ACARICIANDO PALABRAS

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Acabo de colgar el teléfono. Cuarenta minutos con el auricular pegado a la oreja. Cuarenta minutos donde su voz no ha dejado de sonar. El calor aún aprisiona las sienes de mi cerebro y por mi cuerpo resbala el frío, para caer al suelo de un otoño gélido. Era Carmela. Para su abuela, todavía es Carmencita. Esa Carmencita se convirtió en Carmela, y un día llegará que todos la llamemos Carmen. Como su madre. Siempre será nuestra niña convertida en mujer.

Hemos estado charlando un rato. De todo. De nada. Durante cuarenta minutos habrá estado tumbada en su cama. Moviendo sus piernas al aire. Bailando sin danzar. Mirando al techo con sus ojos clavados en las estrellas que un día le pintó su padre. Sus ojos marrones se habrán quedados abiertos observando la Estrella Polar. Su mirada se habrá perdido en esas constelaciones, que le dibujaron de pequeña mostrándole el norte en su camino, aunque haya tenido como toda adolescente, derecho a perderse en algún momento.

Ella en su habitación y yo….yo deambulando por las calles, intentando no regresar donde tenía que estar. Estábamos lejos el uno del otro. Distantes. Cercanos. Nos acercamos y nos distanciamos. Su voz se hilvana entre las ondas de dos teléfonos fríos. Viene y va. Son como las olas del mar.

La conversación ha sido a veces un monólogo.»¿A mí?, a mí no me digas nada, que yo lo he visto todo en esta vida». «¿A mí?, a mí nadie tiene que darme lecciones de nada». Esas han sido sus últimas frases antes de que su voz desapareciera detrás de ese aparato. Frases que esconden palabras, que resultan arrogantes en la voz de una mujer que acaba de cumplir la mayoría de edad. Frases que guardan palabras, que me recuerdan que la juventud conserva ese carácter indolente, y que a veces olvidamos los que ya tenemos una edad, y sin embargo nos gustaría regresar atrás.

Así es Carmela. Igual que el resto. Ella es como la gente de su edad. Pero es diferente, se ha vuelto distinta a las demás. Ella tiene esa edad en la que te deja una frase sin terminar, y no tiene reparo por acabar así una conversación. Ella tiene esa mirada, que te mira sin observar. Ella tiene esa parte de sabiduría que da la juventud, mezclada con la madurez que aún se encuentra desnuda.

Carmela no conoce el silencio, porque con su edad no ha aprendido a saber que hay palabras que navegan por el mundo sin necesidad de que sean pronunciadas. Y sin embargo, me habrá buscado, sin encontrar, en la foto que tiene en la pared de su dormitorio y me habrá dicho, que ella ya no necesita más, que ya ha visto lo que tenía que ver.

Todo son palabras. Incluso el silencio son palabras. Cuarenta minutos. Silencio. Hoy quisiera ser las yemas de tus dedos. Hoy quisiera que mis ojos fueran tuyos. Hoy quisiera que mi noche se iluminará con tus ojos apagados de luz. Hoy quisiera ser yo el que se pasara la vida acariciando las palabras con los dedos…

UN LUGAR PARA LA DIGNIDAD

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Con la iglesia hemos topao. Y no con tal o cual iglesia, sino con la de siempre. Porque cuando nos referimos a ella, no hablamos de esas otras versiones o sucedáneos, sino de la iglesia de toda la vida de dios. Vaya por dios. La iglesia que tiene raigambre histórica en nuestro mundo, la de la vieja Europa. La que puso sus propios pilares en la construcción de ese otro mundo, llamado nuevo mundo, como conquistadores del proselitismo ideológico. Y más bien, económico.

Y es que ahora, por tan solo treinta euros, al parecer la iglesia se ha convertido en dueña y señora de la Santa Mezquita Catedral de Córdoba. O por mil duros, como seguro uno de esos que llevan sotana habrán pensado. Hay que reconocer que estos de la iglesia son gente ávida y espabilada. Tantos siglos de historia y a nadie se le había ocurrido inscribir a su nombre tan majestuosa construcción. Lo evidente había dejado de serlo y ahora nos tiramos de los pelos por no haber estado más picaros que ellos. Y es que hay que ser fraile antes que cura. Supongo que la jerarquía eclesiástica se acordó de aquello de que a dios rogando y con el mazo dando, y pensó que si la Mezquita de Córdoba era patrimonio universal de la humanidad, más universal y humano -y espiritual- que la iglesia no existe nadie, y por lo tanto, tendría más derecho que ningún otro, a inscribir a su nombre dicho monumento. Patrimonio de la humanidad.

Desde aquí tengo que mostrar mi agradecimiento a la UNESCO por ser el responsable de decirnos qué es y qué no es patrimonio de la humanidad. Tengo que agradecérselo porque nos hacen sentir un poco dueños de algo, que en muchas ocasiones no tendremos ni la oportunidad de visitar. Y al menos, nos queda el consuelo, de que nos hacen sentir que somos dueños ignorados de algunas de las mejores maravillas de este planeta, que al hombre o a la naturaleza se le ocurrió crear.

Pues visto lo visto, desde aquí y de manera humilde, me dirijo a la UNESCO para que si tiene a bien, inicie los trámites para que catalogue a un gran lugar, como patrimonio de la humanidad. Porque como ese lugar, existen pocos que visitar.

Eres ese lugar que a diario visitamos, y el día que no lo hacemos, lloramos a rabiar. Eres ese lugar, donde uno se encuentra consigo mismo, en pleno silencio y solo roto por el sonido de pequeños recuerdos y de la lluvia que dejamos caer. Eres ese lugar, donde la cultura corre sin cesar, porque no me negarás que sobre ti, hay gente que lee, desde la prensa diaria, las revistas del corazón y la alta literatura de escritores de renombre o que lo buscan con tanto afán. Eres ese lugar, donde todos somos iguales. El único sitio donde la dignidad se queda desnuda. Eres vertedero del mundo desarrollado, pero donde todos nos sentimos en esa soledad de que no somos nadie, o que si lo fuimos, sentados sobre ti, la volvimos a recuperar.

Por ello, desde aquí pido a la UNESCO que declare a la taza del váter, o del water, como dirían los anglófilos, como Patrimonio de la Humanidad. Por cierto, no vendría nada mal que el Papa Francisco intercediera ante las fuerzas divinas para que no quedara sólo en un milagro.

LOS REMIENDOS DEL OLVIDO

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Dicen que los olvidos no tienen puertas de regreso,
eso dicen los cerrojos oxidados
y las llaves que fueron lanzadas al mar.
Dicen que en la primavera florece el aroma y el color,
eso dicen las flores secas de invierno
cuando el frío, un día llegó.
Dicen que un día sonó el acorde de una guitarra,
eso dicen las cuerdas que un día la abandonó
y el traste que no soportó el dolor.
Dicen que existen pintores que tienen paletas con acuarelas,
eso dice el carboncillo
que un día dibujó el contorno de un recuerdo.
Dicen que la memoria guarda en algún lugar los olvidos,
eso dicen los recuerdos que aparecen como remiendos,
como remiendos de los olvidos que fueron descosidos por un momento.