Dice un maravilloso proverbio chino que “si corriges al sabio, lo harás más sabio, pero si corriges al necio, lo harás tu enemigo”. No puedo estar más de acuerdo, incluyéndome en la banda lerda hasta hace poco tiempo (lo cual no implica sabiduría actual). Por fortuna, las cosas van cambiando al respecto, y es que la edad, la madurez, te deben de servir para algo más que perder y añorar: te deben de servir para reflexionar y mejorar. Para corregir.
Antes, hace apenas dos anuncios, si alguien llamaba la atención sobre un defecto mío, la ira se apoderaba de mí (probablemente porque había dado en el clavo) y reaccionaba como la niña pequeña a la que se deja en evidencia por llorona, mimada o egoísta. Ya si consideraba que esa persona erraba en la acusación (también se han equivocado los otros), el enfado subía enteros, y el bloqueo físico y psicológico era inmediato. Nunca he sido de montar escenas, sino más bien de huir por la izquierda…
Ahora, al tiempo que pierdo vista física a todo meter, que gano arrugas, manchas, canas y cansancio, descubro la claridad mental (aún mejorable) que otorgan la edad y la experiencia. Me sé e intento no engañar al espejo, consiguiendo sonreír ante actitudes ajenas que antes me eran muy propias. ¿Que te acusan de poseer un gran ego? Es posible. Gajes del oficio y de esta vida enredada y comparativa que llevamos. ¿Que no llenas aforos porque no eres una gran persona? Es probable. Pero quizá también sea (solo quizá) que no eres falsa, ñoña ni pelota. ¿Que no pillas el sarcasmo y pecas de una inocencia anacrónica? Sin duda. Ahora mismo, ser “prima hermana” de “Sheldon Cooper” tiene su punto. ¿Que te lanzan una indirecta con la maldad de la bruja de Blancanieves? Pues no se destierra a “la madrastra”; se comprende su situación y se ignora un tiempo prudencial, hasta retomar el contacto. ¿Que te ningunean y no sabes por qué? Se reflexiona sobre la posible causa, y se intenta arreglar la segura parte que te corresponde.
Algunas veces cuesta mantener la calma y el respeto ante la ofensa y la injusticia (así consideradas de forma subjetiva, claro), pero no es más que un reflejo de la propia inseguridad. De la inmadurez. Del miedo. De la incorrección. De la frustración con una misma. Un rescoldo de aquella niña pequeña enrabietada, porque no consigue imponer su voluntad frente a todos.
Y ya, para finalizar… a los cincuenta años… ¿quién, en su sano juicio, querría seguir siendo necia y enemiga?
P.S.: Disculpad la clave femenina y personal del discurso, pero he querido ser sincera y solo así podría serlo. Gracias, además, a Juan Antonio por su espacio y apoyo.
Cuando recibes un mensaje de alguien a quien admiras y te pide, con esa dulzura que le caracteriza, ser la primera en estrenar una de las secciones de su nuevo blog, no puedes pensar en otra cosa en si estaré a la altura de sus expectativas. Por supuesto, no me lo pensé y le dije que sí, un sí rotundo porque para mí es todo un honor escribir en este blog, Tarayuela, y más cuando se trata de alguien que siempre ha estado cuando lo he necesitado, para lo bueno y también para lo malo.
Todo cambia. Dices que es una expresión muy manida. Yo no lo creo, Juan Antonio, porque cambiar es de valientes, de inconformistas. Cambiar es vida, porque cambiar forma parte de la vida. Y cambiamos porque estamos vivos. Este nuevo navío que zarpó el día 20 de enero de 2017, al que llamas Tarayuela, es ante todo un gran navío, uno de esos especiales y valientes que ponen rumbo a lo desconocido, lleno de ilusiones y cambios.
Ya hace muchos años que empecé a leer lo que, en sus comienzos, Juan Antonio escribía detrás de esas hermosas y coloridas máscaras que adornaban mi TL (así se dice, ¿no?); después, fueron esas reflexiones que me encandilaron tanto que, aun después de plasmadas en su libro Historias de una casapuerta, leídas y releídas, sigo encontrando en ellas eso que reconforta a todo buen lector: sentimientos que llegan hondo.
Y es que la literatura es así, debe ser así. Y tú, Juan Antonio, haces literatura.
