ATRAPADO POR EL TIEMPO

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Es temprano, bueno creo que no tanto. Hora de desayunar. Una tostada con aceite, un zumo de naranja y un café. Solo,…sí desde hace unos días sólo desayuno con la compañía de la radio y el periódico.

Son las doce de la mañana. Hace calor. Desde la ventana de la oficina el tráfico se ve intenso. Ha sonado el móvil. Se corta la llamada. Suena otra vez. La melodía del móvil es diferente cuando tú llamas. No eres tú.

Es viernes, es la hora de nuestra cerveza, de compartir ese aperitivo en el bar de siempre. De charlar, de contarnos como ha ido la semana. De reírnos un rato. De hablar de los recuerdos y enterrar los olvidos. Ha sonado el móvil. Eres tú. La cerveza pierde su espuma, se calienta. No llegas.

Te he llamado. Tres, cuatro, cinco tonos. Ausente. El buzón de voz me ha contestado, hablar con esa máquina, hablar para el silencio. Tu voz me gusta más. Creo que el café de esta tarde lo tomaremos otro día.

Anochece, resfresca, el día se acaba, los ojos están cansados. En la calle hay fiesta, en la casa silencio. Suena el móvil. Un whatsapp. Eres tú. Sonrío. Lo miro y ese mensaje: «discúlpame, es que no tengo tiempo».

¡No tengo tiempo!, ¡no tengo tiempo!, ¡no tengo tiempo! Malditas palabras que se repiten en mi cabeza, que ahogan mi respiración. Lágrimas.

Tus disculpas han terminado con nuestra amistad. Esa estúpida excusa de decir que no tienes tiempo, es una excusa poco elegante de ti. Todo cambia, nada será igual.

Ya no tienes tiempo.

Ahora he comprendido que ya no soy un tiempo para ti.

Nota.- Despierto en la madrugada, te envío un SMS: Mañana te llamo.

TACONES AL AMANECER

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El amanecer se adueñó poco a poco de la habitación, sintiéndose protagonista de los sueños que cada noche deambulaban por la casa, y la luz, que entraba tímidamente y de forma tenue entre las cortinas que estaban levemente echadas, hacía que el dormitorio tomara a esas horas unas tonalidades azuladas, que daban un ambiente de frescor a las mañanas tan cálidas de los primeros días del mes de julio. El silbido del viento era el único sonido que se cruzaba en el camino del silencio, con esa caricia que sólo el aire es capaz de regalar a un mundo callado.

En el suelo, descansaba arremolinada como huellas en el camino, la falda, la camisa blanca de seda y su ropa interior. Como una cascada de agua, las sábanas arrugadas descendían por los pies de la cama, convertidas en testigos de la locura en la que habían entrado sus cuerpos aquella noche. Y en el silencio de la mañana, desnudos sobre aquel lecho, el abrazo eterno soñado se deshacía por momentos, y sólo sus piernas se encontraban aún entrelazadas, atadas entre aromas de deseo y pasión, en la calidez de dos pieles que se habían entregado al engaño de la oscuridad.

Mientras el sueño había atrapado aquellos dos cuerpos, la mano de él permanecía inmóvil sobre el muslo de ella, sólo los dedos se movían bajo pequeños impulsos desconocidos, convertidos en unas leves caricias inapreciables por unos sentidos que parecían quedar inertes durante el tiempo en el que los dos permanecían unidos. En ese momento ella comenzó a despertar, su mirada se clavó en los ojos cerrados de él, en aquel rostro sereno que se había llenado de vida con una insinuante sonrisa que despertaba de sus labios y que guardaba aquella noche como un recuerdo infinito.

Ella volvió a cerrar los ojos por un instante, queriendo dar vida nuevamente a lo ocurrido aquella noche y revivir esos momentos que se habían convertido en la expresión del verdadero amor. En la penumbra de la madrugada, no encendieron las luces de la casa, y de forma apresurada comenzaron a quitarse la ropa el uno al otro, entre besos que rompían los labios enrojecidos de placer. Desnudos,…ambos cayeron en la cama mientras se besaban y sus lenguas se enredaban para no separarse. Sus ojos se abrían y cerraban, se miraban con esa tensión que sólo los cuerpos comprenden en ese momento, y ella lo tumbó en la cama y se sentó sobre él. Mientras él la sujetaba por las nalgas con fuerza, ella comenzó a agitar sus caderas, en movimientos suaves que poco a poco comenzaron a ser convulsos. Él la penetraba sin parar, acariciando sus senos erguidos, y ella, mordiéndose los labios, revolvía sus manos entre sus cabellos, gozando de aquel instante, en aquel éxtasis de placer. Entre gemidos y jadeos, sus nombres encontraron la libertad en el borde de sus bocas,…María,….José…..

El efímero viaje de treinta segundos de recuerdos llegó a su fin. María abrió sus ojos con una tímida sonrisa, recordando aquellos instantes vividos, donde la pasión, la locura, el calor y el desenfreno se convirtieron en la envoltura, la esencia y una constante en sus vidas. Ahora, la mirada sexagenaria de María y José revelan la pasión, el sexo y el amor con otro color. Aquella madrugada de locura de hace cuarenta años se transformó esta noche en caricias, besos y en juegos de palabras al oído; en miradas abrigadas por el silencio, en los roces de una piel que en su día mostraron el esplendor de la vida y que hoy dibujan los difíciles caminos que han recorrido. La pasión de esta noche se llenó de amor.

ABRÁZAME

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¡Abrázame!
Noche errante entre caminos noctámbulos,
envuelto en la piel de la soledad
y el silencio como palabra,
arráncame de este amanecer.
Quítame el aire de la mañana,
frío en la incipiente primavera.

Tu cuerpo, un deseo perdido,
isla virgen de los sueños,
armadura de recuerdos y olvidos.
¡Abrázame!

De la oscuridad, ¡sácame!
Codicia de tus abrazos,
sentir la fuerza y el poder de tu piel.
Volver a perder la inocencia rota de una noche con luna,
pies descalzos de dos cuerpos en uno
entregados a una mirada de pasión.

Y al llegar la noche,
en el naufragio de lo olvidos
no dejes al desvarío del odio los recuerdos
¡abrázame!