INSTANTES

La vida está compuesta de instantes, de momentos. Siempre que hacemos un alto en el recorrido de nuestro camino y ejercemos el hermoso arte de recordar, traemos a nuestra memoria los pequeños y grandes hechos vividos y comprobamos como han transformado nuestra vida.

El primer beso, la primera caricia, una mirada, el nacimiento de un hijo…En esos instantes de la vida, a veces minúsculos y casi inapreciables en el recorrido del tiempo, descubrimos que hay un momento para todo, para reflexionar, para soñar, para cuidar de los sentimientos, para vivir con pasión.

Y hoy, mañana o cuando realmente se desee, que cada uno haga el ejercicio de observar su propia galería de arte individual, donde guardamos y conservamos aquellos instantes que llenan de sentido a la vida.

UN MUNDO DE MÁSCARAS

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Vivimos en un mundo de máscaras, de rostros que se ocultan detrás del cartón piedra o de un maquillaje de color iluminado que sólo busca difuminar nuestra imagen. Construimos un yo paralelo dedicado a los demás, para que a diario realice su actuación en este escenario de la vida, ante un público que consideramos experto, pero que al final se revela como un figurante más dentro de este teatro de la vida diaria.
¿Qué ocultan esas máscaras?, ¿qué risas, qué dolor, qué burla hay detrás de ellas? Con el transcurso de las horas y de los días, nuestras máscaras nos enseñan tal y como somos. Muestran al resto del mundo qué personaje hemos decidido interpretar y al mismo tiempo revela el verdadero negativo de esa fotografía de nuestra propia vida.

RETAZOS DE INVIERNO EN PRIMAVERA

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Primavera,
luz invertida de invierno en un cálido atardecer
de flores que despiertan de un sueño caído.

Con aquellos versos comenzó la primavera, la antítesis de un invierno de luces grises, olor a castaña y lluvia, de largas noches y sol tímido. La primavera sonríe al invierno lacrimoso, despierta la luz a la oscuridad y vuelve cálido el viento de levante.
Pero la primavera se hace invierno, siempre regresa la melancolía de un recuerdo pasado y lo trae al presente para resucitar de la muerte. La primavera es invierno que se hace otoño, para recordar viejos sueños y despertar los nuevos con mayor pasión.

TU MIRADA

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Tu mirada,
profunda como el fondo del mar,
inquieta y transparente agua de río.
Tu mirada,
llena de vida
una luz que me cautiva.
Tu mirada,
emociona, siente, habla, me hace sentir vivo.

LA PASIÓN

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¿Qué presagia aquel color? Unos labios, una flor, la sangre.
La pasión de nuestros cuerpos apocalípticos en el deseo, de dos pieles unidas por la noche y el día sin tregua de amor, atados por los nudos de la locura.
Se pierde la oscuridad en la luz rasgada del amanecer, en el despertar cálido de las caricias y de la humedad de un beso.
Se rompen las normas y las leyes.
Los labios muerden tu espalda, recorren un lienzo inmaculado sólo roto por el tiempo, abrigando el placer de dos sueños que entre las nubes se encuentran cada anochecer.
Explosión y éxtasis,…VIDA.

AVIONES DE PAPEL

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Miré el reloj y comencé a sonreir. _¿Qué piensas?-, me preguntó ese otro yo que se encuentra oculto en mí, y que creo que todos tenemos guardados y no dejamos aparecer en público. Al principio no supe que responderle, pero pasados unos segundos le dije: _ ¿has mirado lo curioso que es el medidor del tiempo?, el segundero corre aprisa, no se detiene, no deja tiempo para nada y, sin embargo, los minutos corren más lentamente, haciendo que las horas transcurran de forma pausada.-

Eran las ocho de la mañana y el vuelo a Frankfurt salía con retraso. El aeropuerto se había convertido en un extraño segundo hogar para mí y en pocos años había pasado de odiarlos, a amarlos con una gran pasión. No puedo negar mi amor por ellos. Los aeropuertos son pequeños globos terráqueos, las verdaderas Naciones Unidas de este mundo, con un continuo ir y venir de personas, de culturas, de lenguas. Ahora con el paso de estos años, en ellos me encuentro cómodo, incluso diría que hasta feliz.

