EN MODO BORRADOR


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Hoy ha comenzado a agotarse la tinta de aquel bolígrafo que hace casi dos años sirvió para escribir en un cuaderno siete palabras. Mientras el azul se diluye en esa agonía de sus últimos trazos, recuerdo que aquellas primeras palabras se quedaron dormidas durante algunas semanas, quizás meses, por aquello de que el tiempo se va de las manos. Unos garabatos ilegibles y desordenados se convirtieron en compañeros inseparables, mientras emprendía aquel otro viaje al que me llevó Historias de una casapuerta (Editorial Libros.com), con sus presentaciones y su contacto con los lectores (si es que alguno ha tenido la valentía, y sobre todo la paciencia, de llegar a su última página).

Aquel boceto de ideas permaneció impasible como un mero observador (eso pensé y me he equivocado), ante lo que fue mi primer libro. Mientras escuchaba voces que provocaban el desánimo (por no decir que lo buscaban); que se burlaban  de las horas frente una hoja en blanco que comenzaban a llenarse de tachaduras; que colocaban la etiqueta de aficionado, con el aire del menosprecio que esa palabra nunca debe guardar; aquellas siete palabras fueron tomando la forma de lo que había rondado en mi cabeza desde hacía muchos meses atrás. Aquellas siete palabras se fueron transformando poco a poco en algo que hoy comienza a sentir los latidos de su corazón, que con sus manos frota unos ojos que aún no pueden ver, pero que buscan encontrar su propia mirada.

Como bien sabéis lo que tenéis el infortunio de conocerme, para nada soy prolífico en la creatividad literaria, ni he llenado estanterías de libros con mi nombre, ni con seudónimos a los que pensé alguna vez recurrir; para nada tengo un currículum de premios y reconocimientos, pero como a veces es necesario dar un golpe en la mesa, para hacer sentir la vanidad del derrotado, cuando de nuevo llega otra celebración del Día del Libro, os quiero mostrar lo que tengo en mis manos: el  borrador de otro proyecto.

Hoy por hoy soy consciente que este simple borrador es todo y es nada, que puede quedarse en ese estado el resto de sus días, y que tal vez, se quede olvidado en un cajón. Pero como siempre me ha gustado burlarme de mí mismo, y cuando el viento de levante sopla enloquecido agitando el flequillo que cae sobre mi frente, me vais a permitir que os muestre la ecografía de lo que viene en camino, y que si alguna vez es capaz de ver la luz, pues tendremos que ponerle un nombre.

UN LUGAR PARA LA DIGNIDAD

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Con la iglesia hemos topao. Y no con tal o cual iglesia, sino con la de siempre. Porque cuando nos referimos a ella, no hablamos de esas otras versiones o sucedáneos, sino de la iglesia de toda la vida de dios. Vaya por dios. La iglesia que tiene raigambre histórica en nuestro mundo, la de la vieja Europa. La que puso sus propios pilares en la construcción de ese otro mundo, llamado nuevo mundo, como conquistadores del proselitismo ideológico. Y más bien, económico.

Y es que ahora, por tan solo treinta euros, al parecer la iglesia se ha convertido en dueña y señora de la Santa Mezquita Catedral de Córdoba. O por mil duros, como seguro uno de esos que llevan sotana habrán pensado. Hay que reconocer que estos de la iglesia son gente ávida y espabilada. Tantos siglos de historia y a nadie se le había ocurrido inscribir a su nombre tan majestuosa construcción. Lo evidente había dejado de serlo y ahora nos tiramos de los pelos por no haber estado más picaros que ellos. Y es que hay que ser fraile antes que cura. Supongo que la jerarquía eclesiástica se acordó de aquello de que a dios rogando y con el mazo dando, y pensó que si la Mezquita de Córdoba era patrimonio universal de la humanidad, más universal y humano -y espiritual- que la iglesia no existe nadie, y por lo tanto, tendría más derecho que ningún otro, a inscribir a su nombre dicho monumento. Patrimonio de la humanidad.

Desde aquí tengo que mostrar mi agradecimiento a la UNESCO por ser el responsable de decirnos qué es y qué no es patrimonio de la humanidad. Tengo que agradecérselo porque nos hacen sentir un poco dueños de algo, que en muchas ocasiones no tendremos ni la oportunidad de visitar. Y al menos, nos queda el consuelo, de que nos hacen sentir que somos dueños ignorados de algunas de las mejores maravillas de este planeta, que al hombre o a la naturaleza se le ocurrió crear.

Pues visto lo visto, desde aquí y de manera humilde, me dirijo a la UNESCO para que si tiene a bien, inicie los trámites para que catalogue a un gran lugar, como patrimonio de la humanidad. Porque como ese lugar, existen pocos que visitar.

Eres ese lugar que a diario visitamos, y el día que no lo hacemos, lloramos a rabiar. Eres ese lugar, donde uno se encuentra consigo mismo, en pleno silencio y solo roto por el sonido de pequeños recuerdos y de la lluvia que dejamos caer. Eres ese lugar, donde la cultura corre sin cesar, porque no me negarás que sobre ti, hay gente que lee, desde la prensa diaria, las revistas del corazón y la alta literatura de escritores de renombre o que lo buscan con tanto afán. Eres ese lugar, donde todos somos iguales. El único sitio donde la dignidad se queda desnuda. Eres vertedero del mundo desarrollado, pero donde todos nos sentimos en esa soledad de que no somos nadie, o que si lo fuimos, sentados sobre ti, la volvimos a recuperar.

Por ello, desde aquí pido a la UNESCO que declare a la taza del váter, o del water, como dirían los anglófilos, como Patrimonio de la Humanidad. Por cierto, no vendría nada mal que el Papa Francisco intercediera ante las fuerzas divinas para que no quedara sólo en un milagro.