LA HABITACIÓN DE LA ESPERA (capítulo I)

 

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Cierro los ojos con fuerza, incluso me duelen los párpados. Mis brazos tiemblan. Aprieto los puños y las uñas se me clavan en la piel. Me ahogo. Escucho el aire como entra y sale por la nariz. Mi respiración se agita y el pecho se mueve cada vez más deprisa. No puedo respirar, ya no queda aire. El viento sopla muy fuerte y los cristales parecen romperse. Se ha ido la luz en la calle y la noche se hace oscura, mucho más oscura. Se escuchan los ladridos de los perros, sus voces de locura, presas del miedo que les atenazan. Ellos sí gritan al ver la oscuridad, y nosotros, nosotros cerramos la boca, atrapados por el miedo. Quizás por miedo al ridículo. Observo la ventana. Intento descorrer las cortinas. Me agarro a ellas. Son pesadas y no logró moverlas. Mis manos resbalan. La oscuridad se hace más oscura. Me ahogo. Mi pecho se va a romper intentando respirar.

Se ha callado el viento. Los cristales quiebran por un instante. El suelo de madera cruje. El silencio se vuelve a romper. Es un lamento de dolor. El olor a humedad entra poco a poco por mi nariz. El polvo de la moqueta se agarra a mi garganta. Intento tragar saliva. No tengo. Mi boca está seca. Abro los ojos y sólo veo oscuridad. Hay cuadros colgados, lo sé. Retratos de mis antepasados. Sombras inertes que deambulan por las paredes. No los veo, pero sé que me miran. Ellos siempre ven en la oscuridad. No me quitan los ojos de encima. ¿Qué harán? Estoy inmóvil. Aquellos sables que cuelgan de la pared, ¿dónde están? Su brillo ha desaparecido en esta oscuridad. Siento sus filos cortando el poco aire que queda. Me han rozado la mejilla. La sangre humedece mi rostro. Su olor, ese olor.

El calor ahoga el aire bajo la cama. Mi respiración se acelera aún más. Me duele el pecho, no lo soporto. Siento los alambres de la cama en mi espalda, rasgan mi camisa. Se me enreda el pelo. Necesito salir. Mis piernas se han paralizado. Quiero gritar. No puedo moverme. Sé que están ahí.

CIEN VERSOS OLVIDADOS

 

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La vida acecha cada noche. Oscura, impasible,
en su extraña mirada de ojos dormidos,
sobre la punta de unas zapatillas de bailarina
de pasos silenciosos.
Un telón echado a la luz, un olvido a la muerte,
al engaño que llegó tras la luz del atardecer.
Asoma la penumbra, la voz rota se ha callado,
nuestros caminos se desvanecen, lentamente.
El último beso desaparece en un instante, un verso olvidado.
Cierras los ojos.

Desnudas la madrugada. El insomnio de tus labios,
voz que susurra a la oscuridad de paredes blancas,
tiembla el aire atrapado.
Los cuadros nos observan, ojos de ángeles y demonios
del tiempo detenido. Recuerdos, siempre recuerdos,
¿dónde quedaron los olvidos?
En tus manos, en un miedo marchito. El deseo
busca un destino abandonado en el tiempo, los roces.
Las caricias de aquel instante, un verso olvidado.
Abre los ojos.

Y sobre la mesa, reposan las cartas, duermen desde el ayer.
Aromas de papel, rasgado y amarillento
pasado de palabras que la tinta ha difuminado. Letras,
que el levante de locura dispersó en el aire,
que dejaron caer
en el naufragio de un mar cristalino.
Frágil soledad,
en la frontera de la esperanza.
Sobre tu piel escribí una vez, en el silencio de tu mirada,
cien versos olvidados que hoy vuelven a nacer.