Sentado en la cafetería de la terminal, al extraer la cartera del bolso, la foto de mi abuelo cayó al suelo. La única persona que verdaderamente lo conocía era mi madre y cuando se refería a él, siempre recuerdo las mismas palabras: _los ojos de tu abuelo hablan y cuando parpadea, deja un silencio en el aire-. Julio,… el nombre de mi abuelo en los labios de mi madre adquiría un sentido diferente, y en sus ojos, un brillo especial.

En mi memoria su recuerdo comenzó a transitar por caminos de ida y vuelta. Su presencia en mi vida fue diaria, distante sí, pero presente en los pequeños y grandes momentos. Recuerdo como de pequeño su voz pausada y grave recorría los pasillos de la casa, su lento caminar dando vueltas por el patio, su mirada de ojos azules, y sobre todo, sus abrazos.

En ese viaje de los recuerdos que se cruzaban por mi mente, mi abuelo estaba sentado en una vieja silla de anea que había en un rincón del patio, rodeada de aspidistras y geranios. Me apoyaba entre sus piernas y él me abrazaba con aquellos brazos que recordaban la fuerza de una juventud ya perdida en el tiempo. Entre su mirada, el susurro de su voz y las caricias de sus manos suaves, comenzábamos cada tarde un viaje entre aquellos aviones de papel. Me los hacía sin parar, uno tras otro, y mientras los lanzábamos al aire y los hacíamos volar, sus ojos se llenaban de lágrimas. Empezaba a contarme historias de su pasado, haciéndome soñar con lejanos lugares y viajes de ensueño. Sus ojos se clavaban en mí y me decía que en aquellos aviones, él viajó a un país donde lo habían acogido para trabajar, para hacer una nueva vida, para salir del hambre en el que se encontraba toda la familia. En aquellos aviones volaron sus esperanzas y sus sueños, sus miedos y temores, su futuro ante un pasado atrapado por un presente incierto.

De nuevo miré el reloj, las ocho y veinte, el tiempo transcurría lentamente esperando la salida de un avión que salía con retraso, como queriéndome decir que no quería volver a marcharse fuera del país. Y junto a mí, allí en la soledad de una mesa, un periódico abandonado y un titular, «300.000 jóvenes: la nueva generación de emigrantes españoles».

Cierro los ojos por un instante y el recuerdo de mi abuelo se me hace más presente, y cuando los abro, veo cómo todo ha cambiado en tan solo unos años. Cuando me marché por primera vez, hace cinco años, me consideraban un privilegiado, un afortunado del que presumían de mí, me miraban como un talento que salía fuera del país, como una mercancía que se exportaba y que tenía un gran valor. Y ahora, pasado estos años y cuando observo los titulares de los periódicos y miro a mi alrededor, ya no somos esa mercancía valiosa, ya hemos dejado de ser esa bandera ondeante de un país. Ahora nos hemos convertido en lastimosos emigrantes de una posguerra, como aquella que vivió mi abuelo, la que él me narraba en aquellas tardes de juego, en la que miles de españoles salieron de este país para sobrevivir al hambre y a la miseria.

Hoy abuelo, tus historias del pasado se hacen presente en este momento.

EL CALLEJÓN DE LAS LUCES

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Descalzo caminar,
fríos adoquines desnudos
vestidos entre paredes blancas y casapuertas cerradas,
de sus balcones,
miradas solitarias asoman en una madrugada anhelada
en busca del consuelo.

Noche callada del miércoles santo
rota por el llanto lejano de una voz.
En la penumbra del callejón de las luces
entre un lento paso ascendente,
un viaje de ida sin vuelta,
son recuerdos de una niñez
emergentes del fondo cristalino.

La oscuridad envuelve su figura
entre pequeñas llamas ardientes,
guía de un camino de rostros ocultados
y miradas penetrantes,
una piedra sostiene tres caídas de dolor.
Racheo del caminar en la noche,
el Silencio calló su voz.

Luto de una muerte anunciada,
suspiro de vida en la cruz,
Caridad llora callada.
En sus pies,
las lágrimas son rocío de sus flores
entre sueños desvanecidos con olor a primavera.