EL CONVERSADOR IMAGINARIO

El Libro del Buen Amor, La Celestina, Los Entremeses, algún capítulo del Quijote….Aquellos fueron unos intentos loables por mostrarnos la grandeza de la literatura, de las letras, de las palabras encadenadas. Pero sinceramente, en eso quedó, en un intento por inculcarnos el amor por libros y del que hay que estar eternamente agradecidos a todos aquellos profesores y profesoras de literatura que lo pretendieron, pero que por el motivo que sea, jamás alcanzaron ese objetivo de llenar un espacio tan necesario como es la pasión por las letras.

En la soledad de un dormitorio, sobre la arena de una playa callada y en el banco del jardín de un parque medio abandonado a su suerte, las lecturas transcurrieron entre libros impregnados por el olor a palabras recién impresas y entre historias imaginadas, evasiones de un mundo apartado de las penurias del día a día de una vigorosa juventud.

Y allí apareciste, sin llamar la atención, sin grandes pretensiones para un joven que buscaba en los libros una forma de escaparse de este mundo, de huir de esa realidad y encontrarse en un paraíso de palabras. Por aquellas circunstancias del destino, llegaste después de El Viejo y el Mar. Difícil reto de superar aquella literatura, me dije. Pero de repente, aquellas hojas comenzaron a ser acariciadas por mis dedos de una forma nerviosa, con un deseo acelerado de vivir cada una de ellas, de sentir aquellas palabras que se vestían de ternura, dulzura y sentimiento, y casi al poco de comenzar, regresé a su portada, quería guardar su nombre, La Sonrisa Etrusca.

Lloré, sonreí, imaginé, sentí….comencé a saber lo que era soñar a través de las palabras escritas, a vivir entre aquellas páginas, a perderme entre aquellas letras y a ver que el mundo es de otra manera a través de los libros. La magia se hizo realidad a través de aquellas hojas que susurraban su aire cálido entre mis dedos, y cada anochecer aparecía en los sueños un abuelo de barba blanca y de mirada amable, maestro de la conversación.

Te has marchado.

Querido José Luis, a qué hora de la noche quedamos ahora, con quién hablo en mis conversaciones imaginarias, a quién escucho su serena reflexión, a quién le cuento mi sueño de querer escribir, de querer soñar, de seguir imaginando como un niño. Te has ido sin llamar la atención, como cada noche me dejabas antes de cerrar los ojos, y nos dejas abandonados a nuestra suerte, a esa suerte de realidad que siempre has pensado que podemos cambiar.

Hasta siempre Sampedro.