Muchas veces no nos damos cuenta del amplio significado que tiene el término y que va mucho más allá de leer y escribir. La literatura es tal cuando genera satisfacción y placer en el lector y en este blog hay una dosis bastante alta de esos dos sentimientos que implican la necesidad de seguir leyendo, de seguir alimentando el alma. Porque en eso consiste ser escritor, en alimentar el alma de los lectores. Suscribo una reflexión que leí en una novela de Joêl Dicker: No se es escritor necesariamente cuando uno ha escrito un libro, ni dos, ni siquiera diez, se es escritor cuando los demás te llaman escritor. Y para mí, Juan Antonio González, aunque no te guste esa etiqueta (algo que me ocurre lo mismo a mí), tú eres un escritor.
El oficio de escritor es el más solitario que existe. Necesitamos aislarnos del mundo que nos rodea para imaginar, en primer lugar; y, después, para plasmar en el papel lo que hemos imaginado. Es curioso como esa soledad se hace evidente incluso en compañía: nos aislamos mentalmente en nuestro mundo inventado. Haciendo una analogía con un término sicológico que se empezó a utilizar para las TIC, ese estado en el que nos encontramos se denomina “estado de flujo” y durante el mismo estamos concentrados en una actividad, absorbidos por ella de tal forma que somos incapaces de ver o percibir lo que ocurre a nuestro alrededor. Esa soledad es lo que lleva al escritor a la necesidad de una cierta interactividad con el lector, y un blog de literatura, como este, es una de las mejores maneras para hacer efectiva esa interrelación. Es como rememorar o inventar una historia y contarla.
El escritor es también lector. Esta idea me recuerda una cita del escritor y académico jienense Antonio Muñoz Molina: “El oficio de lector es más placentero y confortable que el de escritor, dado que escribir tiene mucho de trabajo, mientras que la lectura es un culminación de la pereza”. Juan Antonio, me consta que eres un gran lector, por eso eres un buen escritor.
Sin lectores no hay escritores, eso es un hecho. Pero es que, abundando aún más en el concepto de lector, un libro es tantos libros como lectores tiene y cada lector lo hace suyo cuando lo lee porque hace suya la historia, y transforma y ve a los personajes como le dicta su imaginación. Y si un libro es leído una segunda vez por el mismo lector, en épocas diferentes de su vida, se le suele dar otra connotación diferente a la primera. Y eso es lo que me a mí me pasó con Historias de una casapuerta, un magnífico libro de relatos y artículos que vieron la luz en ese primer blog de Juan Antonio, titulado Reflexiones en cada estación, y que me atrapó ya para siempre. En el libro hay relatos que los leí en su momento y al volverlos a leer más tarde le encontré un sentido diferente. Es el caso, por ejemplo, de El andén.
En este punto, me gustaría hacer un inciso y recomendar encarecidamente la lectura de Historias de una casapuerta, editado por Libros.com, porque tened por seguro que os encantará.
Otra de esas cualidades que todo escritor debe tener y que a Juan Antonio, por supuesto, no le falta, es su imaginación. Dijo Cervantes, por boca de su trapacero Sansón Carrasco, que hay una diferencia clara entre un historiador y un poeta (o escritor): el primero escribe las cosas tal y como fueron, mientras que el segundo las canta o las cuenta como pudieron o debieron ser. Si tomamos como punto de partida un hecho real para escribir una novela, siempre intentamos buscar ese espacio vacío en la historia en la que inventar algo, ya sea un pasaje o un hecho que nuestra imaginación cree que pudiera haber ocurrido de la manera en la que lo estamos contando. Juan Antonio escribe una historia y los lectores al leerla nos preguntamos si es ficción o no, o que parte de ficción y que parte de realidad hay en ella, o incluso si hay algo autobiográfico. Todo un misterio. Bendito misterio que hace que volvamos a visitar el blog para leer más y más.
Un escritor no tiene que vivir las historias para poder escribirlas, ni tampoco las busca. En cualquier parte hay buenas historias. Lo único que hay que hacer es mirar y aprender a mirar. Cuando leemos algo que ha escrito Juan Antonio nos damos cuenta de que es un buen observador de la vida, de la sociedad, de todo lo que nos rodea. Las historias no se buscan, se encuentran y se cuentan si merecen la pena contarlas y eso hace Juan Antonio con sus relatos e historias. El escritor y periodista Justo Navarro dijo: “El novelista se parece al detective privado: ve más que otros porque mira con más atención”.
Por último, he descubierto otra cualidad de Juan Antonio para decir a los cuatro vientos que para mí es un ESCRITOR y es que no lo cuenta todo. La “palabra en blanco” o “espacio en blanco”, como se quiera denominar, es muy importante. No hay que darlo todo hecho, hay que dejar algo para alimentar la imaginación del lector. Él es el que debe terminar la historia. Siempre he sostenido que una novela la empieza el escritor, pero la termina el lector, y tendrá tantos posibles finales como lectores tenga. Si no lo habéis hecho ya, os animo a escoger cualquier relato contenido en Historias de una casapuerta y descubrir lo que estoy diciendo por vosotros mismos.