UN CAMBIO DE TRAJE SIN PUNTADAS

 

Por fin abdicó el Rey. Bueno lo pondré en minúsculas, el rey. Cuánto tiempo se ha deseado por muchos esta situación, en el que se abre un nuevo escenario para unos, y para otros no es sino una continuidad. Curiosamente, nuestra joven democracia, bueno ya no tan joven, no ha regulado la cuestión sucesoria. Y ahora, no sin ciertas «prisas», se va a legislar esta cuestión que se había dejado en el olvido, supongo que además de por dejadez política, porque en el foro interno de muchos, se pensaba que el monarca era inmortal. Bueno no ha fallecido, pero entre muchos lo hemos aniquilado. A todos los efectos, este personaje, que la historia pondrá en su lugar (¿qué recurrente resulta esta afirmación, no os parece?), y que ahora se encuentra denostado por una gran mayoría, se va a convertir en una figura extraña al organigrama de poder dentro de la estructura del Estado español. ¡Vaya! seguimos hablando de Estado español a estas alturas. Permítanme el tono irónico, pero es que eso de ser español ya sólo queda bien para cuando gana la selección de fútbol, y este año no pinta que en el mundial se haga un gran papel (y no quiero ser ni agorero ni futurólogo).

Como antes he apuntado, para un grupo más o menos amplio, estamos ante un momento de continuidad. Esa llamada a la instauración de la tercera república que desde hace un tiempo se viene proclamando por una parte de la sociedad española, no tiene perspectiva de cuajar. O a esta sociedad no se la toma muy en serio, o realmente es falso que el poder emana del pueblo. Por el motivo que sea, la proclama republicana que supuestamente cuenta con tanto apoyo popular, tampoco parece contar con el apoyo directo del principal partido de la oposición (en horas muy bajas en estos momentos), y que viene demostrando haber abandonado esa pretensión de alcanzar un nuevo sistema de Estado, a través de la república, modelo que para muchos es la panacea de defensa de los derechos de los ciudadanos.

Lo que ocurre es que a veces se tiene la sensación de que los ciudadanos realmente gritamos deseos de cambios sin conocer la esencia de lo que realmente existe detrás de cada modelo o sistema de Estado al que pretendemos llegar. Al son de los voceros de una falsa tolerancia, charlatanes de feria de palabras gruesas; palabras que valen para todo, que sirven tantos a unos como a otros, pero que no sirven para nada y que realmente no atienden a los problemas de los ciudadanos de a pie, las calles comienzan a ser tomadas por una aparente mayoría popular, aparecen filósofos de frases baratas de mercadillo, y las barras de los bares se llenan de reivindicaciones y de lucha por la defensa de los intereses sociales. Y de repente, todos, por un momento, proclamamos que la monarquía debe desaparecer de nuestro sistema institucional y por fin proclamar la tan bendita tercera república.

Pero ahora me detengo. Monarquía parlamentaria o república. Dos caminos, dos alternativas. Y me vuelvo a detener. Ni una ni otra, o la una y la otra. Sinceramente, me resulta en cierta manera indiferente, porque se ha demostrado que el sistema no ha fallado tanto como se nos hace creer y pese a las criticas que ahora está recibiendo. Lo que realmente está fallando son nuestros propios valores y principios. Ahí se encuentra el verdadero fracaso de nuestra sociedad. Las concertinas de Melilla no desaparecerán, las desigualdades sociales permanecerán porque somos seres desconfiados y recelosos del prójimo, la sociedad clasista se mantendrá,… Todo ello no desaparecerá, no nos engañemos. Criticamos lo que sucede en la valla de Melilla, pero damos la espalda a esos negros y moros, que pasan a nuestro lado, cuya vestimenta y olor hace que nos apartemos de ellos. ¿no es acaso esa otra forma de concertina? En cuanto nuestros bolsillos se vuelvan a llenar de monedas, olvidaremos aquellas escenas de contenedores que son limpiados por ignorados hambrientos.

No tengo claro que esta sociedad sepa realmente si desea cambiar de traje, de sistema organizativo, porque haríamos realmente un traje sin puntadas. No tengo claro si los ciudadanos sabemos realmente donde queremos ir. Esta sociedad es inteligente, de eso no me cabe duda, pero pretender instaurar un nuevo sistema sin pretender cambiar los valores, sin respetar los principios básicos, sin que realmente cambiemos cada uno de nosotros, me hace pensar que de nada servirá pretender cambiar monarquía parlamentaria por república, o república por monarquía parlamentaria.