MIRILLAS

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Apenas reparamos en ellas, pero las mirillas, esas minúsculas ventanillas colocadas en las puertas de las casas, son uno de los elementos más importantes de nuestros hogares. Un pequeño cristal, de apenas unos milímetros, es capaz de unir el mundo de la desconfianza con el de la confianza. De convertir nuestra inseguridad en seguridad. Ese ventanuco reducido casi a la más mínima expresión, que separa el mundo exterior de nuestro espacio de intimidad, nos permite en definitiva sentirnos protegidos de lo extraño, de lo desconocido.

Hoy, y tal vez desde siempre, esas mirillas se han transformado en otro tipo de ventanas. Se han convertido en miradores de lo ajeno. Y todos, en mayor o menor medida, hacemos uso de ellas, porque estamos más pendientes de la vida de los demás, que de la propia, ya que estamos  constantemente deseando inmiscuirnos en la vida de los otros. Y como sabemos que eso mismo se vuelve contra nosotros,  hacemos lo indecible por proteger nuestra intimidad, pero sin embargo, la exhibimos. Y pese a que defendemos nuestras esferas de privacidad con uñas y dientes, la vendemos. Y al final, terminamos mostrando lo que no somos, escondiendo a duras penas lo que somos, y siempre enseñando lo que queremos ser.

Parece innato al ser humano. No queremos reconocerlo, pero todos somos el James Stewart de La ventana indiscreta. Así somos, aunque lo neguemos una y otra vez. Mirar sin consentimiento, ser testigos de las historias ajenas, ver sin ser vistos, en eso consiste ese placer del voyeur que todos llevamos dentro, y todo, por sentirnos llenos de poder.

¿Qué poder es ese que anhelamos?