De Valladolid a Pucela

9b38fe01-a1fd-4822-8f3e-fe61cf7737bd

Los viajeros siempre piensan que llegan a su hora, hasta que entran en el primer lugar que encuentran y le dicen que la cocina está cerrada. No hay mal que por bien no venga, creo que dice uno de esos dichos populares. El hambre apremia y urge hallar un lugar donde saciar el otro cerebro de nuestro cuerpo. El local tiene buena pinta. Está calle abajo. Entramos. Nos encontramos con Raúl. No es su nombre, pero como nos recuerda a un Raúl que conocemos, así llamaremos a este chico bien parecido, amable, sonriente y que se encuentra en esta ciudad por amor. Las historias de amor tienen esos otros viajeros por el mundo. Y mientras nos sirve dos bocadillos y dos cervezas, en el rato de conversación nos cuenta que además del amor, y de poner desayunos, meriendas y comidas con el mandil de camarero, está terminando un año más de facultad para ser futuro maestro. Pagamos la cuenta, nos deseamos que todo vaya bien y nos despedimos sin saber si el destino dirá que exista un nuevo cruce de caminos.

Los viajeros comienzan a recorrer las calles. Observar y escuchar. Mezclarse entre la gente. Una esquina. Otra. Una calle. Una plaza. Los viajeros se detienen, observan el plano. Son unos desconocidos entre desconocidos. Los nombres de las calles tienen sentido en cada ciudad. Los viajeros ignoran la identidad de esos ilustres que tienen rotulados sus nombres y que dan a los callejeros su razón de ser. Hasta que comienzan a preguntar. ¿Quién es tal?, ¿quién es cual? Pero hay algo que les llama la atención: el silencio. Un silencio que no es silencio, pero que sí transforma los pasos apresurados de los viajeros en una sensación de calma y serenidad. La gente habla, pero lo hace en voz baja, apenas se escuchan las conversaciones. Es ese otro silencio el que serena los pasos de unos viajeros recién llegados.IMG_6802

Amanece el primer día para los viajeros en esa otra ciudad. Hacen de turistas por un rato hasta que recuerdan que son viajeros que no desean seguir los pasos marcados en el suelo de esa otra ciudad que parece inventada. Un lugar. Otro lugar. Un monumento. Otro. El vigilante del museo deja de serlo para hablarnos de su ciudad, de su pueblo, de su otra ciudad. Sus ojos se le iluminan. Ha olvidado por un momento que era vigilante, que nadie se acercara hasta esa frontera imaginaria que pudiera dañar la historia de su ciudad. Nos despedimos, un saludo que se vuelve cercano. Otro cruce de caminos que no sabemos si el futuro habrá previsto que vuelva a llegar.

Llega la hora de calmar la sed. No son bares de turistas los que los viajeros andan buscando. Es un lugar pequeño, escondido. Son gente de la ciudad quienes se agolpan en su interior. María es María. Su acento no es de la ciudad, porque es otra viajera de las caminan por el mundo. Calla su origen hasta que te dice en voz baja que es rumana, pero reivindica que lleva más de quince años en la ciudad. Sonríe. Sonríe mientras sale fuera de la barra del bar para recoger los restos de unos vasos que han estallado contra el suelo. Sonríe. Nos pregunta si nos han gustado los vinos, los pinchos y las tapas. Sonríe pero con la sinceridad de quien siente que es parte de su vida hacer que unos viajeros se sientan como en su casa.  

Los viajeros no echan raíces, pero sí dejan sus raíces en este lugar. Los viajeros saben que Valladolid comienza a ser Pucela. 

Esta historia continuará. 

 

DE EXTRA A EXTRA

IMG-20160522-WA0000

Un nuevo rodaje. Sus protagonistas se alojan en hoteles de cinco estrellas, con un todo incluido de pulseras de colores invisibles. Duermen en camas reinas con sábanas de seda; desayunan croissant y tostadas que no son de bufet; sus cenas no son de gala, pero se sientan a la mesa con vestidos de noche y algún traje sin corbata. Una nueva película. Otra para estrenar. Un largometraje que ya no tiene ese nombre, porque las movies y los filmes ya no tienen ese color de antaño de una película de Clark Gable, James Stewart o Gary Grant, ni de una Mae West, una Kim Novak, o de una Rita Hayworth que supo romper corazones desnudando su brazo.

Una nueva película. Sus actores y actrices seguirán brillando, de starring o co-starring; de personajes protagonistas, secundarios y de reparto. Sus nombres seguirán iluminando esos títulos de crédito que nunca se terminan de ver. Sus nombres serán objeto de miradas en ese paseo de la fama de una gran avenida donde todos olvidan que en el subsuelo recorre las cloacas de una ciudad. Y mientras que en el firmamento las estrellas siguen brillando con el paso de alguna estrella fugaz, el casting para seleccionar a los extras ya ha cerrado su selección. Extras que no tienen nombre, que no tienen rostro, pero que buscan su segundo de gloria en un fotograma o en un instante en el mundo del celuloide. Extras que comen bocadillos de chopped pork, mortadela y algún que otro día, un sándwich de tortilla española con cebolla y una jarra de cerveza, pero sin alcohol.

