Números heroicos

20130113-133851.jpg

_ ¿Qué hago aquí?- Aquella pregunta me la repetía una y otra vez.

El día se esperaba caluroso. Que estuviésemos en septiembre no significaba nada. Aún era verano y en Cádiz el calor puede llegar a durar hasta el día de Tosantos. Era el primer día de colegio,….era mi primer día de colegio.

Roberto se había licenciado en matemáticas por la Universidad de Sevilla hacía tan solo tres años. Premio Cum Laude y con un futuro esperanzador, su sueño de trabajar en el Centro de Investigaciones Tecnológicas se había ido difuminando poco a poco, y comenzó a estudiar las oposiciones a maestro. Necesitaba trabajar de lo que fuera, se decía cada mañana al despertar, necesitaba ingresar dinero en casa. Su sueño lo aparcaría, lo dejaría a un lado, no era momento de esperar a que se cumpliera el deseo que había nacido durante los años de carrera.

Las nueve de la mañana. Aquellos pequeños monstruos entraron en tropel, con ese ruido que sólo los niños pueden hacer, con aquellas voces de aprendices de la pillería y la burla.

_ ¿Qué matemáticas podrían aprender aquellos niños? – me pregunté en voz baja, mientras se sentaban.

Un batallón de treinta miradas clavadas en mí. Me sonrojé,… me di la vuelta por un instante buscando una pizarra donde escribir y me topé con una digital. _¿Cómo han cambiado las cosas? – fueron las palabras que recorrieron mi mente.

Al volverme, allí estaban aún aquellas miradas penetrando cada silencio que se hizo durante eternos segundos. Los miré uno a uno, y lo único que se me ocurrió fue decir:

_ ¿Sabéis de la importancia de los números? –

El silencio se hizo interminable, hasta que aquel pequeño de pelo negro, sentado junto a la ventana, levantó su mano.

_Dime – Le dije.

_ Sí son muy importantes, mi madre es el número 189.750 y mi padre es el número 4.575.600 –, dijo con aquella voz tímida, apenas audible para los que estabamos cerca de él.

Lo observé fijamente queriendo encontrar una explicación ante aquella respuesta y él se puso a mirar tras la ventana, pareciendo buscar algo en aquel jardín que rodeaba el colegio. Desvié mi mirada hacia el ordenador, buscando el nombre de aquel pequeño….Luis Carretero Gutiérrez.

_ Luis, ¿puedes explicarnos por favor qué quieres decir? – le dije.

_ Sí claro, es muy fácil. Los números son importantes porque mis padres son números, es así de sencillo.-

Luis se puso a mirar a cada lado y continuó:

_Verá usted,… mi madre es la número 189.750 en la lista de mujeres que han pasado por el Hospital de La Merced porque padece cáncer de mama. Es el número que le dieron al entrar aquella mañana por la puerta del hospital para que comenzaran a darle tratamiento para su cura. Es un número más en el Ministerio de Sanidad, pero ese número es muy importante para mí,…. es mi madre.
Y mi padre es el 4.575.600 en la lista del paro. Lleva tres años con ese número marcado en la frente. Al principio lo ocultaba, se sentía señalado, marcado como en un campo de concentración. Hasta que un día comenzó a mostrárselo al mundo, hasta que dejó de ruborizarse cuando se colocaba en aquella fila de números que iban a sellar un pequeño papel con un número marcado.

Don Roberto,… los números son muy importantes. Somos números y dejamos de serlo, para volverlos a ser de nuevo. Pero son importantes, porque detrás de cada número se encuentra mi madre y mi padre, su madre y su padre y la madre y el padre de aquel.

¡Ah! por cierto don Roberto….mi madre ya no tiene ese número, le han dado otro,… se ha curado, pero de ese número ya nadie habla, aunque yo creo que también deberían hablar de él. Y mi padre,….mi padre todavía tiene ese número, pero parece que lo dejará de tener..

Silencios en el tiempo

20130107-113135.jpg

Tu voz fue callada
en la fría noche de un invierno
escuchando el silencio
en tu mirada inocente al nacer.
¡Maldigo tu condena!,
hacerte preso sin juicio
de un mundo sin sonidos,
desterrado desde el amanecer.

Nuestra voz…
marchó,
en compañía de tu silencio alejados de este mundo
para compartir una condena sin razón.
Y entre lágrimas surcaron sueños rotos
en busca de un horizonte de luz.

Silencio compañero
de un tiempo caminante,
que apartó un sueño a la vereda
de sonidos que no hallaron un cauce.
Letras esclavas entre rejas
de hilos desaparecidos,
de labios callados
tus palabras se abrazan
a manos parlantes.

En tu silencio
nos enseñaste a hablar,
de tus manos amanece una luz
convertida en esperanza.
Palabras calladas que tienen sonido,
sentimientos lleno de emoción.
Hoy tu silencio
navega entre melodías
de unas manos llenas de amor.

La caja

20130105-111212.jpg

_A este paso te vas a quedar sin sitio.

_ No me mires así, no me digas que sólo acudo a ti por la noche, que únicamente hablo contigo cuando la oscuridad se acerca a nuestro lado.

Éstas fueron las últimas palabras que le dije.

Hoy he tomado consciencia de mi problema, porque creo que lo es,…. o igual no,…. ya no lo sé.

Durante estos años he ido acumulando las fotografías de los veranos en la playa, de aquellas Navidades pasadas en la sierra, de las fiestas de San Juan en el pueblo, de cada viaje, y de aquellas que un día fueron el amor para toda la vida.

En el fondo coloqué las cartas sin matasellos. Sobres cerrados que jamás viajaron, con aquellas palabras que quise dejarlas en el olvido y que no te puedo negar, a veces he querido volverlas a traer a este presente, liberándolas de tu prisión. En ellas se escondían los sueños y deseos de cada instante. Hoy,…observo como ha cambiado mi letra, como los trazos se han convertido en líneas incomprensibles, llenos de dudas, pero de una aparente seguridad. Trazos gruesos y rápidos, obsesionados por un veloz caminar.

Aquel crucifijo de plata, aquella pulsera de cuero deteriorado, aquellos anillos que fui colocando uno junto al otro, han perdido un orden que no recuerdo cuando abandoné. Las lágrimas y las sonrisas se mezclan en tu interior, se abrazan cómplices, y apenas ven cada noche la libertad bajo la tenue luz de la lámpara.

Hoy he tomado consciencia de haberme convertido en un acumulador de recuerdos, de momentos del pasado que no volverán, de historias algunas inacabadas que a saber si un día se cerrarán, y de otras que ya quedaron terminadas y que jamás traerán la brisa de un aire pasado.

Pero también hoy he comprobado como no soy el único que se ha dedicado a acumular, a conservar en una caja como tú, los instantes de un pasado. Que no soy el único en este mundo que padece un síndrome de Diógenes de los recuerdos. Hoy he visto como cada noche nos reunimos en una extraña congregación, en la que todos abrimos nuestras cajas y observamos nuestros recuerdos acumulados, buscando respuestas a preguntas calladas.