TAPADERAS BUCALES

 

CARTA DEL LIBRO INACABADO

Dentro de pocos años será disciplina olímpica, porque a este paso, esa práctica que está de moda en el mundo del deporte, lo van a convertir en una especialidad deportiva más. Me refiero a ese gesto tan habitual entre deportistas como es el de taparse la boca mientras mantienen una conversación.

Sinceramente, la imagen me parece algo cómica. A veces, he pensado si existe un problema generalizado de halitosis, pero dudo que los deportistas de élite sepan lo que es estar en alguna lista de espera de la sanidad para que sean tratados por el especialista de turno. Así que, descartado un problema de salud, resulta evidente que lo hacen por esa necesidad de proteger la privacidad de sus conversaciones y evitar que periodistas y contrincantes sepan de sus «estrategias deportivas». Al parecer, ese gesto se ha tenido que revelar como una medida eficaz de contraespionaje, porque desde hace tiempo la prensa ha dejado de publicar noticias sobre conversaciones públicas entre deportistas. No quiero pensar que ese gesto haya tenido algo que ver con los EREs que se han producido en diferentes medios de comunicación, y que se hayan despedido a profesionales contratados exprofeso para leer los labios.

Es cierto que dicha práctica ha trascendido del ámbito deportivo a otros de nuestra sociedad, y tanto se está generalizando, que ya no resulta extraño comprobar como en algunas reuniones, sus participantes se tapan la boca para que nadie sepa de lo que están hablando.

En fin, en el pasado habríamos recibido alguna reprimenda de nuestros mayores que decían que era de mala educación lo de taparse la boca mientras se hablaba, pero como hoy lo de la buena educación tampoco parece que interesa tanto, pongámonos todos un bozal para hablar. Y no por aquello de morder, sino por lo de callar.

CRUZAR AL OTRO LADO

 

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Un paso, sí, un paso. Ese simple acto de poner un pie delante de otro, es un momento clave en nuestra vida. Y como momento clave, puede suponer un antes y un después que transforme nuestro día a día. A pesar del transcurso de todos estos años, mucho se sigue hablando del primer paso que dio el hombre en la luna (ese que seguimos viendo en blanco y negro y sobre el que tantas dudas se han generado); y sin embargo, poco se habla de ese otro paso que supone cruzar el límite que separa dos mundos muy cercanos, que llamaremos el del bochorno y el de la honradez. Y es que existen pasos, y pasos.

Pese a que aparentemente nos hayamos acostumbrado, y callemos para no reconocerlo, las sensaciones siguen siendo las mismas. Un hormigueo sube desde los tobillos, recorre nuestras piernas y alcanza las extremidades superiores, (el que llegue al rostro depende de lo que al final pueda suceder). Ese cosquilleo revela nuestro estado de nerviosismo y ansiedad. El miedo, por pequeño que sea, nos invade. Hace que miremos a un lado y otro, que incluso alguna vez nos hayamos detenido antes de dar ese paso, y hayamos dirigido nuestra mirada hacia atrás. La respiración se contiene, como si dejar de respirar sirviera de algo. Y en este instante deseamos estar solos, que nadie se encuentre a nuestro alrededor, y sin embargo, comprobamos como nuestros deseos nunca se ven cumplidos llegados el momento.

Hemos dado el paso. Hemos cruzado el arco de seguridad antihurto de cualquier centro comercial o de la pequeña tienda de barrio que pueda colocarlas. No ha sonado alarma alguna. Nadie nos ha mirado. Nuestra honradez y reputación no se ha visto ultrajada. Cómo si aquella fuera la máquina de la verdad.

UNA ESPECIE EN PELIGRO DE SUPERVIVENCIA


No descubro nada si digo que don Vito es un tipo diferente. Después de tantos años, poco más se puede añadir del Sr. Corleone que ya no sepamos. Es uno de esos personajes que odias y amas con la misma fuerza; que lo encumbras a ese cielo que dicen que existe, o lo llevas al infierno, ese otro lugar que no anda demasiado lejos de donde nos encontramos.

Sí señor, el Padrino es único. Para lo bueno, y para lo malo.

Supongo que a don Vito le dijeron una vez lo de ese refrán que dice que «el que tiene padrino se bautiza». Es indudable que a la figura del padrino se le presupone una cualidad superior y llamarse así, tiene que tener efectos secundarios. Efectos que vienen escritos en letra pequeña porque creo que es inevitable que muchos se acerquen a pedirle ayuda, recomendación y consejo; y otros muchos se le aproximen para solicitarle una llave que le abra una puerta, hacia uno de esos senderos que tiene la vida. Por todo ello, no me cabe duda que los Padrinos terminen agotados, y que exploten y tengan que proclamar que ellos no tienen complejo de lámparas mágicas, ni de Aladinos.

Pero en este mundo de picaresca, donde la figura del Padrino es un emblema, me parece igual de lamentable, las figuras de sus lameculos. Esos que no le piden al Padrino directamente una ayuda, pero que día a día, le siguen sus pasos, como palmeros que no saben seguir su propio compás.

Sea como fuere, nos olvidamos que tanto el Padrino como los que lo buscan para ser bautizados, y los lameculos convertidos en esa especie que está en peligro de supervivencia, terminan sentados sobre la misma taza de un váter.