EL PARQUE

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Despertaba la ciudad y él acariciaba suavemente su piel, le lavaba y refrescaba su cara cada mañana y maquillaba su rostro, mostrando la belleza de su vida. Desde las primeras horas del día, la mirada, la voz y las manos de su amante lo acompañaba, no lo dejaba solo por un momento, porque en él encontraba la compañía perdida de las noches envueltas en el insomnio de los sueños perdidos. El aire de la mañana era la yema de los dedos de un niño acariciando la copa de los árboles, mientras los pájaros viajaban entre sus ramas para ser espectadores de cada amanecer, y aquel jardinero de voz callada caminaba entre las flores de aquel parque con sus aperos en las manos. Se detenía junto a las rosas y le hablaba a cada una de ellas de los recuerdos de sus antepasadas, de las que antes estuvieron allí y que habían adornado como ellas ese parque situado en el centro de la ciudad.

Con su mirada traviesa, Roberto se sentaba junto al jardinero a la hora de su desayuno y le preguntaba cómo habían nacido aquellos árboles, quiénes eran sus padres, desde cuándo llevaban allí viviendo. Hablaba sin parar, no se detenía nunca y se movía a su alrededor continuamente de un lado a otro. A sus cinco años, quería saber, aprender todo lo que sucedía en aquel parque, de la vida de las plantas, de los árboles y de los animales que allí vivían. De cabello negro y ojos verdes, siempre iluminados, la sonrisa dibujaba sus labios y mostraba la alegría de la vida. Cada vez que lo veía me preguntaba qué pensamientos recorrerían la mente de aquel pequeño que despertaba el vuelo de las palomas cada mañana.

Los padres de Roberto se sentaban siempre en un banco que había en un extremo del parque, observando las carreras que daba su pequeño entre aquellos caminos ondulantes. Sin que ellos se percataran de mi presencia, los miraba y veía en aquella juventud toda la vida por delante, no tendrían más de veinte años y todavía parecía que estaban conociendo lo que es el juego amor. Aquellas miradas de inocencia se llenaban de besos tímidos, que se transformaban poco a poco en la pasión y el desenfreno de una edad fértil.

Mientras ellos se perdían en aquel beso, María se acercó a Roberto y lo levantó del suelo, limpiándole la rodilla del polvo que tenía aquella tierra blanquecina. Como cada mañana, María acompañaba del brazo a su madre, una mujer octogenaria, de pelo cano, elegantemente vestida con un vestido azul que le llegaba por debajo de la rodilla, y que descubría el recuerdo de unas piernas que en su día habían sido diseñadas por el mejor escultor. Madre e hija siempre caminaban lentamente, en una conversación continua sobre los momentos del pasado, ajenas en todo momento a lo que ocurría a su alrededor, salvo a la presencia de Roberto. El vientre virginal de María había añorado esa maternidad deseada que nunca llegó y sus ojos permanecían clavados en la risa y en los juegos de aquel pequeño travieso que corría por el parque cada mañana.

Y a lo lejos aparecía Enrique, con su chaqueta azul, su camisa celeste y sus pantalones color beige. Como todas las mañanas, caminaba dando vueltas sin parar por el parque, con esa agilidad que tenía pese a sus noventa años y cuando pasaba junto a la madre de María, una mirada se escapaba hacia ella, sus ojos se abrían y reflejaban un brillo que se había perdido en un amor pasado y que ahora parecía reencontrar. Un buenos días, cómo se encuentra usted señora,… eran las únicas expresiones que cada mañana él le entregaba a ellas, entre esas sonrisas que habían vuelto a recuperar la inocencia de una atracción.

Se hizo de noche y comencé a meter mi cabeza bajo las alas, entre aquel pequeño plumaje que me protegía del frío y del calor. Cada día me convertía en testigo de las vidas de cada uno de aquellos personajes anónimos que transformaban el parque en su mundo particular, en sus sueños diarios de trabajo, en las ilusiones de un futuro, en el amor de la juventud, en el sueño perdido de una maternidad y el nacimiento de un nuevo amor cuando la vida ya parecía querer abandonarlos de su lado.

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EL BAILE DE LAS MIRADAS

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Voz rota, olor a tabaco.
El alma se rompe con la palabra
y en la noche,
la mirada vagabunda se pierde con la rabia guardada por el desamor.

