CULPABLE

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Me declaro culpable,
de dibujar sobre el pupitre
el garabato de un corazón

herido por una flecha sin punta.
Culpable de escribirte versos
en las puertas de los baños
de cada uno de los bares
que cada noche cerramos.

Me declaro culpable,
de llamarte a las cuatro de la madrugada
despertar los pájaros a pedradas
abrir las ventanas en otoño
y sacudir las sábanas, de las flores secas
que esparcimos durante el último verano.
Culpable de fumarnos a besos
lo que estaba escrito en una cajetilla
de cigarros americanos.

Me declaro culpable,
de escribir tu nombre
en el margen de un periódico
abandonado en la cafetería
donde nos ponían churros sin chocolate
y un café frío con sacarina.
Culpable de vaciar el cajero de aquel banco
arrojar las monedas a una fuente sin agua
romper las botellas de cerveza
contra una señal de prohibido el paso.

Me declaro culpable,
de saltarme los semáforos en rojo
cruzar la ciudad por la noche
apedrear las farolas de una calle sin salida.
Culpable de entrar en tu habitación
y robarte durante el insomnio
lo que un día soñaste entre pesadillas.

Me declaro culpable
de lo que tú te condenas inocente.

ATRAPADO POR EL TIEMPO

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Es temprano, bueno creo que no tanto. Hora de desayunar. Una tostada con aceite, un zumo de naranja y un café. Solo,…sí desde hace unos días sólo desayuno con la compañía de la radio y el periódico.

Son las doce de la mañana. Hace calor. Desde la ventana de la oficina el tráfico se ve intenso. Ha sonado el móvil. Se corta la llamada. Suena otra vez. La melodía del móvil es diferente cuando tú llamas. No eres tú.

Es viernes, es la hora de nuestra cerveza, de compartir ese aperitivo en el bar de siempre. De charlar, de contarnos como ha ido la semana. De reírnos un rato. De hablar de los recuerdos y enterrar los olvidos. Ha sonado el móvil. Eres tú. La cerveza pierde su espuma, se calienta. No llegas.

Te he llamado. Tres, cuatro, cinco tonos. Ausente. El buzón de voz me ha contestado, hablar con esa máquina, hablar para el silencio. Tu voz me gusta más. Creo que el café de esta tarde lo tomaremos otro día.

Anochece, resfresca, el día se acaba, los ojos están cansados. En la calle hay fiesta, en la casa silencio. Suena el móvil. Un whatsapp. Eres tú. Sonrío. Lo miro y ese mensaje: «discúlpame, es que no tengo tiempo».

¡No tengo tiempo!, ¡no tengo tiempo!, ¡no tengo tiempo! Malditas palabras que se repiten en mi cabeza, que ahogan mi respiración. Lágrimas.

Tus disculpas han terminado con nuestra amistad. Esa estúpida excusa de decir que no tienes tiempo, es una excusa poco elegante de ti. Todo cambia, nada será igual.

Ya no tienes tiempo.

Ahora he comprendido que ya no soy un tiempo para ti.

Nota.- Despierto en la madrugada, te envío un SMS: Mañana te llamo.