LA CALLE DEL DESENGAÑO

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Ya no hacen falta treinta monedas de plata, hoy solo bastan dos de hojalata y un mísero billete gris de papel mojado. Ya no hace falta que la espalda sienta el filo de la hoja de un cuchillo, porque de frente son los ojos los que se clavan en la indiferencia de un reloj que se ha detenido. Ya no hace falta que llegue la noche y nos vuelva a engañar, porque la luz del día descubre cada mentira escondida en unas manos que se han manchado de reproches antes de acercarse a las mías. Ya no hace falta un mensaje en un contestador que no tiene espacio para respuestas enlatadas de una voz que tirita por el frío del invierno. Ya no hace falta que te pongas tus zapatos de los domingos, porque los adoquines sobre los que caminamos ya no se ven, ocultos bajo el alquitrán de un asfalto que ha sepultado nuestros pasos. Ya no hace falta que pintes tus labios con un carmín que se ha descorrido en las mejillas de otra cara, que no sabes qué esconde detrás de su máscara. Ya no hace falta buscar el número de una calle que no tiene puertas, ni ventanas con cortinas, ni balcones por donde escapar, con una farola rota por una piedra que aún yace en un rincón con olor a orina.

A ti te te digo, sí a ti, que ya no nos hace falta nada, porque el reloj se ha vuelto a poner en marcha, y podemos regresar sobre nuestros pasos en este callejón sin salida, que tenía en su entrada una señal de dirección prohibida, pero que los dos borramos con nuestros grafitis de frases hechas que nunca dijeron nada.

A ti te digo, sí a ti, que ya no nos hace falta nada en la calle de este cementerio donde los dos hemos acabado, separados por una pared de yeso, con el cemento que oculta tres malditos ladrillos sobre los que han colocado un bloque de mármol, donde han grabado con cincel nuestros nombres, pero que han olvidado la fecha en la que los dos, un día nos cruzamos.

 

 

¡OBJETIVO CUMPLIDO!

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El tiempo corre y nosotros con él. Y en esa vorágine en la que estamos inmersos, a veces tenemos la sensación de que se diluyen los momentos entre recuerdos que se difuminan por el paso de los días enmascarados entre semanas, y de semanas  que se pierden entre los meses que se nos echan encima de nuestras vidas. Sin embargo, hoy hemos tenido la oportunidad de detener los relojes para volver a recrear los inicios de Historias de una casapuerta (Editorial Libros.com), y para  compartir anécdotas que han sucedido a lo largo de estos dos años de vida.

Hoy el tiempo se ha detenido, y lo ha hecho para que Historias de una casapuerta cumpla uno de sus objetivos. Hoy hemos podido hacer realidad aquel compromiso que adquirí con Rolucán (Asociación Rota Lucha contra el Cáncer), de destinar los beneficios económicos por la venta de este libro a su favor, y de esta manera  ayudar en la medida de lo posible a la gran labor que se viene realizando por esta entidad.

Hoy el tiempo se ha detenido, y lo volvería a detener.

LA POSVERDAD DE LA MANO EN LA NUCA DE RODRIGO RATO

El retorno de las fiestas navideñas se cubrió de nieve. El invierno de repente se hizo más invierno, y como cada año, en ese juego aleatorio de la climatología, apareció la gran nevada que los meteorólogos no supieron predecir, ni los conductores evitar. La culpa del caos en una autopista la tuvo el tiempo, la empresa concesionaria y el irresponsable viajero que tenía que volver a la rutina (eso es al menos lo que nos dijeron desde instancias gubernamentales). Lo cierto y verdad es que el final de la blanca Navidad se ha transformado en un infierno al que además le espera una cuesta de enero de la que cada vez se habla menos, de unos propósitos de adelgazamiento con dietas mágicas tras los excesos de una gula navideña; y del no menos esperado retorno del process por parte de unos políticos que han convertido el cinismo y la poca vergüenza en un teatro del absurdo, donde cada escena que representan ya no saben como superar la anterior.

En esta época postnavideña de polémica climatológica, y para que no nos faltara otro tema del que hablar, ha regresado a escena el que fue insigne vicepresidente del gobierno de Aznar, el gurú e iluminado secretario general del Fondo Monetario Internacional. Con la pose de soberbia que caracteriza a todo aquél que ha estado sentado en el trono del poder, hizo pública la oratoria venganza contra sus compañeros de partido y contra todos aquellos que tuvo enfrente (y a su lado). Libre de pecado y culpa, arrojó un derroche de disculpas a su actuación, atribuyendo a todos y al famoso mercado, la culpa y responsabilidad en la situación de insolvencia y crisis de un banco, que ahora parece lejana en el tiempo, pero que estamos pagando entre todos.  

Es posible que la postnavidad nada tenga que ver con esa posverdad de la que tanto se habló en un 2017. Pero estoy convencido que para el señor Rato, en su posverdad, aún no ha olvidado aquella mano en su nuca, cuando un agente de la autoridad lo introdujo en un coche de la policía como un delincuente común. No hay que alarmarse, la posverdad del exministro de economía todavía oculta algún secreto de Estado, un secreto que no sabemos si algún día conoceremos o si se quedará perdido en algún cajón de un despacho.

Tal vez, tampoco conozcamos esa misma posverdad de esos atrevidos jóvenes que sin ropa de abrigo, ni con kit de emergencia en caso de temporal de nieve, se lanzaron a la montaña en un cuatro por cuatro (cuyo producto es dieciséis por si nadie lo sabía), y se han hecho famosos por unos días, por cometer un acto de imprudencia que les pudo costar la vida. Han tenido su minuto de gloria, han aparecido en los medios de comunicación, han concedido entrevistas, han querido reprochar la actuación de los servicios de emergencia, pero eso sí, solo les disculpa que hayan admitido su imprudencia y que incluso hayan reclamado haber pasado por caja, pagando su correspondiente tasa, para el caso que los hubieran salvado de aquella situación.

¿Quién sabe si el señor Rodrigo Rato pagará algún día la tasa que estamos soportando todos los españoles en su nombre?