Acordes ocultos suenan entre bambalinas,
Romance de Barrio.
La luz esconde dos sombras, figurantes de un amor.
En la soledad amarga, zapatos de charol,
crujen las tablas,
son palabras rotas que hablan bajo los pies.

Miradas que bailan, caricias suaves,
ojos que se cierran por un instante en el sueño efímero de la madrugada.
Una sonrisa tímida que se escapa de sus labios
traidora de la angustia,
oculta un dolor.

Suena el bandoneón, ¡silencio!,
la letra de un tango se viste de un recuerdo
que se abandona en el camino del olvido
y convierte al silencio en notas de pasión.

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Romance de Barrio

ANTÓNIMOS

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Los creadores de palabras tienen la gran virtud de construir un mundo de sentidos, dibujando en una pizarra letras enlazadas con ese imaginario filamento que las apresan unas a otras y que son diseñadas para guardar el significado que hay dentro de ellas. Cuando pienso en aquellos inventores de palabras, idealizo ese mundo de silencios y sonidos en el que viven, del que nacen un sinfín de vocablos que después vienen a llenar nuestro vocabulario y que nos permiten, al menos, alcanzar la comunicación necesaria entre los seres humanos. Pero al final siempre me termino haciendo la misma pregunta, si las palabras nacen y se construyen desde la casualidad, o desde la reflexión y el estudio que requiere toda nueva creación.

Cada palabra es realmente un mundo, unas veces esconde un secreto y otras nos muestra un tesoro. Pero por un extraño mecanismo mental que ignoro completamente, lo que sí vengo a comprobar es que en ese proceso de elaboración de una palabra o cuando venimos a utilizarlas en nuestras conversaciones diarias, recurrimos a los antónimos, ya que siempre se nos viene a la mente la antítesis de la palabra que estamos utilizando en ese instante.

Supongo que los antónimos nacen por esa obsesión del ser humano de contraponerlo todo, de enfrentar continuamente dos posiciones diferentes, y entiendo que esa confrontación se produce como consecuencia de esa ambigüedad en la que estamos inmersos, más que en la necesidad de buscar el equilibrio que debe existir entre dos palabras que sean distantes, y cuyo equilibrio en estos momentos nos resulta tan necesario encontrar.

Observando este escenario en el que nos encontramos, cada vez resulta más evidente que vivimos en un mundo lleno de antónimos. Útil e inútil, encuentro y desencuentro. Hay quienes nos hablan de un cielo y para ello siempre nos recuerdan la existencia de un infierno; cuando hablamos de la vida, inmediatamente nos acordamos de la muerte. En los momentos de alegría, la tristeza encuentra un lugar; cuando se exige valor para afrontar el presente, el miedo se acerca para enseñarnos las puertas de un futuro. Si la paz centra el objeto de un debate, la guerra hace su aparición; y cuando el amor es el protagonista de una vida, somos capaces de destruirlo con el odio de los recuerdos caídos en el olvido.

En este mundo repleto de antónimos, parece que lo negativo prevalece sobre lo positivo y resulta vencedor en esta lucha de palabras. Esa aparente victoria de los pensamientos que se envuelven entre palabras contradictorias que se enmascaran con aires de pesimismo, es una muestra evidente de que a los seres humanos nos reconforta en ciertos momentos dejarnos llevar por aquellos instantes cargados de negatividad, ya sea porque nos resulta necesario para vivir o porque nuestro carácter se ha forjado en una cultura de cierto regocijo del lamento y de la queja continua.

Y en nuestro día a día, los ganadores y perdedores son indudablemente antónimos que entran escena. Ambos son consecuencia de un enfrentamiento muchas veces encarnizado, resultado final de ese conflicto entre dos partes que no han querido o no han podido buscar una solución alternativa o diferente. Los ganadores se rodean del «éxito», de un reconocimiento social, de un «premio» que nuestro entorno concede; y los perdedores se convierten en los olvidados de nuestra sociedad y los hacemos desaparecer casi de una forma inmediata, como sintiendo esa vergüenza ajena por el fracaso.

Ahora quizás sea el momento, y en nuestras manos está, para que comencemos a trabajar por cambiar esa doctrina de ganadores y perdedores y centremos toda la atención en las personas, sin caer en error de la colocación de etiquetas que pretendan identificarlos.