DISCÚLPENME 2.0

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Se ha instalado en nuestras vidas y, por lo que parece, ha llegado para quedarse. Pocas son las tertulias televisivas que están libres de ese ambiente bronco en el que parece que ahora todo se desarrolla (disculpen, voy a escribir un tuit). Unos periodistas con otros, los tertulianos con los periodistas y los políticos, y los políticos hasta consigo mismos; todos están enfrentados. Parece que ya no podemos hacer nada para evitarlo, el ambiente hostil y crispado se ha acomodado entre nosotros (perdonen, voy a escribir otro tuit).

No hace falta que me vaya a EEUU, y me refiera a esa hostilidad abierta entre los candidatos a la Casa Blanca. No hace falta, porque en mi casa, o en «mi patria», como algunos se jactan de decir, la bronca se ha convertido no sólo en la forma, sino en el medio de comunicación (perdónenme de nuevo, voy a escribir un tuit). Las salidas de tono y la falta de respeto es ya nuestro día a día, y lo peor, que nos estamos inmunizando ante ese zumbido que a diario suena en nuestros oídos (toca de nuevo escribir otro tuit).

Dejaré para los que saben el análisis del debate de investidura del Rajoy, porque puedo caer en muchos errores de apreciación por aquello de mi ingenuidad política (voy a leer qué dicen en Twitter y veré si tengo algún retuit). Pero con lo que me quedo, es que nuestros representantes políticos (a los que pagamos un sueldo) se encuentran instalados en el modo bronca 2.0, y se han llevado toda la sesión enganchados al Twitter para arrojarse la mala baba.

Qué pensarían esos políticos tuiteros, si vieran a un cirujano tuitear mientras tiene a un paciente en su mesa de operaciones; o si viesen a un juez hacerlo durante la celebración de un juicio sobre violencia de género; o si un piloto de un avión estuviese escribiendo un tuit mientras aterriza un avión con cuatrocientos pasajeros…(discúlpenme, ahora me marcho a ver el Facebook y el Instagram).

REDIMIR (los restos)

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La última vez que nos vimos, no nos miramos. Tus ojos, esos ojos de gata como decía aquella canción, que más de una noche quedaron enjaulados en el insomnio de calles mojadas y de esquinas sin retorcer, no pueden ocultar que siguen atrapados por la arena húmeda de un reloj, que se detuvo en aquellos besos que ahora se han robado por otros labios; en aquellas caricias, ahora rotas por la hoja de un cuchillo que afilamos entre los dos.

La última vez que nos encontramos, pronunciaste mi nombre. De tu boca expiraron aquellas cuatro letras, y una mueca de burla se quedó grabada en tus labios. No quiero volver a recordar que en aquel instante me llamaste por aquel nombre, porque hoy, dicen que ya ha desaparecido de tu garganta, y has dejado que se enrede en las cuerdas de tu voz, para que se ahorque en tu olvido.

La última vez que nos cruzamos, ya es historia. Los dos dejamos escrito un final sin epílogo, con renglones torcidos y palabras que fueron tachadas con un bolígrafo que se quedó una noche sin tinta. Hay quien dice que incluso alguna letra se haya querido borrar.

Dicen que has vuelto a pronunciar otro nombre. Que has cambiado las cuatro letras y que de nuevo ha regresado a tus labios, la palabra amor. Pero los dos, nos seguimos buscando cada mañana, porque aquel pecado sigue postrado en nuestros recuerdos, y queremos redimirnos de aquellos restos, para librarnos de esas puertas que quedaron entreabiertas, porque ambos sabemos que dejamos las llaves puestas, en una cerradura que se fue oxidando por la distancia.

Qué distancia separa el odio del amor.

 

CON H INTERCALADA

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No hace tantos años, cuando el microondas se coló en nuestras vidas, todos pensamos que venía a revolucionar el mundo culinario y, que desde ese momento, la cocina entraba a formar parte de un mundo cercano a lo extraterrestre, como si fuera una máquina espacial de Encuentros en la tercera fase. Lo primero que hicimos fue calentar un vaso de leche. Y lo segundo,…lo segundo fue meter un paquete de palomitas, esperar un minuto, y permanecer atónitos frente al cristal viendo como aquel sobre comenzaba a inflarse poco a poco, mientras nuestra mirada de sorpresa despertaba una ilusión infantil, por aquello de pensar que aquello escondía algo de magia.

En las últimas fechas, la casa de los socialistas se ha convertido en algo así como un microondas, y frente a la pantalla del televisor, los ciudadanos hemos asistido atónitos, o quizás no por aquello de la historia, de lo que allí estaba sucediendo. Y es que parece que se han olvidado de controlar el tiempo en ese microondas, y el sobre de palomitas comenzó por inflarse, a chisporrotear y, de repente, aquellos granos de maíz han terminado explotando.

Algunos han recuperado otro tipo de micro hondas, y se han lanzado más de una piedra (ya se han olvidado de los granos de maíz), y se ha escuchado mucho hablar de dolor, de sangre, de drama,…y de mucha teatralidad, permítanme con todos mis respetos apuntar. Y es que en esa lucha encarnizada (por seguir teatral), alguien recuperó una palabra que andaba algo desahuciada, como era la coherencia.

Alguien dijo que las historias sin final no son historias, pero creo que no tardaremos mucho tiempo en escuchar algunas voces que reclamen que se sienten desheredados de una herencia que los antepasados dejaron escrita en algún lugar.