UN MINUTO NO DA PARA SESENTA SEGUNDOS

Cuando menos lo esperas, siempre aparece alguien que, de repente, te recuerda que el tiempo juega en nuestra contra. En ese instante, miras el reloj. El segundero se convierte en un temporizador. En lugar de ir hacia adelante, todo es un contrarreloj.

Suena el silbato. Se hace el silencio. Diez segundos, la gente comienza a mirarse porque no soporta no escuchar algún sonido. Quince segundos y se oye un murmullo. A los treinta, las primeras voces. Cuarenta segundos: algunos gritos, y alguien comienza a cantar la letra de una canción. El minuto no tiene sesenta segundos.

Me olvido de metáforas y de paradojas. Me olvido de ironías y sarcasmos. Me olvido de juegos de palabras. Lo que suena a perogrullo es que un minuto da para sesenta segundos. O no. 

Conozco pocas personas que soportan estar callados durante sesenta segundos, pero conozco menos aún, que lo estén en silencio.

Demasiadas muertes sólo tienen el recuerdo y el homenaje de un minuto, pero el respeto, lo perdemos en menos que canta un gallo.

Después de ese gallo, llegan todas las gallinas cacareando.

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