EL PAPEL HIGIÉNICO

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El sábado es el peor día de la semana para hacer la compra. Si las cadenas de supermercados, hipermercados y otras fórmulas comerciales leyeran esta reflexión, me cerrarían las puertas y un guardia de seguridad me pondría de patitas en la calle. Pero desde hace algunos años dejé de hacer la compra ese día, porque se me hizo poco soportable comprobar como uniformados con chándal y a lo loco, las familias, en todas sus vertientes y sentido, asaltan las estanterías como si el planeta hubiese entrado en la fase de cataclismo final.
Esta mañana mientras recorría con ese coche de la compra debidamente trucado los pasillos del comercio cuyo nombre no pronuncio, me detuve frente a la estantería donde se encuentran los diferentes tipos, modelos y marcas de papel higiénico. Examiné con detenimiento no solo el precio, sino la composición y calidad del papel, su origen y el fabricante. «Si necesita ayuda, pregúnteme lo que desee» me dijo un chico muy amable y debidamente aleccionado para satisfacer al cliente. Lo miré con cierto rubor porque pensé que podríamos mantener una larga conversación acerca de ese artículo cuyo destino es suficientemente conocido. Afortunadamente, el joven que tiene gran experiencia en el sector, comprobó como desistí de su ofrecimiento con un leve movimiento de cabeza.
En mi estudio predoctoral del papel higiénico, se me vino a la mente el recuerdo de aquel perro desenrollando cientos de metros de papel. Pensé que más de una vez, por aquella Ley de Murphy, el baño de algún bar se encontraba sin él, con las dificultades y contratiempos que ello genera. Y por aquellos juegos de la imaginación, tuve la sensación de que aquellos paquetes de rollos de papel higiénico discutían entre sí porque querían acabar en el trasero de un cliente y no en el de otro.
Opté por uno muy suave. Tomar esa decisión es probable que tenga un gran componente de recuerdo de la infancia, porque mi madre siempre decía que para el culo lo mejor es el papel que se deslice con suavidad.
Alejado de cualquier pensamiento escatológico que se puede asociar al papel higiénico, cuando estaba pasando por la caja para pagar la compra semanal, el mismo chico que quiso ayudarme y que también hacía funciones de cajero, me dijo que había elegido bien y que volvería a repetir. No supe qué decirle porque en la cola había gente esperando y creo que todos se me quedaron mirando el trasero.
Ya en el parking, colocando la compra en el maletero del coche, mientras pensaba en el papel higiénico y en las palabras de aquel chico para todo, me encontré algunas papeletas de las últimas elecciones generales. Acaricié el papel, y su textura no era la misma que la del papel higiénico que había comprado. Miré el nombre de todos los candidatos, que me resultaban desconocidos y que al parecen iban a defender los intereses de mi provincia. Y en la radio una tertulia periodística discutía acerca de los acuerdos firmados por los políticos para alcanzar un próximo gobierno.

¿Cómo será el papel en el que estampan sus acuerdos? me pregunté.

CERRADO POR REFORMAS

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A partir de mañana este blog permanecerá cerrado por un tiempo. Tal vez sean días o semanas, pero ha llegado el momento de realizar algunos cambios. Eso sí, Tarayuela no perderá su esencia, porque para lo bueno o menos bueno, hace tiempo que ya encontró sus raíces.
Os espero a la vuelta. Gracias por seguir ahí.

LA PRIMERA VEZ

 

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En la era de los selfies, likes, «me gusta» y retuits –curioso que las únicas palabras entrecomilladas hayan sido las escritas en castellano– parece que ya no queda por descubrir que siempre hubo una primera vez.

Hace unos días alguien me dijo: «¿recuerdas la primera vez que nos vimos?» En ese momento me di cuenta que la pregunta puede resultar demoledora, pero que la respuesta lo puede ser aún más. Mi contestación negativa provocó desconcierto y algo de desasosiego en esta persona, pero haberle mentido, me habría llevado a algún lugar poco deseado. «Nos vimos en Facebook la primera vez y a los pocos días, en Instagram», me afirmó con la seguridad de quien no ha olvidado ese momento. Lo recordé. Ese alguien me había pedido solicitud de amistad y dos días después le puso un corazón a una fotografía en blanco y negro de una calle cualquiera que subí a esa red social. Desde aquí le pido disculpas por mi despiste, pero es evidente que su grado de entusiasmo en su primera vez, no se ha correspondido con mi grado de alegría y satisfacción en mi también primera vez.

A veces no reparamos en ello, pero la primera vez en el mundo de las personas tiene más importancia de lo que imaginamos. La primera vez que se te cae un diente, llaman a Ratoncito Pérez y ese pequeño roedor despreciable años después, te deja algún regalo escondido en algún hueco de la casa, y de esa manera se hace más llevadero ese momento de trauma bucal. La primera vez que a una niña le llega la menstruación, a falta de hermana mayor que la comprenda o de una amiga algo más aventajada, en la casa alguien suelta alguna lágrima a escondidas y exclama aquello: ¡mi niña ya se hace mujer! La primera vez que le das un beso a esa persona en la que depositas el amor para toda la vida, no sabes si tus labios arden lo justo y necesario y si puedes traspasar otras fronteras lingüísticas. La primera vez que se te rompe el amor, desconoces si en este planeta entre los miles y miles de millones de habitantes existirá otra persona igual, porque mejor nunca la habrá, y cuál ha sido el motivo de abandonarte sin dar demasiadas explicaciones. La primera vez que vas a meter una papeleta en la urna y crees que votar es un acto de libertad democrática, ignoras que te conviertes en esclavo de los que se llaman de manera hipócrita servidores de la sociedad. La primera vez que tienes sexo, lo disfrazas con el amor para que los segundos que duran el encuentro furtivo de lo que antaño era la parte trasera de un coche, tenga al menos ese halo de romanticismo pasajero. La primera vez que te casas… bueno dejemos esa primera vez ahí, porque el hombre y la mujer son los únicos de esta selva en peligro de deforestación que más que tropezar en la misma piedra, se lapidan a su manera.

Cada uno de nosotros hacemos de la primera vez nuestra propia fiesta, lo celebramos a nuestra manera. Y ahora que comenzamos a ver el verano como algo lejano, aunque hace dos días estábamos luciendo operación bikini pero con algún kilo adherido a la tripa, y regresamos a eso que llaman normalidad, con la vuelta al cole, los anuncios de colecciones y las noticias del síndrome postvacacional, se repiten igualmente en los telediarios como un anuncio de veinte segundos, el retorno de las novatadas.

A los que piensan que aquello es una simple inocentada  y qué malo tiene gastar eso que llaman bromas para dar la bienvenida y celebrar la primera vez, que se lo hagan mirar, porque si hay algo que nunca ha perdido la inocencia es ver a unos padres celebrar que su hijo se ha sentado por primera vez en la taza del váter y ha dejado de hacerse caca en los pañales.