CANCIÓN DE CUNA

Cuando en su día abrí en este blog la sección sobre las Canciones para el Viaje, esas que nos acompañan por el recorrido a través del mundo de los recuerdos de nuestra vida, siempre tuve presente que las canciones de cunas, las nanas, tenían que tener su propio hueco en este rincón.

Es muy probable que nuestro consciente no recuerde esos instantes, en los que al irnos a dormir nos susurraban cantando una canción, que nos llevaban al mundo de los sueños. Pero que nuestro consciente no sea capaz de recordarlo, no significa que nuestra memoria lo haya olvidado.

NOCHES DE CAOBA

 

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Naciste en la madera rota del tiempo.
Alcohol derramado en la piel
de cristales que se quiebran en la copa,
de tu aroma se llena el aire.
No buscas sueños, ni otros mundos donde vivir,
eres infierno oculto de un falso paraíso.

Sientes la intimidad de la noche,
de realidades escondidas detrás de cada sorbo
como naipes mezclados que desvelan la vida al azar.
Perfumado líquido de ebrio final,
dejaste calles vacías de silencio, ¿qué fue de la noche?
Niños vestidos de hombres, frontera de juventud,
oscura inmadurez de ojos fugados de la infancia
que el atardecer se llevó en el horizonte.

De bar en bar, tinieblas con olor a tabaco,
atmósfera de ahogo. No escuchas la música,
pentagrama de sordas letras perdidas. Ruido,
en barras húmedas de estúpidas risas de nostalgia,
lágrimas secas del anhelo
caen al suelo atrapadas en la voz de unos labios callados.

Esquinas impúdicas de noctámbulos, rincones
de pasos caídos en el olvido.
Cálido amanecer invernal, frías noches de verano.
Se desliza por la garganta, seco, dulce y ardiente,
elixir del olvido, verdugo de recuerdos arrastrados en el fango.
Observo el distorsionado cuerpo del amor
entre las gotas que descienden por las laderas de la oscuridad.
Noches de whisky caoba dejaron una secuela,
varado en la orilla del olvido, un recuerdo que dejó atrás su final.

¿QUIÉN TIENE PRIORIDAD….O QUÉ?

 

la foto

He dejado la pistola en la taquilla. Después de ocho horas apoyada en la cadera, vuelvo a sentirla entre mis manos. Es silenciosa, fría, pero siempre me recuerda que allí se encuentra, durmiendo expectante. No sé si ella deseará algún día hablar, o permanecer muda durante toda su vida. Lo cierto, es que desde hoy me acompañará cada día, y ella será esa viajera callada que espero nunca diga una palabra, porque su palabra, después, sólo traerá silencio.

El sargento se ríe. Su mirada tiene esa mezcla de burla y compasión. En sus ojos ya se comienza a notar ese cansancio que un día abrió la puerta de la rutina. El tiempo se ha convertido para cada uno de nosotros en un telescopio de perspectivas. Él se jubila mañana y hoy es mi primer día de patrulla como policía local. Es el encuentro de la mirada serena con los ojos inquietos de la juventud. Y la tarde, hoy ya ha dejado de serlo para ser noche. Son las ocho y es curioso como hace un mes la luz aún inundaba cada rincón de la ciudad, y ahora se ha transformado en una oscuridad que permanece cerrada, como si hubiera olvidado la luz que había sido hace tan solo unos días. Quizás las horas también sean víctimas del tiempo.

Comienzo a redactar mi primer atestado. Es algo así como un diario de sucesos de mi jornada de trabajo. El día, la hora, la identificación de dos vecinos que hasta ayer, cuando nos cruzábamos, yo no era nadie, y sin embargo, hoy me convertido para ellos en un testigo incómodo, un juez que ignora de la justicia y que debe ser únicamente instrumento de la ley. Quiero ser prudente, que las palabras que aparezcan en ese papel que llevará mi firma, sean leales a la realidad, a esa realidad que cada uno vemos, y que igual tampoco sé reconocer.

Eran las tres y media de la tarde. Las calles de esta ciudad a esa hora guardan la soledad en un tiempo detenido, y esperan pacientes hallar su sonido en ese encuentro con el regreso al bullicio de la hora del café. Una intersección, dos calles que se cruzan. El bar de la esquina está cerrando esa persiana de metal. Un ruido que rompe el silencio de ese encuentro de dos calles que cada una de ellas nos llevan y nos traen a cualquier lugar. El sonido de un televisor de fondo. Las noticias de un telediario. Ya no existe soledad, dos extraños se  encuentran en la intersección de la calle Argüelles con San Rafael. Dos gritos, dos lamentos. Dos golpes sordos se escuchan entre ellos. Levantan las miradas. Se miran con desdén. ¿Quién tiene prioridad? Han sido dos zombis tecleando sus móviles que se han cruzado sin mirar.

Termino de redactar el atestado. El sargento sigue sonriendo sin parar. Y ahora me pregunto que quizás no sea quién, sino qué será lo que tenga prioridad. El tiempo que se nos va, y aquellas calles que se cruzan y que nos hacen detenernos sin saber si realmente no será más importante observar.