EN MODO BORRADOR


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Hoy ha comenzado a agotarse la tinta de aquel bolígrafo que hace casi dos años sirvió para escribir en un cuaderno siete palabras. Mientras el azul se diluye en esa agonía de sus últimos trazos, recuerdo que aquellas primeras palabras se quedaron dormidas durante algunas semanas, quizás meses, por aquello de que el tiempo se va de las manos. Unos garabatos ilegibles y desordenados se convirtieron en compañeros inseparables, mientras emprendía aquel otro viaje al que me llevó Historias de una casapuerta (Editorial Libros.com), con sus presentaciones y su contacto con los lectores (si es que alguno ha tenido la valentía, y sobre todo la paciencia, de llegar a su última página).

Aquel boceto de ideas permaneció impasible como un mero observador (eso pensé y me he equivocado), ante lo que fue mi primer libro. Mientras escuchaba voces que provocaban el desánimo (por no decir que lo buscaban); que se burlaban  de las horas frente una hoja en blanco que comenzaban a llenarse de tachaduras; que colocaban la etiqueta de aficionado, con el aire del menosprecio que esa palabra nunca debe guardar; aquellas siete palabras fueron tomando la forma de lo que había rondado en mi cabeza desde hacía muchos meses atrás. Aquellas siete palabras se fueron transformando poco a poco en algo que hoy comienza a sentir los latidos de su corazón, que con sus manos frota unos ojos que aún no pueden ver, pero que buscan encontrar su propia mirada.

Como bien sabéis lo que tenéis el infortunio de conocerme, para nada soy prolífico en la creatividad literaria, ni he llenado estanterías de libros con mi nombre, ni con seudónimos a los que pensé alguna vez recurrir; para nada tengo un currículum de premios y reconocimientos, pero como a veces es necesario dar un golpe en la mesa, para hacer sentir la vanidad del derrotado, cuando de nuevo llega otra celebración del Día del Libro, os quiero mostrar lo que tengo en mis manos: el  borrador de otro proyecto.

Hoy por hoy soy consciente que este simple borrador es todo y es nada, que puede quedarse en ese estado el resto de sus días, y que tal vez, se quede olvidado en un cajón. Pero como siempre me ha gustado burlarme de mí mismo, y cuando el viento de levante sopla enloquecido agitando el flequillo que cae sobre mi frente, me vais a permitir que os muestre la ecografía de lo que viene en camino, y que si alguna vez es capaz de ver la luz, pues tendremos que ponerle un nombre.

PROGRESO

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No sé si Antonio Jesús Escribano Rangel, el personaje principal de El azar y viceversa (Felipe Benítez Reyes, Editorial Destino), mantiene algún recuerdo de la calle en la que nació. Ignoro si además de conservar en su memoria algún momento del pasado, habrá pensado si nacer en la calle Progreso ha tenido alguna influencia a lo largo de su vida. Como desconozco el mundo esotérico de las casualidades y de sus confluencias con la realidad, lo que sí puedo decir es que después de leer el devenir de la historia de este personaje, nacer en la calle Progreso es más que un símbolo, porque a poco que te introduces en sus vivencias, descubres que Rangel es un superviviente. Porque como dice la RAE en ese acto de iluminación que a veces tiene, progreso es la acción de ir hacia adelante.

Tal vez Rangel recuerda el patio de vecinos de la Bodega de Ravina y de la palmera que se encontraba en su interior, que nunca sufrió el ataque del picudo rojo, aunque con los años, fue el propio edificio el que sintió en sus cimientos la picadura de la burbuja inmobiliaria. Quizás Antonio Jesús Escribano Rangel recuerda el bar del Trompero, donde dicen que algunas noches, por sus alrededores, se escuchan las voces de unos carnavaleros disfrazados de fantasmas, afinando con el tres por cuatro los versos del pasodoble de una chirigota.

Quién sabe si Rangel recuerda las Casas de la Angelita y de la Marquesa que existían en la calle Progreso. Casas que trascalan se las llamaban, y que nos llevaban, invadiendo las habitaciones de los vecinos que las habitaban, a la calle Argüelles, y nos evitaban de esta manera, dar el rodeo por la Cuesta del barrio o del Callejón de las luces.

Tal vez Antonio Jesús Escribano fue alguna vez a comprar a las tiendas de Manolo el del puesto o de la Pastelería de El Lamito, para llevarse a la boca un tuyyó o una medialuna, aquellos dulces que saciaban la gula de los niños que correteaban arrastrando las latas en las vísperas de las horas de la noche de San Juan. Porque en San Juan, la calle Progreso y el barrio renacían con la gente venida de fuera, y olvidaba el desprecio que en otra época, los que mandaban en el Jesús Nazareno, apretaban el paso en la madrugá, cuando se aproximaba cerca de la calle para subir el Calvario. Y es que Progreso fue una calle proscrita en tiempos de la dictadura, y que nadie sabe cómo pudo mantener hasta su propio nombre. 

A veces imagino que entre las andanzas de Rangel a lo largo de su vida, quizás alguna noche se perdió en las habitaciones de Juana, la prostituta que vivía en una casa de la acera de enfrente de la que él nació. Aquella mujer de voz rota que esperaba a los jóvenes de la sexta flota de los EEUU, y que los despedía con el abrazo de una madre, por unos pocos de dólares y dos paquetes de Marlboro o de Winston.

Algunas veces me pregunto si Rangel visitó la sede de Comisiones Obreras, para que en la seudo clandestinidad de dos habitaciones con escasa ventilación, el abogado de camisa de cuadros, corbata y sin chaqueta, le explicara sus derechos como trabajador sin papeles. Porque lo que no está escrito en un documento es fácil de olvidar para aquellos que ya desde hace muchos años pensaron en la globalización, globalización para unos pocos a costa de los demás.

Hoy, con el paso del tiempo, no sé si a Antonio Jesús Escribano Rangel le gustaría ver la calle donde nació, donde nacimos los dos, porque tuve la fortuna de venir al mundo en una de sus casas, como lo hizo él. Pero de lo que sí estoy convencido es que los dos guardaremos el recuerdo de sus casapuertas, de sus fachadas, de sus vecinos, de sus bares, de sus comercios, de su taller de motos, de su prostituta, de su tonto del pueblo, de su sindicato, de sus niños corriendo en la noche de San Juan; y que los dos, cuando caminemos por sus nuevos adoquines de postín, descubriremos como la vida juega una vez más con su propia paradoja y comprobaremos como el progreso, ese mal llamado progreso, ha dado otra imagen muy diferente a la calle cuyo nombre ahora me cuesta mucho trabajo pronunciar.