Perdida en el camino

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He tenido que acabar contigo y no he podido continuar por más tiempo a tu lado. Hemos estado juntos compartiendo nuestras vidas durante treinta años y ha llegado el final. No puedes reprocharme nada porque sabes perfectamente que este día llegaría y…¿cómo voy a olvidar aquel primer encuentro? Sabes como nadie que lo he llevado conmigo durante todo este tiempo, pero que sepas que ya, a partir de este momento, nuestra historia se acabó, y lo primero que haré será olvidar aquel instante.

Había poca luz y aquella lámpara de sobremesa fue nuestra compañera, la que se convirtió en testigo de las únicas confidencias que tú y yo compartimos. La noche era fría, pero los dos sabíamos que aquel momento no podíamos dejarlo pasar, que había llegado para enfrentarnos a nuestros sueños y… a nuestras pesadillas. Mi mente viajó en aquel instante y las ideas navegaron libres sin el temor de ser apresadas por aquellos demonios del pasado.

Las manos estaban temblorosas y mis dedos se atenazaron ante la blancura de tu piel, fue una extraña sensación de miedo la que invadió los músculos de mi cuerpo, la que hizo que no pudiera comenzar. Respiré hondo, miré a la puerta de mi habitación creyendo haber escuchado voces, y al comprobar que estábamos solos, una cierta sensación de serenidad se adueñó de mí. Sabes que nunca pude mirarte a los ojos y aquella noche te quise decir al oído lo que a la luz del día jamás me atreví a decirte en voz alta, me ruborizaba aquel recuerdo.

Mis palabras caminaron sobre los hilos de un sueño para quedarse quietas en el tiempo. Me detuve,… no supe por un momento lo que había ocurrido, las horas habían volado en aquella noche y mi cuerpo se había rendido ante ti. Al mirarte vi las marcas de mis lágrimas sobre tu piel, y callaste, no me dijiste nada, te limitaste a soportar mis recuerdos, mis sueños, mis deseos. Permaneciste en silencio ante aquella escena, no quisiste despertarme, me abrigaste en el frío de aquella noche.

Y ahora, sin embargo, me desprendo de ti. Treinta años después te alejo de mi vida, te llevo a esa fosa de los olvidos, te entierro para nunca saber mas de tu existencia. Has estado acompañándome toda una vida, te convertiste en ese recuerdo al que acudía en mis momentos de melancolía, de tristeza, de esa añoranza por un tiempo no vivido. Te llevé conmigo en mis viajes, fuiste cómplice de nuestro secreto, pero ahora ya debes marchar para no volver.

Hoy he roto por la mañana aquella carta que nunca llegó a su destino, que jamás fue leída por aquella persona a la que amé, la que nunca supo mi amor eterno.

Cuántas veces habremos escrito una carta que nunca salió de nuestras manos, que jamás nos atrevimos a enviar. Cuántas cartas una vez escritas las habremos roto de rabia y miseria,…de miedo. Creo que todos hemos podido vivir una experiencia similar, hemos hablado en silencio ante un papel, palabras que fueron escritas para ser leídas, porque tuvieron el temor de saber lo que es cruzar el aire para que fueran escuchadas.