La palabra

¡Palabras escritas!

Atadas a una línea,
presas de un camino
sobre sangre tintada.
Palabras escritas encadenadas a sus recuerdos,
desesperan encontrar unos labios
que muestren su libertad.

¡Palabras habladas!

En sus letras hilvanadas
desespero en silencio escuchar su voz,
la que calma mi mirada ausente.
Palabras habladas que encuentran en sus sonidos
aires de libertad.

¡Palabras escuchadas!

En sus oídos encuentran el cobijo
de un palacio que lo convierte en su hogar.
Que atemperan el dolor de la soledad
en la alegría de un encuentro
del silencio con la voz.

¡Palabras sentidas!

El silencio es el respeto a la palabra,
la que envuelve los sentidos y revela los sentimientos.
La palabra es el sueño caminante de esta realidad,
fidelidad de un presente,
esperanza de un futuro.

Sobre mi piel escribí aquella palabra, aquel recuerdo esclavo de un pasado, que un día encontró la libertad en tu voz, que halló el descanso en tu virtud de saber escuchar, y en el que el silencio se hizo cómplice y susurro de una palabra sentida,…llena de pasión.

Me siento un apasionado del silencio, de sus formas, de su contenido, de sus momentos, pero no puedo sino caer rendido a los pies de la palabra, de las muchas veces olvidada y menospreciada palabra. Tenemos el don de poder utilizarla, como herramienta de esperanza y bondad, pero desgraciadamente maltratamos e incluso olvidamos su uso en los conflictos y en las discusiones, para llegar a despreciarla y lamentablemente alcanzar la violencia, en cualquiera de sus ámbitos, con lo que ello se convierte en el mayor ultraje a la palabra.

Desde aquí quiero entregarte mi admiración, mi reverencia, a las diferentes formas de expresar la palabra, a la escrita, a la hablada, a la escuchada,….a la sentida…..

A ti, querida PALABRA.

María

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Aquella noche los llantos que venían de la habitación contigua a la mía apenas me habían dejado dormir y el colchón de la cama era tan duro que me resultó prácticamente imposible conciliar el sueño. La alarma de mi reloj sonó a las siete de la mañana y,… apenas me eché algo de agua en la cara para refrescarme, bajé a estirar las piernas y tomar algo de aire. Mis dedos buscaron en el bolsillo de la camisa el paquete de cigarrillos, sin que se percataran que la noche anterior los tiré al cubo de basura,…había decidido dejar de fumar.

El frío de aquella mañana hizo que volviera a entrar y me sentara en la enorme sala de espera de aquel edificio que había sido diseñado por un joven arquitecto recién licenciado. Tan pronto comencé a ojear la portada del periódico, las puertas mecánicas se abrieron y apareció ante mis ojos una joven que provocó un gran revuelo. De repente, se hizo un murmullo de alegría entre el personal que había en recepción, la rodearon inmediatamente y comenzaron a darle besos y caricias. Al principio, y con el jaleo que se había formado, apenas me percaté, pero en aquel instante comprobé que aquella mujer estaba en un avanzado estado de gestación.

María había terminado la licenciatura de Historia del Arte hacia tan solo un año y había decidido tomarse un tiempo para reflexionar sobre lo que quería hacer con su vida. Justo el día que recibió los resultados del examen de la última asignatura de la carrera, su novio, desde que tenían quince años, le mandó un SMS para decirle que la abandonaba. Era una joven extremadamente atractiva, de mediana estatura, su cabello de color rojo cobrizo cortado por encima del hombro y sus enormes ojos azules hacían que no pasara desapercibida para todo el que se cruzaba con ella.

En un instante, María se quedó a solas con dos hombres y dos mujeres que se acercaron a ella sonriendo, y los cinco se fundieron en un abrazo durante segundos que se convirtieron en minutos. Una gran descarga de luz había entre ellos, se irradiaba mucho amor en las caricias que se entregaban. Y allí me encontraba, ignorante de lo que estaba sucediendo, espectador de unas escenas de amor y cariño que jamás había visto.

Aquel encuentro quedó roto con la llegada de don Roberto Peláez. A sus setenta años continuaba todavía pasando consulta y había decidido que su carrera como ginecólogo había llegado a su fin, y …aquel sería el último parto al que asistiría.

_ Vamos- le dijo don Roberto.

Tomó de la mano a María y con la gentileza habitual que le caracterizaba, el doctor hizo que ella pasara antes que él por aquella puerta que daba acceso a un largo pasillo. Detrás de ellos, aquellos cuatro extraños iban cogidos de la mano, y accedieron también por aquel pasadizo iluminado por la luz natural y que llevaba como destino a los quirófanos del Hospital La Generosidad.