Una noche de estreno. Puestas de largo con vestidos de diseñadores de nombres impronunciables. Etiquetas, corbatas y pajaritas. Versión original, con doblajes y subtítulos, que recorren la pantalla al paso de un batallón de legionarios. ¿Y los extras? los extras como tú y yo, nos apoyamos en las vallas para aplaudir, para saludar a quien no te devuelve el saludo, y para gritar los nombres de las estrellas como si fueran a descender de ese cielo oscuro que no tiene luna que brille en la noche. Los extras como tú y yo nos miraremos a la cara, guardaremos silencio y callaremos aquellas escenas que un día vimos rodar con una cámara que ya no suena como las de antes.

Esta película es una metáfora hiperbólica, con un significado sin sentido, algo psicodélica, y con una parábola sin antena parabólica. Este filme solo tiene dos protagonistas, dos extras que nadie conoce, que nadie ha visto, que nadie conoce sus nombres, que están en esa nómina de desconocidos que dentro de unos años volverá a participar de nuevo en otro casting. Dos extras contratados por una productora que los volverá a maquillar y disfrazar para otro rodaje. Dos extras que no saldrán en los títulos de crédito, pero que comerán en un catering donde además de bocadillos, habrá pizzas congeladas recién horneadas según indicaciones de un nutricionista. Dos extras que se colocarán detrás de las vallas para aplaudir a las nuevas estrellas que otra película convierta en actores protagonistas.

EL AMIGO INVISIBLE

 

IMG_3551He visto las imágenes repetidas. No sé si lo he hecho por un ejercicio de masoquismo, o por ese deseo del ser humano de tropezar dos veces con la misma piedra. Pero sí, he visto de nuevo las imágenes de la constitución del Congreso de los Diputados, del inicio de la XIII legislatura de nuestra ya no tan joven democracia. Y recordando los viejos tiempos de aquella moviola futbolera, incluso he detenido las imágenes, las he puesto a cámara lenta y he pulsado el botón de rebobinar, porque me parece fuera de lugar eso de llamarlo rewind.

Viendo las imágenes, fueron muchos los recuerdos que se me vinieron a la mente. Mi padre y sus frases célebres, apostillando que gobierne quien gobierne, si queremos llevarnos un plato de lentejas a la mesa, hay que seguir levantándose a las seis de la mañana para irse a trabajar. También me vino a la memoria las palabras de un político local, que tomando un café cortado, y con su mirada por encima del hombro y su gesto de soberbia, me dijo que en la vida tenemos lo que nos merecemos. Pero también me vino a esa memoria, que a veces olvida algunos momentos del pasado, al gran Gila, con su teléfono en la mano y llamando al enemigo para detener por un momento la guerra.

El inicio de la nueva legislatura ha sido todo un espectáculo. Sus señorías, esos que dicen que son depositarios de la soberanía nacional en las Cortes, de nuevo se convirtieron en estrellas televisivas, en protagonistas de un largometraje de serie B de un sábado por la tarde.  El hemiciclo se transformó de nuevo en un escenario ideal para que los minutos de gloria, les abran las puertas del infierno.

No quiero quedarme con una visión que no invita al optimismo. Tenemos que felicitarnos porque hemos descubierto a un nuevo Valle-Inclán, que espero los medios de comunicación no lo adulteren a la primera de cambio. Tenemos que alegrarnos porque mientras unos golpeaban sus nuevos pupitres como niños maleducados, otros mostraban su felicidad, su algarabía, sus gestos de congratulación con su nueva posición, haciendo uso de esos regalos de Reyes por adelantado, con una cartera para el cole, con una tableta pero no chocolate, y con un móvil de última generación, a los que han instalado rápidamente las aplicaciones de redes sociales, que hay que anunciar al mundo que han entrado en el parlamento de ese Estado represor, donde no existe democracia, donde dicen que la libertad de expresión ha muerto, y donde jurar o prometer la Constitución, viene precedido de un microrrelato. Tenemos que felicitarnos porque cuando vemos que esos que un día aprobaron normas para abandonar el ordenamiento jurídico que proclamaban que no reconocían, ahora han regresado para participar de la estructura de este Estado donde dicen que no existe democracia, pero que se sientan en esos sillones gracias a unas urnas a las que ahora no se atreven a renunciar.

Después del espectáculo, era hora de almorzar. Un plato de lentejas, aunque muchos piensan que el que no las quiere, las deja. Después del teatro político, era hora de tomarse un café solo, y pensé que por desgracia, quizás aquel político local no le faltaba razón, aunque se terminará ahogando en su soberbia. Después de volver a ver las imágenes de la constitución de las Cortes, sonreí. Sonreí pensando que Gila estaría hablando con el enemigo para detener la guerra, mientras que el Presidente del Gobierno en funciones cruzaba dos palabras con un amigo invisible, al que dejó con la palabra en la boca. Un amigo invisible, que permanecerá en el anonimato, pero que por un momento se ha convertido en el protagonista invisible de aquel momento. Como amigos invisibles nos hemos convertido los ciudadanos desde el comienzo de esta nueva legislatura.