueda cumplir con sus obligaciones contractuales en contratos de larga duración o de ejecución a largo a plazo, y se dé una alteración extraordinaria sobrevenida de las circunstancias en los mismos, alteración referida al momento del cumplimiento del contrato en relación con las concurrentes al tiempo de su celebración. Y además de lo anterior, que se produzca un desequilibrio exorbitante entre las partes y que no exista otro medio jurídico para compensar ese desequilibrio.

Con todo lo anteriormente señalado, resulta evidente que las condiciones en las que se firmaron los préstamos hipotecarios han sufrido una considerable alteración desde la fecha en la que los mismos fueron suscritos y la situación existente en la actualidad. Atendiendo a cada caso concreto y las circunstancias de cada uno de ellos (desempleo, falta de ingresos familiares,…) podemos plantear que se haga una interpretación favorable hacia aquellos que no pueden en este momento cumplir con los contratos de préstamos hipotecarios, y con la formulación de estas reglas se puede plantear una alternativa o solución provisional y transitoria para dar respuesta a las situaciones actuales, hasta tanto se apruebe una nueva regulación (cuyos efectos retroactivos está todavía por ver).

Sin duda alguna, el principio PACTA SUNT SERVANDA constituye un principio esencial dentro de nuestro ordenamiento jurídico, pero su aplicación e interpretación debe ser objeto de su revisión, a la luz de los nuevos tiempos y particularmente de los momentos tan excepcionales que estamos atravesando.

Déjame imaginar….

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Después de todos estos años y de una larga espera, parece que por fin llegó el momento,… hoy me convierto en un adulto. Todo presagia un cumpleaños diferente y desde bien temprano la casa se ha llenado de voces, risas y del llanto de la pequeña María, que como siempre, cuando oye mi voz, se va a un rincón de la sala de estar para soltar sus lágrimas. El día no es diferente al resto, es otro sábado más, pero todos se han empeñado en celebrarlo cuando saben perfectamente que no soy persona de celebraciones.

En el ambiente se respira un aire de cierto nerviosismo, con un incesante ir y venir por los pasillos de la casa. Raquel me regala esa mirada de lado y risueña que tiene y que sabe que me cautiva; ella es un ejemplo de fortaleza, pese a que sus ojos reflejen el dolor vivido no pierde su compostura ante las situaciones. De repente….Carlos se me acerca por detrás y al tomarme por los hombros siento la firmeza de sus manos; su sonrisa de anuncio y sus ojos son la expresión de la vida que hay detrás de su cuerpo menudo. Y al final del pasillo, aquella voz, la voz que calma todos mis momentos, la voz que siempre ha estado a mi lado. Marieta, la mujer de los besos y de los abrazos.

Reunidos todos en la mesa del comedor, abierta como en las grandes ocasiones, y repleta de platos como si fuera a comer un regimiento de aviación, María se ha sentado a mi lado. Con gesto serio me ha tomado la mano por debajo de la mesa y me ha entregado un sobre cerrado envuelto en papel de regalo. En voz baja me ha dicho _ Felicidades abuelo, este es mi regalo_. Al abrir aquel sobre…. una hoja en blanco y en su encabezamiento aparece escrito a mano _DÉJAME IMAGINAR….._.

DÉJAME IMAGINAR…., ese era el comienzo de los cuentos que cada noche contaba a mis hijos, a los que hoy tengo a mi lado.

Hoy he cumplido sesenta y cinco años y mi nieta me ha dado el mejor regalo que he recibido, una hoja en blanco para que siga escribiendo cuentos, para que siga imaginando y narrando mis historias de esa otra realidad que cada día me acompaña. He recibido el mejor presente que podía recibir, ese que me hace recordar que a mi edad no debo perder la inocencia de un niño, y que me hará recordar todos los días que dentro de ese adulto, aún vive mi niñez.

DÉJAME IMAGINAR….

