EN LA ESQUINA DEL TIEMPO

 

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Esquinas, mercancía de cuerpos.
Prostitutas deseadas por la codicia
de impúdicos callejeros.
Vestidos desnudos de sexo abandonado
por los ojos del desamor.
Vagabundos de trajes negros, mendigos
de la riqueza y vanidad.
Expoliados de la sociedad, la dignidad
callada, hombres y mujeres
sentados sobre basura de cartón,
entre miradas oscuras de los indiferentes
de la pobreza y la mendicidad.

Esquinas, escenarios escondidos
de bares y ventanas, balcones y rejas.
Cabinas de teléfonos
de llamadas efímeras, monedas
que atrapan la voz.
Buzones de cartas sin matasellos,
destinatarios que esperan las letras
escritas a mano, de un puño que abandona la soledad.
Cruces y caminos, idas y venidas.
Desencuentros del pasado,
en el presente los encuentros
de besos y abrazos que se llenan de amor.

EL MEJOR LUGAR DEL MUNDO

Existen lugares y hay LUGARES. Y estos, a los que me refiero, son de esos que se escriben con mayúsculas, porque en ellos se encuentran la sabiduría, la cúspide del conocimiento, la ciencia exacta y el pensamiento supremo. En definitiva, la verdadera esencia del ser humano.

A su alrededor se congregan los viejos sabios, los que llevan a sus espaldas la sabiduría que da el paso de los años. Y apoyado en él se concentran los jóvenes, estos adolescentes expertos que dicen conocer eso que se llama vida.

Presidentes del Gobierno, fontaneros y médicos. Todos se reúnen junto a él, para solucionar los problemas del mundo, para desatascar las cloacas de nuestra sociedad, y para sanar las enfermedades sociales.

Mecánicos, jueces y abogados…Sentados y de pie. Unos ponen en marcha las máquinas gripadas de inútiles carreras hacia destinos sin sentido. Y otros,… otros imparten la justicia de la sabiduría popular ante un sinfín de falsarios ignorantes que dicen saber del Derecho, que muchas de las veces se escribe en renglones torcidos.

Es ese lugar donde pudieron nacer las guerras, pero donde también se selló la paz. Donde el desamor se perdió en más de una noche, para encontrar con el paso del tiempo, el propio amor.

Es el mejor lugar del mundo. El lugar donde todos nos exhibimos como los únicos sabios que sabemos encontrar las soluciones a los problemas. Donde todos sabemos de todo, pero donde todos nos perdemos en nada, salvo en el amor. Es el mejor lugar del mundo, es la barra de un bar, la de cualquier bar.

 

 

TODOS SOMOS EMOTICONOS

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Me hubiera gustado ver las caras de los doce apóstoles. Ser testigo de las miradas, las voces y los silencios de los seguidores de Jesús. Los rostros de aquellos hombres que tras los pasos de un Mesías habrían mostrado gestos de admiración, miedo, tristeza, y quizás mucho de sorpresa. Lamentablemente no contamos con una imagen de aquellos instantes, pero si pudiera viajar en el tiempo, me hubiese gustado ser una cámara fotográfica, abrir el objetivo y retratar las expresiones de aquellos hombres.

Han pasado más de dos mil años y hoy sí podemos detener una imagen en el tiempo. En esta sociedad donde la comunicación visual se ha vuelto tan importante, incluso más que la comunicación oral, esos llamados a ser líderes sociales, ya sean en el mundo de la política, de la empresa o en cualquiera ámbito de nuestra sociedad, cuentan con sus fieles seguidores, porque sin ellos, no serían nada, ni nadie. Estos apóstoles de la modernidad, de este nuevo mundo donde la tecnología, la inmediatez, la brevedad, lo efímero, la apariencia y la fácil palabra que sirve igual para un discurso pronunciado por unos que por otros, es aplaudida y vitoreada por esos personajes secundarios, en la gran mayoría extras de una película, en la que todos hemos participado en alguna ocasión.

Supongo, y como no puede ser de otra manera, que en todo ese juego de la comunicación, las estrategias han cambiado con el paso de los tiempos. Todavía existen líderes que se suben a un escenario y permanecen en esa extraña soledad, que se mueven por unas tablas donde los atriles del pasado ya han desaparecido, y no sólo lanzan mensajes orales, sino unos mensajes gestuales que quizás hayan tomado incluso más importancia. Pero junto a ese tipo de líderes que aún adoptan estas formas de expresar su liderazgo, hoy nos encontramos con otros muchos que aparecen públicamente rodeados de sus apóstoles. Esos altivos predicadores cuando comienzan a pregonar sus discursos, se encuentran amparados por esos idolatras que aseveran con sus miradas y sus gestos, con sus expresiones faciales, cuantas palabras salen de los labios de esos «maestros del presente».

Hoy ejemplos de ese tipo de personajes secundarios los estamos viendo a diario en muchas ruedas de prensa, «improvisadas». Quizás sea más visible en el ámbito político, pero que no faltan en otras esferas de nuestra sociedad en la que los líderes rodeados de sus acólitos, son ayudados a escenificar sus gordas y fáciles palabras gracias a estos extras que los acompañan a su alrededor y que aunque ahora pretendamos negarlos, en algún momento todos hemos sido, y seremos, emoticonos de esos líderes que pretenden guiarnos en un camino que al final todos tenemos que construir.