RECOVECOS

De mí, lo único que puedo decir, es que me puedes encontrar entre las palabras que dejo escritas en cada línea y en cada párrafo de mis textos. No existe ninguna pretensión, más allá de provocar una emoción y una reflexión. Y etiquetarme a estas alturas es poco más que un peligro, así que con vuestro permiso, prefiero hacerlo cuando mis cenizas terminen de arder.


Una postal sin matasellos desde algún lugar de este planeta que ha perdido su órbita.
El petate de un soldado de reemplazo que nunca ha estado en guerra y que espera al autobús que lo llevará al frente de su propia batalla. La prostituta que lanza un beso al aire a un cliente en el hall de un hotel de una estrella, que está a las afueras de una ciudad dormitorio donde deambulan los insomnes cada noche. La gasolinera donde hace siete días que nadie reposta en un surtidor de gasolina de 95 octanos y que vende condones a un euro el polvo, almacenados en un expositor de plástico diseñado por Oki Sato. En la parada de taxi alguien se baja de un coche de alquiler por horas y se enciende la luz roja de vuelvo en cinco minutos. El maquinista que se baja de un tren marcha para cambiar las agujas de unos raíles que pasa de largo en una estación de un pueblo abandonado en el que viven siete vecinos y que el destino ha decidido descarrilar. En el muelle de atraque número tres, los consignatarios de una patera de lujo despliegan una alfombra roja para ver el desfile de inmigrantes que no traen dólares ni euros en los bolsillos a este sur convertido en norte de una esperanza con billete de vuelta. La puerta de embarque de un aeropuerto donde despega un avión cada cinco días y que se ha bloqueado porque un pasajero lleva un cinturón lleno de petardos para celebrar la noche de fin de año.
Acabo de recibir la postal que me has enviado por correo electrónico y en el móvil suena los primeros acordes de My way de Sinatra. Es un whatspp tuyo para decirme que te espere mañana, que llegarás tarde, pero que buscarás la manera de cambiar la hora de un reloj suizo fabricado en Vietnam, para ese reencuentro que no habíamos planeado.

El mundial de Rusia está llegando a su final. Este año la euforia roja ha quedado desteñida desde sus inicios, pero los únicos que parecen haber sufrido ese cataclismo son los bares que han tenido guardar las pantallas gigantes antes de tiempo, si es que no las han devuelto al MediaMarkt alegando que están aún en período de garantía porque tienen un defecto de fabricación, porque algo falla cuando no se cumplen los sueños de los que se sientan frente a esa pantalla de cristal de ciento veinte pulgadas, embutidos en una camiseta roja con la escudo nacional a un lado, y la marca de cerveza al otro.
Los analistas y filósofos futboleros, y los comentaristas de pobreza léxica especializados en tocar el balón, han ejercido la suerte de disertar acerca de las causas de por qué la selección española ha regresado más pronto que tarde a casa. Que si todo comenzó ya mal con la destitución del seleccionador pocas horas antes de comenzar el mundial; que si el guardameta era la inseguridad personificada y no había ayuda psicológica de emergencia; que si la defensa estaba muy desorganizada; o que si el lanzador de ese penalti fallido ya era centro de la desconfianza de un compañero que avisó al míster de urgencias que habían colocado como entrenador, y que con aquella mirada le dijo, que quien avisa no es traidor… En fin, que el mundial de Rusia se acaba, que los de la roja no se han enrojecido por su fracaso porque no sienten el miedo de llegar a fin de mes sin dinero, ya que ninguno tiene las cuentas bancarias en rojo; y lo que ahora es noticia en el mundo del balón, es que Ronaldo se haya marchado a Italia y haya abandonado al Real Madrid, y ha dejado la Casa Blanca para otra mano de pintura.
A estas alturas del mes de julio, cuando el mundial ya toca su final, y todos pensábamos que podríamos disfrutar de unas vacaciones futboleras, queda por jugar la prórroga de otro partido, y mientras Sánchez y Torra se han sentado en un sofá para abrir lo que dicen una vía de diálogo, vuelve a ser noticia que dos mujeres han sido asesinadas por esa lacra de una violencia machista que parece no tener fin. Creo que ya va siendo hora de que dejemos tanto de pensar en tocar(nos) la pelota, y nos pongamos a encontrar una solución, porque estamos en un punto de este partido, en el que lo único que corre es el tiempo de descuento.