El abrazo de dos aguas

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Quise regresar a ti para ver las entrañas de tu nacimiento, al inocente vientre de tu vida, saborear la frescura de cada momento a tu lado, el sonido de tu voz susurrante y la ternura de un comienzo lleno de fuerza. Aquella mañana, cuando los rayos de sol buscaban la libertad entre las nubes y acariciaban las ramas de los árboles que te rodeaban, me senté junto a ti y te observé brotando de entre las piedras. Necesitaba que volvieras a enseñarme que en el nacimiento de tu camino se encuentra la verdadera pureza del recorrido de esta vida. Aquellas montañas te daban refugio y te protegían de los ladrones de sueños, de aquellos que cada noche se acercaban a ti para llevarse parte de tu ser; cumbres que te daban la fuerza necesaria para iniciar este viaje, para empujarte a recorrer el camino que se abría delante de tu esperanza.

Me hablaste en voz baja y me pediste que te acompañara, que recorriera contigo tu lecho, que sorteáramos juntos cada curva y pendiente, cogidos de la mano, unidos por un deseo común de vivir esta experiencia de otra manera. Ya casi no lo recordaba, mi mente había querido olvidar aquel primer tramo de nuestro recorrido, de aquellos momentos del pasado que vivimos con tanta rapidez, con una inusitada fuerza, que erosionó parte de nuestros cuerpos, pero que pulieron nuestros corazones. En este nuevo viaje, en el curso alto de tu cauce, el recuerdo del pasado nos parece lejano, pero descubro que es en ese momento donde nos encontramos con la verdadera fuerza de nuestra vida, el que nos ha enseñado a ser tal y como somos. Hoy ya no olvido esa parte de nuestro trayecto y hoy ese recuerdo se me hace cada vez más intenso.

El descenso por tu cauce fue continuo y apenas nos detuvimos en varios remansos que nos encontramos, donde nos miramos, reímos y dejamos caer algunas lágrimas. En el curso medio de tu lecho, poco a poco comprobamos como el terreno se hizo algo más liviano y sereno, menos pronunciado, y no resultó fácil sortear aquellos obstáculos que se nos presentó, que aprendimos a afrontarlos y a enfrentarnos a ellos. Cuantos meandros descubrimos y tuvimos que recorrer juntos, cuanto vértigo entre aquellas curvas, momentos a veces llenos de ansiedad y angustia que parecieron interminables, e instantes otras veces repletos de una emoción añorada.

Bajando entre aquellas corrientes a veces inapreciables, de repente un cierto remanso de paz pareció haber llegado a nuestro viaje y ante aquella aparente calma, en el cauce bajo de tu cuerpo, nos tomamos de las manos con más fuerza aún. Al mirarte, vi como tus ojos se enturbiaron, parecieron haber cambiado incluso de color, habían perdido el brillo y la transparencia del comienzo, y sin embargo en tu fondo había una gran fuerza interior, se te veía lleno de vida. Una vez me dijeron que en aquel momento se acercaba el final, que allí terminaba todo,…pero me negué a admitirlo, en aquel lugar no podía acabar el trayecto, aquel lugar era la puerta de entrada a otro viaje, de un nuevo camino por recorrer.

El viaje por un río es el viaje por la vida y ¡¡no!!… no creo que el río muera en el mar. El agua dulce del río se abraza al agua salada del mar y … no hay muerte, hay vida. Una vida más intensa, llena de nuevos contrastes y cuyos sedimentos no son el final, son el principio de un nuevo trayecto, de un mundo lleno de riqueza, de una nueva esperanza, con sus miedos e ilusiones, con sus lágrimas y sus sonrisas,….es el abrazo de dos aguas que alimentan la vida.

¡¡Todo llega!!

Eres como el agua de las montañas,
cuyo viaje tiene que recorrer
lechos agrietados,
de piedras, meandros y pendientes.
Sueños rotos,
sueños vivos y esperanzas
para llegar a un final.

Caminos vertiginosos,
salto de obstáculos,
aguas bravas y calmadas
para llegar a su destino
en un remanso de paz.

Aguas que recorren cauces
que a veces no alcanzan el mar,
quedando el alma aprehendida
en el camino recorrido,
el que contiene la vida
y ahí….
ahí encuentra su final.