UNA CARTA SIN PALABRAS Y UNA POSDATA

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Ironías de la vida. Detrás de esas cuatro palabras se esconden el pasado, el presente y el futuro. Y no por ese orden necesariamente, porque la vida, en ese traje de ironía juega siempre con ellos, convierte el presente en pasado y lo asoma a la puerta del futuro.

Ironías de la vida. Cuatro palabras que sin hablar de él, hablan del tiempo. De ese tiempo que se esconde detrás de un instante, de un momento que a veces es todo y lo único que tenemos, y que ha sido concentrado en algo que ni siquiera alcanzamos a ver.

Ironías de la vida. Es ver como el río no llega al mar. Que el agua asciende corriente arriba, hacia la montaña, sorteando los meandros, intentando escapar de su muerte, de ese que pensó que fue su final.

Ironías de la vida. Es como esa «cadena de favores». Ese juego extraño que ahora nos llega a través de un teléfono y hace años dábamos vida a través de unas antiguas cartas que venían en un sobre sin matasellos, sin remite ni remitente, y que nos decían que tenían que llegar a cien personas o más, para que no se rompiese ese extraño hilo conductor de esperanza y miedo a la vez.

Ironías de la vida es encontrar una carta sin palabras. Una hoja en blanco donde no existen letras escritas, donde la ausencia y el silencio encontró su refugio alguna vez. Ironías de la vida es que no hubiera tinta en las plumas que llevar a ese papel inmaculado, lleno de inocencia, virgen de un pensamiento que no llegó a nacer.

Ironías de la vida es que en el pie de página de aquella carta sin palabras, hubiera escrito una posdata. Una despedida, un adiós, una amistad que fue rota en el tiempo y que ya no supo volver.

Ironías de la vida. Que la realidad fuera un sueño y que en el sueño abriésemos los ojos, y lo hiciésemos simplemente para poder ver.

YA SERÁN OTRAS PLAZAS

 

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Desde que inicié esta experiencia de escribir en un blog y me convertí en eso que llaman bloguero, muchos son los temas que he intentado abordar. A través de pequeños relatos, de reflexiones que pueden ser más o menos acertadas, y de poemas, he pretendido observar de frente los distintos aspectos de la vida diaria, como la solidaridad, la soledad, el amor, la esperanza,…. Y siempre con el deseo de transmitir y comunicar sensaciones y emociones, de no dejar indiferente a nadie. Espero que alguna vez lo haya conseguido, y si no ha sido así, quizás vaya siendo hora de recoger las ideas, guardarlas en un cajón y tirar por otros caminos. Pero eso sí, cada vez que me he sentado frente a la pantalla del ordenador y he sentido cada letra del teclado bajo mis dedos, lo he hecho bajo una premisa básica, el respeto a las palabras.

Después de más de dos años embarcado en esta aventura personal, en la que se puede ver que existe un cierto trasfondo de aprendiz de escritor fracasado, me ha resultado ciertamente llamativo que algunos de los pocos o muchos que me han leído, han pretendido ver en mis reflexiones y en mis palabras, aspectos de mi vida personal, de mis vivencias cotidianas. Ya en alguna ocasión a estos lectores y lectoras, a los que agradezco desde aquí su tiempo por haberse detenido en leer mis escritos, les he aclarado que en ningún caso existe nada personal en ninguno de ellos. Bueno, a decir verdad, sólo en uno de los post publicados, existen dos líneas que contienen un aspecto de mi vida, pero a partir de ahí, nada de lo escrito tiene que ver conmigo.

Y sin embargo, hoy, tras varias semanas tirado en esa cuneta de palabras vacías, de encontrarme en un dique seco de ideas, os pido permiso para escribir, por primera vez, y espero que por última, de algo personal, muy personal. De hablarles de alguien muy importante en mi vida, y en la vida de los que me rodean. De hablarles de alguien que para muchos es un completo desconocido, pero que para otros, los que han tenido la oportunidad de conocerlo, estoy convencido que alguna huella en forma de recuerdo les habrá dejado.

Déjenme hablarles de Manolo o de Manué. Por estas latitudes tenemos la sana costumbre de acortar los nombres, de expresarnos de una forma diferente, y aunque para muchos pueda ser entendido como un ultraje a las palabras, desde aquí reivindico dicha forma de utilizar el lenguaje como una forma de identidad de una tierra, a diferencia de otros que de manera soberbia y altiva lo hacen con la suya. Pero no me quiero desviar, quiero hablarles de Manué, o como se le conoce en este pueblo, de El Torero. Este hombre de fina piel ruda curtida por las horas de sol, de amplios hombros y de grandes manos llenas de fuerza, nos ha dejado hace unos días. Este hombre apodado como El Torero no se ha vestido nunca de luces, aunque sí ha tenido y nos ha dejado una luz especial. Este hombre apodado como El Torero, nunca saltó al ruedo de una plaza de toros, pero sí se ha enfrentado a peores toros y cornadas que da la vida. Este hombre apodado como El Torero era la expresión de la bondad, la imagen de lo que conocemos como buena gente, de una gran persona, hijo de la razón como él mismo se etiquetó en alguna ocasión. Este hombre apodado El Torero, un mayeto que dejó sus manos y su amor en la tierra que labró. Este hombre apodado El Torero, detrás de su voz grave, siempre expresó su gran sentido del humor, su don de gentes y sus enormes ganas de vivir.

Este hombre apodado El Torero ya no se encuentra entre nosotros. Ya su ausencia nos ha hecho conocer a todos lo que es el vacío, un vacío que nos llena de recuerdos. A este hombre apodado El Torero, ya no lo veremos más torear por ninguna de las plazas de esta vida, y ahora serán otras plazas, otros afortunados, los que disfruten de su presencia, de su manera de lidiar con el día a día.

Gracias Manué, gracias Torero, gracias Papá.

 

CANCIÓN DE CUNA

Cuando en su día abrí en este blog la sección sobre las Canciones para el Viaje, esas que nos acompañan por el recorrido a través del mundo de los recuerdos de nuestra vida, siempre tuve presente que las canciones de cunas, las nanas, tenían que tener su propio hueco en este rincón.

Es muy probable que nuestro consciente no recuerde esos instantes, en los que al irnos a dormir nos susurraban cantando una canción, que nos llevaban al mundo de los sueños. Pero que nuestro consciente no sea capaz de recordarlo, no significa que nuestra memoria lo haya olvidado.