RESTOS

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Somos dos caricias rotas. Dos gargantas que han desahuciado las palabras. Somos dos silencios que se escuchan en los rincones vacíos de la casa. Dos miradas de pupilas cerradas en la equidistancia. Somos un poema que quedó roto antes del primer verso. Dos vagabundos que caminan sobre el estiércol de flores marchitas. Somos el vértigo de dos equilibristas con zapatos de cristal.

Cada mañana, te sigues despertando a la misma hora, para mirarte en otro espejo, en el que ahora sonríes. Pero sonríes sabiendo que te burlas del pasado, y que pintas tus labios porque sientes la sequía de unos besos, que ahora se llenan del vacío de otra boca.

Ambos somos restos, somos restos de un amor. Ahora puedes llamarme por mi nombre, llámame Odio. Simplemente Odio.

UNA CUESTIÓN DE ESTADO

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Nunca imaginé que algo tan irrelevante pudiera tener tanta importancia, pero visto lo visto, parece que resulta todo lo contrario. El estado del whatsapp se ha convertido en algo así como un refugio de estados emocionales, y el resto del mundo (entiéndase por aquellos que están conectados a esa red social), en esa pleitesía al curioseo que todos ejercemos y, en el afán de inmiscuirnos en la vida ajena, no tenemos reparos en ejercer de psicólogos, filósofos o analistas (estos últimos son un espécimen diferente porque se encuentran iluminados por el conocimiento universal de todos los aspectos de la vida, y es que hay mucha gente que sabe de todo).

Todos estaremos pensando que cada uno es libre de escribir lo que le parezca en su estado de whatsapp, porque para eso es un derecho individual y que «cada uno hace con su vida lo que quiere». Pues pensado y dicho así, no seré yo quien se oponga a dicha visión, porque a decir verdad, siempre he considerado esencial la libertad, el derecho individual y el respeto a la forma en que cada uno viva su propia vida.

Pero quiero añadir algo, la libertad, los derechos individuales y la vida, deben ser acompañados de un elemento esencial, como es la dignidad. Dignidad que no puede quedar sólo para rellenar espacios en textos constitucionales, ni normas internacionales, que se olvidan de las personas, sino para que se tenga presente a lo largo del recorrido de nuestra vida, para llegar a ese otro camino que comenzamos con la muerte. Quizás por eso, no estaría de más que comenzáramos a plantearnos si la dignidad debe ser también tomada en consideración al final de nuestros días, y que desde los poderes públicos se aborde con seriedad la eutanasia como una verdadera cuestión de Estado.

 

UNA ASIGNATURA PENDIENTE

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Era una ciudad. Era porque desde hace unas horas ha regresado a ser el pueblo que es. Era hasta que las persianas de las casas se han cerrado; hasta que las voces extrañas, las carreras de los niños, la gente entrando y saliendo de los supermercados, los coches de matrículas que ya no son de otras ciudades, pero que son extrañas aquí, han ocupado las calles que ahora ya se sienten abandonadas. Era una ciudad. Una ciudad que ha sentido la tropelía de las prisas de los que dicen escapar de ella, pero que las traen en sus equipajes estivales. Las ciudades no tienen prisas, las tienen quienes dicen sobrevivir en ellas, en esas que en verano anhelan ser el pueblo que éste sí lo es. Éramos una ciudad, ahora somos el pueblo que decimos ser.

Han pasado unas horas y el silencio nos lleva a ese viaje de retorno. Y las prisas ya no son aquellas prisas. En el pueblo quedan persianas levantadas que hablan de su vida interior. Las cajeras de los supermercados se vuelven a mirar, y los coches, esos siguen ocupando las calles, pero éstos no saben de las prisas de la ciudad.

Se marcha agosto, y mientras esperamos la vuelta de los niños al colegio, donde el bullicio volverá a nacer, siempre regreso a septiembre con la misma asignatura pendiente, de no saber si habré sabido despedirme y decir adiós. Si di la mano, un abrazo o un beso, por última vez; si aquel amor de verano, ese que quizás fuera para toda la vida, supe decirle hasta siempre.

Llego de nuevo a septiembre con esta asignatura pendiente, y no porque quiera volver a ser ciudad, sino porque tengo miedo a cerrar la puerta, echar las persianas, a correr con prisas, y al fin olvidar.