MIRILLAS

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Apenas reparamos en ellas, pero las mirillas, esas minúsculas ventanillas colocadas en las puertas de las casas, son uno de los elementos más importantes de nuestros hogares. Un pequeño cristal, de apenas unos milímetros, es capaz de unir el mundo de la desconfianza con el de la confianza. De convertir nuestra inseguridad en seguridad. Ese ventanuco reducido casi a la más mínima expresión, que separa el mundo exterior de nuestro espacio de intimidad, nos permite en definitiva sentirnos protegidos de lo extraño, de lo desconocido.

Hoy, y tal vez desde siempre, esas mirillas se han transformado en otro tipo de ventanas. Se han convertido en miradores de lo ajeno. Y todos, en mayor o menor medida, hacemos uso de ellas, porque estamos más pendientes de la vida de los demás, que de la propia, ya que estamos  constantemente deseando inmiscuirnos en la vida de los otros. Y como sabemos que eso mismo se vuelve contra nosotros,  hacemos lo indecible por proteger nuestra intimidad, pero sin embargo, la exhibimos. Y pese a que defendemos nuestras esferas de privacidad con uñas y dientes, la vendemos. Y al final, terminamos mostrando lo que no somos, escondiendo a duras penas lo que somos, y siempre enseñando lo que queremos ser.

Parece innato al ser humano. No queremos reconocerlo, pero todos somos el James Stewart de La ventana indiscreta. Así somos, aunque lo neguemos una y otra vez. Mirar sin consentimiento, ser testigos de las historias ajenas, ver sin ser vistos, en eso consiste ese placer del voyeur que todos llevamos dentro, y todo, por sentirnos llenos de poder.

¿Qué poder es ese que anhelamos?

 

 

PLANO CORTO

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Se abre otra etapa. Se inicia una nueva aventura que lo hace con una imagen distinta y con un formato adaptado a otras necesidades. Atrás queda aquella última estación donde finalizó el viaje de Reflexiones en cada estación. Atrás queda aquella experiencia que ya tiene su propio camino por recorrer a través de Historias de una casapuerta. Y esta nueva etapa, aunque puede beber en algunos momentos de ese pasado, porque mantiene una misma filosofía de reflexionar sobre lo cotidiano, nada tiene que ver con él.

Plano corto es un nuevo blog. Un nuevo proyecto que quiere servir de experiencia personal en la mirada del mundo que nos ha tocado vivir, y en el que vivimos, aunque a veces pensemos que sólo sobrevivimos. Hoy que tanto se habla y se reclama acerca del derecho a la libertad de expresión, prefiero quedarme con la libertad de pensamiento, porque a veces, y quizás demasiadas veces, éste último carece de esa libertad que realmente necesita. Y por tal motivo, es por lo que deseo que Plano corto sea ese lugar donde la libertad de pensamiento encuentre un espacio personal, tanto para mí como para vosotros, en su desarrollo.

En este continuo cambio en la forma de comunicarnos, Plano corto se sirve de la unión de dos mundos: el de las imágenes y el de las palabras. Como se describe al pie de este blog, existe un deseo personal de colocar palabras a esas instantáneas que día a día se nos van quedando en nuestra retina; y por otro lado, deseo poner imágenes a las palabras, porque aunque ellas son sabedoras de su dificultad de quedar como fotogramas retenidos por el tiempo, conocen mejor que nadie que tienen la fuerza suficiente para recrear esas imágenes.

En Plano corto dos son las líneas directrices que se van a seguir en ese proceso de comunicación entre el lector y el escritor. La primera va a ser el enfoque. Se realizarán reflexiones sobre aquellos aspectos de nuestro a día a día, aquellos que muchas veces no les prestamos la atención suficiente, pero que su presencia se hace inevitable en lo cotidiano. Y en segundo lugar, la limitación en el número de palabras a utilizar: trescientas palabras. En este mundo de lo efímero, donde realmente apenas nos detenemos a leer y en el que las imágenes llenan el mundo de las palabras, entiendo que es suficiente, única y exclusivamente para este foro, utilizar un número muy limitado de palabras. De esta manera, la reflexión final será fruto de una actividad conjunta realizada entre el lector y el escritor, porque se hace necesario que sea el lector el que llene de sentido finalmente lo que el escritor (cualquiera de nosotros), un día comenzó a escribir.

Por último, quiero que Plano corto se encuentre abierto a todos y que todos vosotros entréis en él. Me gustaría contar con vuestra participación y que ejerzáis la libertad de pensamiento, y entre todos adoptemos el papel de escritores y lectores, de actores y espectadores. Así que os invito a que forméis parte de esta nueva etapa y si estáis interesados en publicar en este blog, abiertas quedan las puertas.

Por cierto, como habréis comprobado, esta primera entrada tiene más de trescientas palabras, pero será la última vez que suceda.

Gracias por estar ahí y bienvenidos.

 

OTRA ESTACIÓN

 

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Entre el murmullo, de nuevo se escucha su voz. No acierto a reconocer de dónde viene ese acento y ese cuidado por cada palabra que pronuncia. Está llena de calidez y serenidad, de una dulzura que habla de ella misma. He intentado ponerle un rostro, pero creo que mi imaginación se ha apeado en mitad de este viaje y no logro describir sus labios, el color de sus ojos, ni cómo es su cabello. No logro describir lo que siente cuando mira, ni lo que dice cuando calla. Quizás en este trayecto, haya pasado a mi lado y me haya saludado, y en ese despiste en el que a veces vivo, ni me haya percatado de quien es ella. La voz desaparece por un momento porque el murmullo se ha convertido en voces que se llenan de nervios y de prisas.

Me he levantado y mis piernas han temblado por un momento. De nuevo he estado a punto de caerme, y he tenido que apoyar mi cuerpo sobre el respaldo del sillón, porque el movimiento a veces se vuelve brusco. Se escucha el chirrido de los frenos. He estirado los brazos y he bajado una mochila, mi único equipaje durante todo este viaje. De nuevo se oye la misma voz. Un aviso para que no olvidemos nuestras pertenencias. Para que no olvidemos los recuerdos que se han guardado a lo largo de este recorrido.

El tren está a punto de detenerse. He mirado a un lado y al otro de este vagón. Y ahora sólo puedo dar las gracias. Las gracias a mis ciento cincuenta y un acompañantes y viajeros que me acompañado en este viaje y que se han ido subiendo poco a poco a este vagón particular en el que se ha convertido Reflexiones en cada estación. Gracias infinitas de corazón. Y gracias a los que sin ser acompañantes, han subido y bajado unas veces y otras, porque también han sido excelentes viajeros de este trayecto. Gracias también a los que han ignorado la existencia de este viaje, porque también me han enseñado parte de su historia. Y gracias por supuesto a esas burlas, indiferencias y desprecios, porque en ellas también se encuentran parte de este recorrido. Gracias a todos, porque de todos me llevo algo.

El tren se acaba de detener. De nuevo se escucha su voz. Reflexiones en cada estación se detiene, ha llegado a su última estación. Reflexiones en cada estación desde este momento se convierte en pasado y presente, pero ya no será futuro, porque su futuro ha quedado en haberse convertido en libro, en esa enorme fortuna de haber sabido lo que es poder realizar otra parte de su viaje a través del papel. Reflexiones en cada estación se baja en este andén. Ha llegado a otro destino. ¿Quien sabe lo que sucederá? Tal vez cambie de nombre y se vista con otros trapos, o tal vez se oculte entre la muchedumbre y regrese a ese anonimato en el que siempre vivió.

Por última vez se escucha esa voz: «Ha llegado a su destino….»