Y para que el lector de esta entrada, de la que Juan Antonio me ha concedido el honor de hacer, haga uso de su imaginación, qué mejor que terminar con Cervantes, quien pretendía que se le reconociera o se le recordara, no por lo que había escrito, sino por lo que había dejado de escribir. Y hay mucho por decir de Juan Antonio y sus letras.
Todo cambia, dice la canción de Mercedes Sosa. Cambia de nave, cambia de ruta, cambia de travesía, cambia de océano, cambia de vela si quieres, pero tú no cambies nunca, marinero.
El pasado veinte de enero, con algo de nocturnidad, y eso sí, con mucho de alevosía, Tarayuela zarpó de ese puerto donde la imaginación y la realidad se abrazan, donde la soledad pierde su nombre para encontrarse con ella, y donde los miedos se vuelven más miedos. La fecha elegida no fue casual. Como tampoco lo es, que esta entrada en el blog supone el verdadero inicio de esta nueva travesía, porque es en este momento, cuando realmente soltamos amarre y este navío comienza a alejarse de la tierra y sentir como el viento de levante, que ahora apenas es una brisa, acaricia sus velas; y como las olas, baten la proa de este barco.
Y digo que hoy comienza este viaje, porque hablar de Tarayuela no tiene sentido, si no hablamos antes de ella. Porque hablar de las raíces y del arraigo, del esfuerzo y la constancia, de la humildad, de la pasión y de la vida, y como no, del amor, no podría hacerlo sólo hablando de la Tierra, sin antes referirme a la Mar. A ese Mar donde Tarayuela se asoma cada día, y como decía días atrás, siente el aroma de las rocas corraleras que la acarician convirtiéndolo en un lugar especial. Y es que las dos, la Mar y Tarayuela, tienen nombre de mujer: Josefa.
No me pregunto qué habría sido de Manuel sin Josefa, y de ella sin él. Lo que me pregunto es qué habría sido de Tarayuela sin ellos dos. Porque Tarayuela es lo que es, gracias a esos caminos que ambos emprendieron un día de la mano. Hago aquí un breve apunte para decir que la dedicatoria de Historias de una casapuerta que aquí transcribo para aquellos que no la conozcáis: A mis padres, dos funambulistas de la vida que sabían que el equilibrio sólo se conseguía a través del amor, ya abrió, sin yo saberlo, la esencia del viaje que aquí comenzamos en este blog llamado Tarayuela. Y es que ambos han demostrado que el amor era lo único que ha sabido sostener el complicado equilibrio de los pasos que se dan en ese alambre en el que se convierte la vida.
Muchas fueron las horas de conversaciones, tanto al abrigo de las frías mañanas de un mes de enero, como bajo una higuera buscando el fresco de los calurosos mediodías de un mes de San Juan, en las que él me hablaba de ella, con su voz grave rompiéndose en recuerdos que por su mente se cruzaba y que quería callar. En aquella infancia comprobé como las palabras no sobran, pero que, a veces, necesitan no ser pronunciadas cuando unos ojos, que ya denotaban el paso del tiempo, se llenaban de lágrimas al pronunciar el nombre de ese Mar que aquí tiene nombre de mujer.
Alguna vez me confesó que nunca le llevó un ramos de flores, y que nunca le escribió una carta de amor. Que nunca le cantó una canción, porque quien susurraba canciones siempre era ella, y él callaba para poderla escuchar. Con aquellas palabras comprendí que el amor no se guarda en el aroma de unos pétalos que se marchitan a los pocos días, ni se esconden en una tinta que el tiempo se encargar de difuminar, ni que la música tiene las únicas notas de amor. Como alguna vez me dijo, no hay que hablar de ella, sólo hay que estar a su lado para comprender lo que significa amar.
A mis padres, dos funambulistas de la vida que sabían que el equilibrio sólo se conseguía a través del amor
Y ahora sí, Tarayuela se pone en marcha y lo hace para hablar de la vida, de lo cotidiano, de lo que nos rodea, de lo lejano y más cercano, de lo que nos preocupa, de lo que observamos, y de lo que no queremos mirar. Pero con el permiso de mi Padre, Tarayuela se pone en marcha con una canción que habla de la Mar, que aquí tiene nombre de mujer: Josefa.