PARECE QUE FUE AYER

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Evocamos los momentos vividos, y aunque pueden estar más o menos lejos en el tiempo, la memoria es capaz de convertir el pasado en presente. A veces son pequeños detalles, casi imperceptibles, los que con el paso de los días se convierten en grandes instantes. Instantes que se esconden en palabras e imágenes que retenemos para siempre, y que nos ayudan a seguir adelante y mirar el futuro con otra perspectiva.

Ahora que se cumple un mes de la presentación de Historias de una casapuerta (Editorial Libros.com), prefiero que sean las imágenes las que nos traigan a todos el recuerdo de aquel encuentro, de aquella tarde noche del 25 de febrero de 2016, que aunque algo fría por lo climatológico -lo normal en esas fechas, aunque este año haya sido un tanto atípico-, se llenó del calor y del afecto de todos los que allí estuvieron, y de los que no pudieron asistir, pero que me hicieron llegar sus mensajes de apoyo.

Las palabras evocan imágenes, dijo Antonio Bernal, mi presentador aquella noche, pero mi amigo de toda y para toda la vida. Y dejemos la mente limpia, sin imágenes, y que sean los versos de A contraluz, los que nos llenen de imágenes, nos dijo Lola, en la introducción de su magnífica lectura de este poema que se encuentra incluido en Historias de una casapuerta (Editorial Libros.com).

Recogiendo aquella idea de imágenes sobre las palabras a la que ambos aludieron, es por lo que quiero que hagamos un momento de regresión a aquella tarde noche, y de nuevo nos encontremos en la Bodega La Mina. Un lugar donde el flamenco y el carnaval reina por cada rincón, se convirtió, por unas horas, en un espacio literario. Un lugar donde los primeros ejemplares fueron llegando a sus futuros lectores gracias a la Librería Papelería Kaprichio. Un lugar, donde por unas horas, nos encontramos muchos y buenos amigos y familiares que estuvieron a mi lado. Y como no, a mi gente de ROLUCAN, porque si me permitís, digo «mi gente» en sentido posesivo, porque habéis entrado a formar parte de mi vida.

Os dejo con una selección de imágenes que fueron captadas por la empresa David Pazos Fotógrafo. Y os dejo con ellas porque parece que fue ayer.

Los números de 2015

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 8.400 veces en 2015. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 3 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

LAS REJAS DE UNA BOFETADA

20130205-172929.jpgLas cuatro de la madrugada. A la noche le queda aún algunas horas más por recorrer. Por mucho que miramos el reloj, uno que está colgado en la pared junto a un cartel con la fotografía de cinco desconocidos, el tiempo parece haberse detenido. Aquellas tres agujas apenas avanzan. La espera se vuelve eterna dentro de esa esfera. Las manecillas golpean de manera pausada cada instante, lo hace en ese martilleo continuo, como ese punzón que se clava en la piel, dejando una huella que a estas alturas de la vida ya no se borrará jamás.

Han transcurrido ya cinco horas desde que nos sentamos en estas sillas blancas de plástico. Frías, sucias. Varios nombres aparecen grabados. Aquí no existen corazones, ni declaraciones de amor. Por este lugar no aparecen flechas de cupidos que hayan lanzado. Aquí, esas puntas de dolor son de navajas que han tallado de rabia esos nombres, de alguien, que alguna vez, pasó por aquí. Carmen, Luisa, José. Justicia, libertad, venganza, miedo.

El silencio de la sala de espera apenas queda roto por una conversación que se oye al otro lado de la pared, y por las agujas de ese maldito reloj que parece no correr. Ambos nos miramos sin decir una palabra. Ya llevamos juntos el tiempo suficiente como para saber que estamos pensando el uno y el otro. Sin embargo, ninguno de los dos encontramos una explicación a esta situación. Qué podemos decirnos. En nuestros ojos no cabe reproche alguno, pero si brota un aire de culpa. Nuestras manos se quieren acariciar, en ese intento de decirnos algo que nuestros labios no son capaces de expresar. Me he levantado, quiero dar unos pasos en aquella pequeña sala de espera. Ella sigue sentada, así lleva desde que llegamos. Apenas levanta la cabeza, su mirada permanece perdida en algún momento, buscando quizás dónde se halla nuestro error. Permanece callada y sólo una palabra sale de sus labios: Ojalá.

Sólo han pasado diez minutos y se oyen unos pasos. Al fondo del pasillo se escucha una voz. Es un tono grave, no ha titubeado en ningún momento. Aquel silencio ha quedado roto por esa voz y por el sonido del timbre de una llamada de teléfono. Me ha llamado por mi apellido. He olvidado mi nombre. Abre la puerta y asoma la cabeza, entra en la sala y se sienta a nuestro lado. Podría ser nuestro hijo. Aunque sus sienes ya se han poblado de canas y alguna arruga se aprecie en la frente, no lo es. Él no lo es.

Las dos tazas de café que nos trae humean. Permanece sentado a nuestro lado. No habla, sólo nos mira. Su mano se ha posado en mi hombro. Siento como sus dedos presionan levemente mi brazo. Sabe calmar la tensión de ese momento. – Intenten descansar, hasta mañana no podemos hacer nada más-, nos dice. Mi esposa rompe a llorar y de su boca de nuevo la misma palabra: Ojalá.

El reloj sigue detenido en esta noche que se hace demasiado larga en el tiempo. Y los dos lloramos. Lloramos sin parar. ¿Cómo corto esas rejas?, me pregunto, en las que nos ha atrapado las bofetadas que nuestro hijo dio a su mujer. Y entre lágrimas, sólo pronunciamos una palabra: Ojalá.

Porque ojalá pudiera volver el tiempo atrás. Ojalá pudiera saber qué hicimos mal. Porque mañana cuando escuchemos decir ojalá se muera ese maldito, será nuestro hijo el que pierda su libertad, y nosotros quedemos atrapados en esos otros barrotes que él nunca debió levantar. Ojalá todo fuera una pesadilla, y que sea la noche la única que sepa hacer que todo esto se pueda olvidar.