A las doce la mañana de aquel viernes se había programado el parto. Con su bata verde y un gorro con los colores del arco iris, el Dr. Peláez entró en aquel escenario donde la vida tiene su luz. Sonriendo, María tomó la mano del doctor en busca del último momento de complicidad que durante los nueve meses habían mantenido. Tras veinte minutos, una canción en forma de llanto se escuchó en aquel paritorio, los pétalos de una flor se abrieron a la vida. Esperanza, con tres kilos y medio de peso y su pequeña cabeza llena de un cabello negro, movió sus diminutos labios y pareció regalar su primera sonrisa al mundo. Aquellos dos hombres se abrazaron con María, mientras las dos mujeres, con lágrimas en sus ojos, se acercaban con Esperanza junto a ella.

Al día siguiente y cuando el reloj que había en la sala de espera marcaba las tres de la tarde, me encontré con María en el jardín que había en el interior del hospital, paseando en soledad entre aquellos arbustos, con un libro en sus manos. Su rostro desprendía una gran serenidad, una enorme sensación de paz. Al cruzarnos, su mirada se clavó en mí, y me regaló la sonrisa de un verdadero ángel.

A las doce de la noche de aquel sábado de Nochevieja, mi esposa dio a luz a nuestro primer hijo, Jesús, un niño muy deseado, buscado con todo el amor. Al cabo de tres horas, al llegar a la habitación, me encontré sobre la cama el libro que sostenía María en sus manos aquella tarde y junto a la dedicatoria que aparecía en él, un texto que decía:

Para vosotros con todo mi cariño.
Esperanza ha nacido del amor de dos madres,
de la semilla del afecto de dos hombres
y yo…yo únicamente me limité a dar cobijo
durante nueve meses a la más hermosa de las flores.

En aquel instante comprendí el valor de la generosidad, de como en estos tiempos que corren todavía existen personas que ayudan a otras a alcanzar un sueño, a que ese sueño se convierta en realidad. En ese momento entendí que aún nos queda mucho que aprender, pero que podemos seguir confiando en las personas.

El pintor del techo

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Hoy el presente se me acaba de transformar en pasado.

Hace un mes que llegué a mi nuevo hogar y ahora es cuando he empezado a habituarme a él. Los primeros días extrañaba aquella casa, de una gran belleza exterior, pero que escondía un interior agónico. Era fría, desoladora y el silencio llenaba de su sonido aquellas enormes habitaciones. A través sus grandes ventanales veía pasar a diario a todos aquellos desconocidos, que deambulaban por caminos perdidos,… acompañados con su soledad.

Cada noche tardaba en conciliar el sueño y cuando lo hacía, mis pesadillas apenas dejaban hueco al descanso. En mi cabeza siempre llegaba el mismo pensamiento, imaginaba que cada día tenía que pintar de un color diferente el techo de mi nueva casa. Aquella idea me evadía, me alejaba de este mundo, entendía que era la única salida para encontrar la paz que la noche me robaba a diario.

En el ruidoso silencio de la noche, el paso de las horas era roto por las campanas del reloj de aquel vetusto edificio y cuando marcaba las seis de la mañana, mis ojos se abrían al mundo, después de una noche tras otra de vigilia. Cada mañana, al despertar, permanecía inmóvil durante unos minutos observando el techo de aquella enorme habitación, que caía sobre mi cabeza sin concederme el perdón por los pecados que había cometido.

Jamás olvidaré aquellas lágrimas que cayeron sobre mi cuerpo abatido por el cansancio, humedeciendo mi rostro roto por el dolor, aquel llanto atronador que asustó a los sueños que viajaban cada noche bajo la oscuridad de aquel techo pintado de negro.

Coloreé el techo de arco iris, con la ilusión de regalar una sonrisa, pero las miradas de aquellos cuadros pintados bajo la indolencia de un desprecio, ocultaban la alegría de aquella casa.

Los días comenzaron a pasar y el color de aquel techo cambiaba de color. El gris se hizo negro, el negro se convirtió en naranja para hacerse amarillo, y al final siempre….siempre quería alcanzar el azul. Aquel techo me enseñó los colores de la vida, me mostró su cara más tenebrosa, su rostro más meláncolico, su máscara de la ilusión por nacer, su luz, la vida.

Hoy este presente se me acaba de transformar en pasado, ya he dejado la calle, he vuelto a mi hogar, he encontrado un techo que no cambia de color, pero que sí me protege, que me ayuda a vivir. He vuelto a recuperar la ilusión, observar el color de la vida. He conocido los colores de un techo, de un cielo que nos protege, pero que también nos desampara.